Por Daniel Posse.
Entrevista a Sebastián Ganzburg
D.P. — Llegaste a Tucumán hace más de veinte años y adoptaste esta provincia como tu lugar en el mundo. ¿Qué encontraste en la idiosincrasia y el ritmo tucumano que terminó de moldear tu identidad como comunicador y escritor?
S.G. — Tucumán me brindó su hospitalidad, su historia. También los amigos, afectos, mi hijo y mi esposa, la familia. Sin embargo, mi lugar siempre será Jujuy. El desarraigo es una constante, a pesar de todo lo bueno y mágico que tengo acá. Vos de estas cosas algo entendés. También en mí me fue forjando la urbanidad de San Miguel de Tucumán, el bagaje cultural que esta urbe posee, lo citadino al final creo que se lo debo a esta provincia. Tucumán me formó como comunicador, como escritor, como amante de las letras y de las artes. Hoy es mi hogar, aunque siempre extrañe o quiera volver a mis pagos.
D.P. —En el periodismo diario trabajás con la inmediatez, el dato duro y la realidad urgente de la provincia. ¿Tu literatura funciona como una vía de escape a esa vorágine o, por el contrario, nace de las mismas historias que la calle te impone?
S.G. — La vorágine de la inmediatez es parte de mi cotidiano, pero también es algo con lo que lucho a diario. La necesidad de parar me es fundamental, de hecho, es lo que trato de expresar en el poema “Parar”, de este último libro: “el momento es insoportable / no hay espacio para aburrirse / en este vértigo de vanidades”.
Al principio escribía desde esa realidad vertiginosa, hoy pongo un punto y recién agarro la hoja en blanco. Pienso, contemplo, reflexiono y produzco. Creo que esto se debe a mi madurez, es decir, a que estoy más grande (risas). Intento hacer pensar al lector, no sé si lo logro. Pero sí. Es un escape del mundo real. Pues sin arte, sin cultura, estamos perdidos. Por eso, a toda costa los gobiernos de derecha tratan de quitárnosla, ¿no?
D.P. —Tu libro El vértigo de las vanidades explora las complejidades humanas. ¿Considerás que la vanidad es una de las grandes trampas de nuestra era, especialmente en una época tan marcada por la exposición digital y las redes sociales?
S.G. — Sin dudas, tanto es así que lo que pienso a diario. El narcisismo, la banalidad, el ego desmedido es moneda corriente. Pareciera que hay una gran parte de la población que necesita expresar lo que siente por las redes sociales, que, en definitiva, no son otra cosa que medios de comunicación. Publicar la vida, no hay espacio de introspección, de lo privado. No hay mirada crítica, esto me resulta preocupante. Selfies, culos, cuerpos, frases hechas y ahora hasta existe una tendencia a que los textos o copys sean todos iguales, ya que están hechos con IA. Los rostros operados también. Es curioso, la gente tiene tanta banalidad que no se da cuenta que cada vez más, son una misma cosa, un producto, creado y modelado por un sistema perverso. Ahí siento que el pensamiento crítico no existe y me preocupa. No es alentador el mundo que tenemos, ni el venidero. El conocimiento está a un click de distancia, pero pocos tratamos de aprovecharlo.
D.P. —Como editor y redactor en medios digitales como Tucumán Hoy en día, estás en contacto constante con las audiencias actuales. ¿Cómo se logra mantener el rigor periodístico y la profundidad en tiempos donde el consumo de información es tan fragmentado y veloz?
S.G. — Se hace muy cuesta arriba, sobre todo porque la verdad no tiene importancia. Ser crítico, tener rigor y profundidad es una rareza. Hay muchos factores. Los periodistas estamos muy mal pagados, por lo tanto, trabajamos en muchas redacciones para llenar la olla. Esto hace muy compleja la tarea, todo rápido para cumplir la labor. Sin embargo, somos periodista, debemos contar la verdad y ahí estamos, en una verdadera quijotada. Chequear fuentes e información seguirá siendo nuestra principal arma.
D.P. —En tus textos se suele destacar una «agudeza periodística combinada con sensibilidad poética». ¿Te cuesta apagar el ojo clínico del periodista cuando te sentás a escribir ficción, o dejás que ambos convivan libremente?
S.G. — Me cuesta apagar al periodista que tengo en cada momento de mi vida (risas). A cada lugar que voy observo todo, me supera, me sale natural. Pero cuando escribo literatura, intento que la poesía, la filosofía y el arte sean protagonistas. Al periodismo lo dejo para mi diaria.
D.P. —Se dice que el Noroeste Argentino (NOA) tiene una mística y una tradición literaria muy fuerte. ¿Te sentís parte de una nueva corriente de escritores de la región? ¿Qué autores o colegas locales sentís que dialogan con tu obra?
S.G. — Uf, qué pregunta. Me siento parte del quehacer literario, porque le dedico horas de estudio, lectura y producción literaria. Soy muy lector y trato de leer a los colegas lo más que puedo. Me gustaría tener más tiempo, pero el trabajo es tirano con nuestros tiempos. Tengo en la biblioteca, en estos momentos, varios pendientes. Por suerte, hoy en la región pasan estas cosas. La producción literaria es muy importante.
Con matices, creo que dialogo con Sergio Lizárraga, ambos escribimos muy sintético, aunque con miradas diferentes. Con Federico Soler por los intentos de innovar en algunos estilos. Con Nacho Jurao con lo político, con Melina Moisé en su visión gótica del mundo; con Marx Bauzá y Juan Carlos Mon en lo urbano. Con la añoranza de Alejandro Carrizo; el Tucumán de Roberto Espinoza; la sensibilidad de Alejandra Díaz. La nostalgia de Daniel Posse.
D.P. —Si tuvieras que elegir una crónica periodística que hayas escrito y un relato de tu autoría que te definan por completo hoy en día, ¿cuáles serían y por qué?
S.G. — No creo que pueda hacerlo, pero sí decirte que la cobertura de los Juicios de Lesa Humanidad, lo hice durante más de cinco, me marcaron la vida. Hay un antes y un después en mi carrera y mirada subjetiva. Un texto, quizás el que más le gusta a mi hijo, “Quijotada”.
D.P. —En El vértigo de las vanidades hay una mirada muy aguda sobre las debilidades humanas. ¿Qué es lo que más te obsesiona o te genera curiosidad a la hora de construir la psicología de tus personajes?
S.G. — Siempre me pregunto por qué hay tanta insensibilidad, individualismo en la megalomanía humana. La falta de espíritu crítico y honestidad intelectual me desespera. Narcisismos constantes. Veo tan poca humanidad últimamente.
D.P. — El periodismo regional a menudo tiene el desafío de federalizar la agenda y hacer que las historias locales resuenen a nivel nacional. ¿Cuál creés que es el mayor potencial —o la mayor deuda— del periodismo que se hace hoy desde el interior del país?
S.G. — Tucumán tiene una peculiaridad en este punto y es que cada semana, somos noticias por algo. Es muy llamativo. El periodismo, creo que en general, está atravesando un momento bisagra. Los redactores como se los conoce hasta ahora, tenemos los días contados, por la imposición de la IA. Necesitamos ahora ser muy críticos y agudos.
Por otra parte, hay una tendencia fuerte a lo audiovisual en la región. A esto se le suma la llegada de internet, que hizo que la información sea más democrática que nunca, aunque siempre esté mediada por el stablishment.
D.P. —Mirando hacia el futuro, entre las coberturas del día a día y los silencios que requiere la literatura: ¿Hay un nuevo proyecto literario cocinándose en tu escritorio, o una historia tucumana que todavía sientas la necesidad urgente de contar?
S.G. — No tengo nada decidido, quizás una historia contada en capítulos, un poco en verso, un poco en prosa. Veremos.
Por último, quiero agradecerte muchísimo por este espacio. Hace mucho que esperaba un diálogo con vos. Tus preguntas no hacen otra cosa que reafirmar que uno se rodea de gente con una mirada respetuosa, cálida y de altura. Disfruté cada palabra que me invitaste a pensar.
