Por Fer Flores.
Las redes sociales tienen dueño. Detrás de cada una hay un empresario que gana dinero. Tu tiempo en esa red, independientemente de lo que hagas e incluso de que no veas publicidad, produce información. Información que se convierte en mercancía y que alimenta el negocio de otros empresarios que también ganan dinero con ella.
Dicho de otro modo: tu tiempo en las redes, lejos de ser solamente lo que aparenta —entretenimiento—, es, en términos económicos, trabajo no remunerado.
Empezar a verlo de esa manera puede ayudarte, al menos, a tomar un poco más de conciencia sobre el uso que hacés de ellas.
Pensar en dejar de usarlas por completo puede parecer demasiado radical. Yo, al menos, continúo usándolas, pero intento hacer un ejercicio: recordarme que soy yo quien las usa y no al revés.
Entonces, si publico contenido, intento que sea en función de lo que necesito. Cuando registro que estoy haciéndolo en automático, bajo estrés o por una necesidad que no termino de comprender, paro. Generalmente, las doy de baja temporalmente. Eso me ayuda a pensar qué me está sucediendo.
La ansiedad, el miedo, el enojo suelen ser algunas de las emociones que me hacen perder el control de mi propia voluntad. Empiezo a buscar recuperar cierta confianza a través de la efímera validación de personas que, en realidad, ni siquiera me importan lo suficiente.
Parar, como dije al principio, es primordial.
El ejercicio de frenar también me ayudó a comprender la enorme diferencia entre atención y distracción.
Scrollear constantemente, sin siquiera registrar que en realidad no vimos nada, es terrible. Estuviste mirando, sí, pero tu atención estuvo absolutamente dirigida. El algoritmo se actualiza todo el tiempo a partir de tu historia, tu trabajo, tu pareja, tus gustos e incluso aquello que considerás secreto. Porque esos posteos en los que te detuviste apenas dos segundos ya les dieron información suficiente. Le dejaste todo servido para que pueda anticiparse cada vez mejor a tus intereses, tus deseos y tus comportamientos. Cada vez saben más de vos y pueden intervenir con mayor precisión en aquello que mirás.
Lo más inquietante es que nos encanta. Literalmente. Es una especie de ensueño.
El gran problema empieza con las inyecciones constantes de demandas que comenzamos a reconocer cuando, inevitablemente, soltamos el celular y volvemos a mirar la realidad. De pronto, te descubrís desesperada por encajar en todo aquello que estuviste consumiendo: qué comer, cómo mantener tu físico (corrés al gimnasio y necesitás la foto), cómo criar, cómo ser con tu pareja, cómo construir una pareja, cómo llevar la soltería, cómo ser una buena hija, cómo, cómo, cómo, cómo.
Incesantes inyecciones de demandas que, apenas dejás de estar distraída mirándolas, se convierten en necesidades que sentís que tenés que satisfacer.
Y entonces aparece una pregunta que me parece inevitable: ¿qué sucede cuando dejamos de tener tiempo para experimentar nuestra propia vida porque estamos demasiado ocupados observando cómo deberíamos vivirla?
¿Qué tiempo te queda para frenar, mirar una planta, pensarte a vos misma en el presente, reconocer tus anhelos reales, hablar con alguien?
¿Qué tiempo tenés, concretamente, para mirar de verdad a tus pares?
¿Quién está organizando y administrando nuestra manera de vincularnos?
¿Qué nos está pasando cuando necesitamos registrar cada experiencia para sentir que efectivamente sucedió? ¿Por qué sacás fotos de cada actividad que hacés?
Si tu anhelo es compartir tu felicidad, perfecto. Como cuando yo subo algo para presumir y chau. No hay ningún problema en eso. Mientras siga siendo cierto que sos vos quien usa las redes y no ellas las que te usan a vos, metele.
No se trata de cuestionar a quien está distraído. Se trata de denunciar a quien se beneficia de mantenernos cautivos.
No podemos permitir que la representación de nuestra vida termine ocupando el lugar de la experiencia de vivirla.
Porque quizás el problema no sea solamente el tiempo que pasamos frente a una pantalla, sino aquello que dejamos de experimentar mientras estamos ahí. Y porque no alcanza con recuperar el tiempo si no recuperamos también la capacidad de decidir qué hacer con él.
Si las redes intervienen en la construcción de nuestros deseos individuales, también en la construcción de lo social, entonces no solamente estamos entregando nuestro tiempo: estamos participando, muchas veces sin advertirlo, en la producción de una realidad que otros tienen capacidad de manipular.
Quizás habría que volver a preguntarnos qué entendemos por libertad. Porque poder elegir entre miles de opciones no necesariamente significa ser libres. ¿Somos libres cuando podemos elegir qué mirar o cuando también podemos decidir qué merece nuestra atención?
¿Cuánto de nuestra voluntad permanece propio cuando nuestros deseos, nuestras aspiraciones y hasta nuestras formas de relacionarnos están permanentemente intervenidos?
La libertad no puede reducirse a la posibilidad de participar de todo. También debería contemplar la posibilidad de no hacerlo, de retirarse, de no responder, de no mostrarse, de no necesitar aprobación. De poder estar sin convertir cada experiencia en algo que deba ser visto por otros.
De conservar la posibilidad de construir nuestros propios sentidos, incluso cuando estos no coincidan con aquello que se vuelve tendencia, visible o rentable. Frenar la lógica de la cancelación que nos está guiando a cancelar el pensamiento.
Si perdemos la capacidad de detenernos a pensar qué queremos, qué deseamos y cómo queremos relacionarnos: ¿Qué libertad estamos ejerciendo?
Quizás recuperar la libertad empiece por un movimiento mucho más pequeño de lo que imaginamos: dejar de responder automáticamente a todo aquello que reclama nuestra atención.
Frenar, mirar, escuchar, conversar, estar. No como una receta para vivir mejor, sino como pequeños gestos de resistencia frente a un sistema que necesita nuestro tiempo para seguir funcionando.
Nuestra atención es nuestra. Y disputar quién dispone de ella es disputar una parte de nuestra soberanía.
Sean eternos los laureles que supimos conseguir.
