InicioPensamiento Contemporáneo¿Qué hacemos con lo que nos movilizó?

¿Qué hacemos con lo que nos movilizó?

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Por Guido Brotto.

Cuando una experiencia queda nombrada como estafa, parece que ya sabemos todo lo que necesitamos saber sobre ella. Sabemos cómo juzgarla. Pero ¿sabemos qué hizo posible que ocurriera?

Generación Zoe reunió personas y dinero alrededor de una promesa de libertad. Esa convocatoria merece una pregunta propia. ¿Qué encontró allí alguien para comprometer una parte de sus recursos, imaginar otro futuro y hablar de esa posibilidad con otros?

Había un deseo disponible. La promesa consiguió darle una forma.

El dinero haciendo dinero ofrecía una imagen precisa: dejar de entregar todo el tiempo de la vida a cambio de un ingreso. Poder disponer de los días. Elegir. La libertad aparecía como algo que podía alcanzarse mediante una inversión, y esa expectativa ponía en movimiento decisiones presentes.

La promesa necesitaba del futuro. Los aportes, en cambio, eran reales.

Ahí hay algo que todavía podemos pensar. Muchas personas, convocadas por una posibilidad, consiguieron reunir recursos que antes estaban dispersos. Por un momento existieron una dirección compartida y la disposición a actuar en función de ella. ¿Qué otros proyectos podrían recibir esa fuerza? ¿Qué ocurriría si quienes aportan pudieran decidir también el destino de lo reunido?

La pregunta por el dinero perdido permanece. Hay consecuencias que ninguna interpretación devuelve. Pero preguntar si ese dinero «no sirvió para nada» también puede abrir una investigación sobre lo que la experiencia dejó visible: una capacidad de organización, un deseo de autonomía, una voluntad de participar en algo que prometía modificar la vida.

Podemos volver sobre esa capacidad. Examinar sus condiciones. Averiguar cuánto dependía de los rendimientos prometidos, cuánto de la confianza en una figura y cuánto del encuentro con otros que deseaban algo semejante.

Porque reunir dinero no resuelve todavía qué hacer con él. En ese punto comienza una disputa por el sentido. Los recursos pueden concentrar poder en quien administra la promesa. También podrían sostener actividades y espacios cuyas decisiones pertenezcan a quienes los hacen posibles. Para avanzar hacia esa segunda posibilidad habría que darle una forma concreta: producir, distribuir, deliberar, responder por lo que se hace.

La libertad prometida empezaría entonces a tener prácticas reconocibles.

Quizá resignificar una experiencia consista en intervenir sobre aquello que parecía tener un significado definitivo. Extraer una pregunta del relato que la clausuró. Encontrar una relación que todavía no había sido pensada.

La libertad literaria permite ensayar ese movimiento. Un fragmento puede abandonar su contexto e ingresar en otra construcción. El traslado exige trabajo: hay que reconocer qué conserva fuerza y qué pierde sentido al separarse del conjunto.

¿Qué podemos trasladar de esta experiencia?

La convocatoria. El deseo. La capacidad de reunir recursos. También las preguntas que dejó su fracaso.

Todavía hace falta decidir qué construir con todo eso. Una expectativa compartida ya consiguió movilizar a muchas personas. La dirección de ese movimiento puede convertirse, ella misma, en una decisión compartida.

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