Por Catalina Lonac.
En la dinámica feroz
de una existencia atormentada
deshoja su misantropía
el actor de todas las peripecias.
Observa, desprecia, gruñe.
No puede con la especie.
Larga su espuma venenosa
sobre su papel con tinta.
Y ante el oprobio desatado
de su personalidad
sufre la peor condena:
Parecerse, indefectiblemente,
a lo que odia.
