Por Enrico Colombres.
“Ser enemigo de Estados Unidos puede ser peligroso, pero ser su amigo puede ser fatal.”
— Henry Kissinger.
En el tablero geopolítico mundial se está desarrollando una tensión que, si bien todavía no ha estallado en una guerra total declarada, ya posee todos los ingredientes de un conflicto mayor. La confrontación indirecta entre Estados Unidos, Israel, Irán y el escenario palestino no es simplemente otro capítulo de las eternas disputas de Medio Oriente. Es, en realidad, una disputa estructural por poder, recursos, rutas energéticas y hegemonía regional. Y, paradójicamente, es una confrontación que muchos analistas comienzan a considerar casi imposible de ganar para Estados Unidos en los términos tradicionales de una victoria estratégica.
Lo que está ocurriendo hoy es la acumulación de décadas de tensiones no resueltas. Israel, aliado central de Washington en Medio Oriente, enfrenta simultáneamente múltiples frentes: el conflicto con Palestina, las amenazas provenientes del Líbano a través de Hezbollah, la presencia de milicias proiraníes en Siria e Irak y, por encima de todo, la sombra permanente de Irán como potencia regional rival. En ese contexto, cada movimiento militar israelí arrastra inevitablemente a Estados Unidos, ya sea diplomáticamente, militarmente o financieramente.
Pero el problema de fondo no es únicamente militar. Es civilizatorio, cultural y étnico.
A diferencia del resto de los países que componen el mundo árabe, Irán no es árabe. Irán pertenece a una matriz étnica persa, con una identidad histórica milenaria que antecede incluso al surgimiento del islam. Mientras gran parte de Medio Oriente está dominado por pueblos árabes de raíz semítica, Irán responde a una tradición persa indoeuropea con una identidad nacional profundamente arraigada. Esa diferencia no es menor. De hecho, explica muchas de las tensiones dentro del propio mundo islámico.
A esa diferencia étnica se suma la religiosa. La gran mayoría del mundo musulmán es sunita, mientras que Irán es el principal bastión del islam chiita. Esta fractura teológica —que lleva más de mil años— genera una división profunda en el mundo islámico, pero al mismo tiempo convierte a Irán en un actor con enorme capacidad de movilización ideológica y política.
Por eso, cuando Israel confronta con Irán, no solo enfrenta a un Estado. Enfrenta a una red de influencia regional que incluye organizaciones armadas y movimientos políticos distribuidos en varios países. Hezbollah en el Líbano, diversas milicias chiitas en Irak, los hutíes en Yemen y otras estructuras menores conforman una arquitectura de guerra asimétrica que desafía la lógica militar tradicional.
Estados Unidos, acostumbrado históricamente a guerras convencionales contra Estados identificables —Irak, Afganistán, Serbia— se encuentra frente a un modelo de confrontación completamente distinto: una red descentralizada de actores que operan simultáneamente en múltiples frentes y territorios.
Ese es uno de los motivos por los cuales muchos estrategas consideran que una guerra directa contra Irán sería extraordinariamente costosa y probablemente imposible de controlar.
Irán no es Irak. Tiene más de ochenta millones de habitantes, una geografía montañosa extremadamente difícil de invadir, una industria militar propia y una red de aliados regionales capaces de abrir múltiples frentes simultáneos.
Pero el verdadero punto crítico de este conflicto no es solo militar. Es energético.
Irán se encuentra estratégicamente ubicado sobre el estrecho de Ormuz, el punto por donde transita aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial. Cualquier escalada bélica que afecte esa zona tendría consecuencias inmediatas sobre el mercado energético global. El precio del petróleo podría dispararse en cuestión de días, generando inflación mundial, crisis de abastecimiento y turbulencias económicas de escala global.
El mundo moderno depende del petróleo para casi todo: transporte, industria, fertilizantes, logística global. Alterar esa arteria energética es equivalente a presionar el cuello de la economía mundial.
Y aquí aparece otro factor silencioso pero cada vez más estratégico: el agua.
En Medio Oriente, el agua se ha convertido en un recurso más valioso que el petróleo. La escasez hídrica es estructural en la región, y la tecnología de desalinización se ha transformado en un elemento central para la supervivencia de varios países, especialmente Israel y las monarquías del Golfo.
Las plantas desalinizadoras que convierten agua de mar en agua potable son hoy infraestructuras críticas. Sin ellas, ciudades enteras quedarían sin suministro en cuestión de días. Por esa razón, estas instalaciones han comenzado a ser consideradas objetivos militares estratégicos.
En un escenario de guerra regional ampliada, atacar infraestructura hídrica podría convertirse en una forma de presión tan efectiva como destruir refinerías o bases militares.
Esto demuestra hasta qué punto el conflicto ha superado la lógica militar tradicional para transformarse en una guerra de infraestructura y supervivencia.
En ese contexto, Estados Unidos enfrenta una dificultad estratégica profunda. Su presencia militar global sigue siendo gigantesca, pero su capacidad política para sostener guerras prolongadas es cada vez menor. La sociedad estadounidense está cansada de conflictos interminables y costosos, y el recuerdo de Afganistán e Irak todavía pesa en la opinión pública.
Al mismo tiempo, la multipolaridad internacional avanza. Rusia y China observan con atención cada movimiento en Medio Oriente, no necesariamente para intervenir directamente, pero sí para aprovechar cualquier debilitamiento de la posición estadounidense.
Irán, por su parte, ha profundizado sus vínculos con ambos actores. Esa red de alianzas complica aún más cualquier intento de aislarlo completamente.
Pero las consecuencias de este escenario no se limitan a Medio Oriente.
El mundo entero entra automáticamente en estado de alerta cuando la tensión con Irán se eleva. Y la razón es simple: Irán posee vínculos históricos con diversas organizaciones y células armadas que operan fuera de su territorio. Hezbollah es el caso más conocido, pero no el único. También existen redes de apoyo logístico, financiero y político distribuidas en distintos continentes.
Eso significa que, ante un conflicto abierto, el riesgo de atentados o acciones indirectas aumenta considerablemente en diversas partes del mundo.
Y aquí es donde la Argentina aparece, una vez más, en una zona incómoda de la historia.
Nuestro país ya conoce demasiado bien lo que significa quedar atrapado en conflictos que no le pertenecen. Los atentados contra la Embajada de Israel en 1992 y contra la AMIA en 1994 siguen siendo heridas abiertas en la memoria colectiva. Dos ataques terroristas de enorme gravedad que, más de treinta años después, continúan envueltos en un manto de dudas, encubrimientos, operaciones políticas y verdades a medias.
Nunca se logró una verdad judicial definitiva que cierre esas historias. Nunca hubo una explicación que deje a la sociedad completamente convencida de lo ocurrido.
Y, sin embargo, hoy Argentina vuelve a alinearse automáticamente en un escenario geopolítico extremadamente sensible.
No se trata de justificar a nadie ni de relativizar el terrorismo. Se trata de comprender que cuando un país se posiciona abiertamente en conflictos de escala global, inevitablemente se expone a sus consecuencias.
La política exterior, en ese sentido, debería ser siempre un ejercicio de prudencia estratégica. No de gestos ideológicos.
Porque mientras las grandes potencias juegan su partida de ajedrez geopolítico, los países periféricos muchas veces terminan siendo apenas piezas sacrificables en el tablero.
Argentina hoy enfrenta problemas internos enormes: inflación estructural, pobreza creciente, deterioro institucional, fragmentación social y una economía que lleva más de una década sin crecimiento sostenido.
Como si eso no fuera suficiente, el país comienza a quedar involucrado simbólicamente en un conflicto internacional que podría escalar en cualquier momento.
Y entonces surge una pregunta incómoda pero inevitable: ¿era necesario?
¿Era prudente asumir posicionamientos tan explícitos en un escenario global tan volátil?
La historia argentina demuestra que cuando los conflictos internacionales tocan nuestro territorio, las consecuencias son profundas y duraderas. Las investigaciones se diluyen, las responsabilidades se discuten durante décadas y la sociedad termina atrapada entre teorías, sospechas y silencios.
Por eso, cuando el mundo vuelve a tensionarse alrededor de Irán, Israel y Estados Unidos, la prudencia debería ser el principio rector de cualquier política exterior inteligente.
Porque bastante tenemos con nuestros propios problemas.
Argentina ya enfrenta una crisis económica, social y política que exige toda la atención de sus dirigentes.
Lo último que necesitamos es sumar un problema geopolítico de escala global.
Pero parece que alguien decidió lo contrario.
Y la experiencia histórica nos recuerda algo inquietante: cuando los conflictos ajenos empiezan a sentirse demasiado cerca, casi siempre terminamos pagando un precio que nunca quisimos pagar.
Ojalá esta vez la historia no vuelva a repetirse.
Aunque, si somos honestos, tampoco es que las experiencias anteriores hayan terminado de enseñarnos demasiado.
Porque si algo quedó claro después de la Embajada de Israel y la AMIA es que en la Argentina las tragedias internacionales no solo ocurren.
También, muchas veces, quedan para siempre sin decir la verdad.
Esperemos no tener que volver a preguntarnos lo mismo dentro de algunos años.
¿No?
