InicioCuentoEl duelo

El duelo

Publicado el

Por Daniel Posse.

Nació y creció entre el surco y los machetes ansiosos por mutilar la cepa, entre la letanía de la cosecha y las heladas secas. No poseía otra memoria que la del cuerpo cansado, la del músculo doliente cuando la escarcha se esparcía entre los árboles.

Amamantó su infancia de sudor, de treguas navideñas y algunas historias demasiado viejas para ser el origen del llanto.

Nolasco era bajo, con un rostro en el que convergían genes del Duero, mirada mora y la fuerza del malón en los ojos rasgados. En todo su ser crispaba la textura del mestizaje, que no daba la vastedad de una sola raza.

Los únicos horizontes que conoció eran el espanto y el látigo, pero su alma latente vivía entre el grito ahogado que, sin primaveras, se escapó de cuajo, entre atardeceres y cañas. Ahí germinó la protesta que devino en lucha y ayuno.

En un principio hablaba en voz baja, solo, pero al cabo de un tiempo elevó el tono; el mensaje salió con una fuerza de acero. Empezaron a escucharlo. Cuando el patrón lo hizo, sin juicio previo lo sentenció.

En medio de la mañana de un 9 de julio, a la salida del trapiche, vio cómo el dueño del ingenio lo miraba de reojo; ahí percibió el recelo. Nolasco entendió que era el inicio de un duelo, donde no existía otra alternativa que la de luchar.

La medianoche se marcaba en el reloj. Fijó los ojos en el péndulo; en su vaivén sintió que la ansiedad iba en aumento.

Colocó la cadena en su cuello, desabrochó un poco la camisa, vio la cruz reluciente en su pecho: era como un escudo anidado entre los vellos. Besó el cuchillo y lo acomodó en la cintura, donde en el momento de la desesperación sabría encontrarlo.

Era su primera jornada en su puesto de sereno. Tomó la linterna y comenzó a descender por la escalera. Escuchó la puerta cerrarse detrás de él. El miedo resplandeció por sus poros. El silencio y el olor a melaza lo rodeaban. Tardó en acostumbrarse a la poca luz; caminó un poco a ciegas. Pudo ver, en el otro extremo, la silueta de su adversario: los ojos de carbón encendido, una espesa baba humeante. El tiempo pareció detenerse; la linterna cayó al piso y se apagó. Él no retrocedió: pudo adivinar las garras y las fauces acercándose, olió el pelaje a multitudes de ciénagas.

Tomó con la izquierda la cruz y con la derecha el puñal.

La pelea, en un inicio, estuvo hecha de movimientos torpes, de gestos, de amagos, para después transformarse en una suerte de danza, en la que la muerte acariciaba la piel y los sentidos. En un manotazo, su mano giró al no encontrar un blanco físico; la hoja de su arma se clavó en su estómago.

La sangre inundó los pantalones; cayó y se arrastró de dolor, llegó hasta los escalones, trepó uno por uno.

Abrió la puerta. La luz del amanecer se esparció y se coló por el ventiluz; las sombras se disiparon. Nolasco comprendió, en la soledad de la mañana, que había luchado contra sus propios miedos.

 

De Los gritos del mito, en De sueños y azar
Nuestra América Editorial, 2004

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

últimas noticas

Corrupción

Por José Mariano.  ¿De verdad pensás que la corrupción es un problema reciente, algo que...

La ficción democrática

Por Catalina Lonac. El mundo se hace pedazos, y con él la democracia. Estamos en...

El verdadero desastre

Por Enrico Colombres. En Argentina, la muerte dejó de ser una excepción y pasó a...

El principio de cohesión

Por Fernando Crivelli Posse. “Mal se puede realizar la idea del resurgimiento de un pueblo...

Más noticias

Corrupción

Por José Mariano.  ¿De verdad pensás que la corrupción es un problema reciente, algo que...

La ficción democrática

Por Catalina Lonac. El mundo se hace pedazos, y con él la democracia. Estamos en...

El verdadero desastre

Por Enrico Colombres. En Argentina, la muerte dejó de ser una excepción y pasó a...