Por María José Mazocato.
“La verdadera crisis es la crisis de la indiferencia.”
— Zygmunt Bauman.
El mundo no está en pausa, pero algo en nosotros sí lo está. Hay una especie de fatiga moral global, una anestesia progresiva frente al dolor ajeno que se cuela entre estadísticas, titulares y discursos cada vez más vacíos. Mientras las crisis se multiplican —guerras, migraciones forzadas, colapso climático, desigualdades obscenas— la humanidad parece haber aceptado un costo silencioso, el de dejar de sentir en común.
En este escenario, la pregunta por quién será el próximo Secretario General de las Naciones Unidas no es un mero ejercicio burocrático ni una disputa de poder entre Estados. Es, o debería ser, una discusión profundamente ética y política sobre el tipo de liderazgo que el mundo necesita para no terminar de perderse.
La Organización de las Naciones Unidas nació como una promesa de evitar que la barbarie volviera a institucionalizarse. Sin embargo, hoy esa promesa parece tensionada al límite. El sistema internacional atraviesa una crisis de legitimidad, donde los organismos multilaterales muchas veces reaccionan tarde, mal o directamente no reaccionan. Y en ese vacío, crecen los nacionalismos, las lógicas de confrontación y la indiferencia.
El actual Secretario General, António Guterres, ha intentado sostener una voz crítica frente a los grandes conflictos contemporáneos, pero su margen de acción está condicionado por las potencias que, paradójicamente, deberían ser las primeras en comprometerse con el orden internacional que ayudaron a crear. El problema no es solo de nombres: es estructural. Pero los nombres importan, porque encarnan discursos, prioridades y, sobre todo, límites.
¿Quién podría ocupar ese lugar en el futuro? Más allá de los nombres que circulan en la diplomacia global —muchas veces negociados en silencio entre los miembros permanentes del Consejo de Seguridad— la verdadera pregunta es qué perfil necesitamos. No alcanza con un administrador eficiente ni con un diplomático correcto. El mundo necesita una figura que incomode, que interpele, que recupere la dimensión humana de la política internacional.
Porque el costo que estamos pagando no es solo material. Es un costo simbólico y moral. Nos estamos acostumbrando a convivir con la tragedia como paisaje. Las muertes en conflictos armados se vuelven cifras; los refugiados, números; el hambre, una variable económica. Y en ese proceso, se erosiona lo más valioso que tenemos como especie, la capacidad de empatizar.
Un próximo Secretario General debería ser, antes que nada, un constructor de sentido. Alguien capaz de reponer la narrativa de lo común en un mundo fragmentado. Que entienda que la seguridad no es solo militar, sino también alimentaria, sanitaria, climática. Que pueda hablarle tanto a los gobiernos como a las sociedades. Que no tema señalar responsabilidades, incluso cuando eso implique enfrentarse a las grandes potencias.
La geopolítica del siglo XXI ya no admite liderazgos tibios. La crisis climática, por ejemplo, no es una agenda más, es la condición de posibilidad de todas las demás. Y sin embargo, seguimos viendo cómo los compromisos internacionales quedan subordinados a intereses económicos de corto plazo. Allí, la voz del Secretario General debería ser mucho más que protocolar: debería ser una conciencia incómoda, persistente, global.
También es necesario repensar el lugar del Sur Global en esta discusión. Durante décadas, las decisiones clave han estado concentradas en un puñado de países. ¿No es hora de que el liderazgo de la ONU refleje de manera más genuina la diversidad del mundo? América Latina, África, Asia, hoy regiones que no solo sufren muchas de las consecuencias del sistema internacional, sino que también tienen mucho para aportar en términos de experiencias, perspectivas y soluciones.
La empatía global no es una utopía ingenua. Es una necesidad política. Sin ella, el sistema internacional se convierte en un tablero frío donde las vidas humanas valen en función de intereses estratégicos. Y en ese escenario, la ONU pierde su razón de ser.
Por eso, discutir el futuro liderazgo de la organización es también discutir qué tipo de humanidad queremos ser. Si vamos a seguir naturalizando el dolor ajeno o si vamos a intentar, una vez más, construir un proyecto común basado en la dignidad, la cooperación y la responsabilidad compartida.
El próximo Secretario General no va a salvar al mundo. Pero puede —y debe— recordarnos que todavía estamos a tiempo de salvarnos entre nosotros. Y eso, en tiempos de cinismo global, ya sería un acto profundamente revolucionario.
