Por José Mariano.
“Para que no se pueda abusar del poder, es preciso que el poder detenga al poder.”
— Montesquieu
Hay una forma de poder que no aparece en los diarios. No tiene voceros, no organiza conferencias de prensa, no dicta leyes ni ocupa portadas. No decide el rumbo de un país ni altera el curso de los mercados. Y, sin embargo, es una de las formas más visibles, más inmediatas y más brutales del poder. Es un poder que no se anuncia, que no se explica, que no se justifica. Un poder que no habla. Vive en una ventanilla, en un sello, en una firma que se demora, en un “vuelva mañana” que no argumenta pero decide. No busca razones porque no las necesita.
Todos lo conocemos, aunque rara vez lo nombramos, porque lo atravesamos más de lo que lo pensamos. Está en el empleado municipal que, detrás de un vidrio, decide si un expediente avanza o se queda inmóvil en una pila que nadie controla. Está en el agente de tránsito que no ordena la circulación, sino que elige a quién detener, a quién exigirle, a quién complicarle el día. Está en el directivo que convierte una decisión administrativa en una forma de marcar territorio. Está en la universidad, en una oficina, en una firma que se retrasa sin motivo claro, en una autorización que podría darse pero se posterga porque puede postergarse.
No es el poder que se ejerce desde arriba; es el poder que se prueba desde abajo. Y en esa prueba aparece algo insoportable, porque en esos espacios diminutos, casi ridículos, donde el poder debería ser apenas funcional, lo que emerge no es la organización ni la eficiencia, sino una forma degradada de la relación con el otro.
Porque lo que ahí aparece es el abuso.
No el abuso espectacular, no el que ocupa titulares, sino el abuso mínimo, cotidiano, casi imperceptible, que no deja huella jurídica pero sí deja marca humana. Un abuso que se ejerce cuando alguien decide que el trámite puede esperar aunque no haya razón para que espere, cuando alguien exige un requisito innecesario sólo porque puede hacerlo, cuando alguien responde con silencio en lugar de respuesta, con distancia en lugar de solución. Un abuso que no necesita violencia explícita. Que no necesita justificarse porque se ampara, la mayoría de las veces, en una supuesta norma inverificable. Que no necesita explicarse porque se sostiene en el silencio y la complicidad.
Ese abuso no es un exceso del poder. Es su forma más elemental cuando pierde toda mediación.
Y en ese punto deja de ser un problema institucional para volverse un problema humano.
Porque lo que se deforma ahí no es sólo el ejercicio del poder, sino la posibilidad misma de comunidad. Donde aparece ese gesto —esa demora innecesaria, esa negativa arbitraria, esa decisión sin razones— lo que se rompe no es un procedimiento, es un vínculo. Se interrumpe la posibilidad de reconocer al otro como igual. Se sustituye la cooperación por una dominación mínima. Se reemplaza el encuentro por una distancia que no estaba ahí antes, pero que alguien decide instalar.
Es un poder que no construye nada. No ordena, no organiza, no mejora. Divide, irrita, desgasta. Produce una forma de malestar difuso que no puede señalarse con precisión, pero que se repite con una regularidad inquietante. Una experiencia donde el otro deja de ser alguien con quien interactuar para convertirse en alguien sobre quien ejercer algo.
No hay diálogo posible ahí, porque el lenguaje ha sido suspendido. No hay justificación, porque el poder no la necesita. No hay intercambio, porque la relación ya ha sido clausurada.
Y en esa clausura aparece algo más inquietante.
Una forma de decadencia.
No sólo del poder, sino del pensamiento. Porque cuando el poder deja de justificarse, cuando deja de buscar razones, cuando se satisface en su propia capacidad de imponerse, lo que se abandona no es sólo la ética, sino la inteligencia misma. Se deja de pensar al otro. Se deja de pensar la situación. Se deja de pensar el sentido de lo que se hace. Todo se reduce a una operación mínima: poder hacerlo.
Ahí el mundo se estrecha.
Se achican los márgenes de lo posible. Se vuelve más difícil lo que debería ser simple. Se vuelve opaco lo que debería ser claro. Se instala una lógica donde lo absurdo deja de percibirse como tal, porque se repite lo suficiente como para volverse normal.
Así se construye una realidad degradada.
No desde grandes decisiones, sino desde pequeñas imposiciones que, acumuladas, terminan por modelar la forma en que vivimos, en que esperamos, en que aceptamos lo que no deberíamos aceptar. No es el gran poder el que organiza esa experiencia; es este poder mínimo, mudo, disperso, que no se declara pero actúa.
Por eso el problema no es ese empleado, ese agente o ese funcionario.
El problema es que no son excepciones.
Es la forma en que ese poder se vuelve cotidiano.
