Por José Mariano.
«El tiempo no es un hecho de la naturaleza, sino una institución social.»
— Norbert Elias
Creemos que vivimos dentro del tiempo. Pero vivimos dentro de una forma histórica de administrarlo.
El reloj, la jornada laboral, el fin de semana, el calendario escolar, los feriados, las vacaciones, las fechas patrias, las elecciones y la disponibilidad permanente no son fenómenos naturales. Son instituciones. Y como toda institución humana, podrían ser de otra manera.
La política suele pensarse como una disputa por el poder, por los recursos o por el control del Estado. Pero también organiza otra cosa. Organiza el tiempo. Vivimos rodeados de esas formas de organización y rara vez nos detenemos a pensar en ellas. Simplemente las aceptamos.
Nos levantamos determinados días. Descansamos determinados días. Esperamos determinados acontecimientos. Recordamos determinadas fechas. Incluso gran parte de nuestras expectativas personales suelen seguir ritmos que existían antes de que llegáramos.
Lo curioso es que hemos construido toda esa arquitectura sobre algo que sigue siendo un misterio. Sabemos medirlo con una precisión extraordinaria. Sabemos calcularlo, administrarlo y sincronizarlo. Pero cuanto más intentamos observarlo, más escurridizo se vuelve.
Nadie ha visto el tiempo. Nadie ha podido señalarlo. Sólo conocemos sus efectos. Vemos envejecer los cuerpos. Vemos cambiar las estaciones. Vemos sucederse los hechos unos tras otros. Pero el tiempo mismo permanece oculto detrás de todo aquello que transforma.
Las sociedades organizan el misterio para poder vivir dentro de él.
Lo hacen con los dioses, con la muerte, con el origen del mundo y también con el tiempo. Allí donde no hay respuestas definitivas aparecen instituciones capaces de volver habitable la incertidumbre.
El tiempo no es solamente un fenómeno físico. También es una institución social. Una forma de coordinación colectiva que permite sincronizar millones de vidas diferentes.
Y si el tiempo es también una institución, entonces deja de ser únicamente un problema para filósofos o científicos. Se convierte en un problema político.
Alguien define los calendarios. Alguien establece los ritmos de trabajo. Alguien fija los ciclos escolares. Alguien determina qué fechas merecen ser recordadas y cuáles pueden desaparecer en silencio.
Toda sociedad necesita construir tiempos compartidos.
Un Mundial de fútbol es una forma de organizar el tiempo. Durante algunas semanas millones de personas hablan de lo mismo, esperan lo mismo y acomodan parte de su vida alrededor de un acontecimiento común.
Una elección también. Una fecha patria también. Una crisis económica también.
No se trata de manipulación. Se trata de organización.
La política no sólo distribuye recursos. También distribuye atención. Distribuye memoria. Distribuye expectativas. Distribuye urgencias.
Durante siglos esa tarea estuvo principalmente en manos de la religión. Después aparecieron la escuela, la fábrica y el Estado moderno. Hoy se suman los medios de comunicación, las plataformas digitales y los algoritmos que organizan una parte creciente de nuestra atención cotidiana.
Cambian las herramientas. La lógica permanece.
Pero no todas las épocas habitan el tiempo de la misma manera. Durante siglos la vida transcurrió siguiendo ritmos relativamente estables. Las estaciones organizaban el trabajo. Las generaciones compartían experiencias semejantes. Una persona podía vivir gran parte de su existencia dentro de un mundo reconocible.
Hoy ocurre algo diferente.
Las tecnologías ya no sólo nos permiten medir el tiempo. Intervienen activamente sobre nuestra experiencia de él. La velocidad con la que circula la información modifica la percepción de lo que pasa. Lo que ayer parecía importante desaparece en cuestión de horas. Lo que antes requería años de maduración ahora exige respuestas inmediatas.
La aceleración deja de ser una característica de la economía o de la técnica para convertirse en una característica de la conciencia.
Quizás por eso nuestra época vive en una paradoja desquiciante. Nunca habíamos tenido tantas tecnologías destinadas a ahorrar tiempo. Y sin embargo la sensación dominante parece ser la contraria; el tiempo no alcanza.
Nos falta tiempo para leer. Nos falta tiempo para pensar. Nos falta tiempo para conversar. Nos falta tiempo para comprender. La atención salta de un tema a otro. Los eventos suceden con tal rapidez que apenas alcanzan a convertirse en experiencia antes de ser reemplazados por otros.
Tal vez la política del siglo XXI no consista solamente en administrar territorios, economías o instituciones. Tal vez la política del tiempo empiece mucho antes. En la necesidad de organizar el misterio dentro de un orden compartido. Ninguna sociedad puede vivir demasiado tiempo frente a aquello que no comprende. Necesita convertirlo en calendarios, horarios, rituales, aniversarios y rutinas.
Necesita volver habitable lo desconocido.
¿Por qué sentimos que el tiempo pasa? Nadie experimenta el tiempo en sí mismo. Experimentamos cambios. Experimentamos recuerdos. Experimentamos transformaciones. Quizás tiempo sea el nombre que damos a ese movimiento permanente que atraviesa todas las cosas. Y sin embargo organizamos nuestras vidas como si conociéramos perfectamente aquello que apenas alcanzamos a intuir.
El problema es que, terminamos confundiendo esa organización con la realidad misma. Olvidamos que el reloj, la jornada laboral, el calendario escolar, el fin de semana o la disponibilidad permanente no son fenómenos naturales.
Son decisiones humanas que terminaron adquiriendo la apariencia de lo inevitable.
Quizás la forma más eficaz de ejercer el poder no sea imponer una regla, sino lograr que dejemos de verla como una regla. Que la confundamos con el orden natural de las cosas.
Toda normalidad comienza de esa manera. Como una respuesta histórica a un problema concreto. Y termina convirtiéndose en algo sobre lo que ya nadie se pregunta.
Tal vez la política del tiempo empiece precisamente ahí. En recuperar la capacidad de interrogar aquello que parece dado. Porque muchas de las estructuras que organizan nuestras vidas no son leyes de la naturaleza. Son acuerdos, hábitos e instituciones construidos por otros seres humanos.
Y lo que ha sido construido también puede ser transformado.
Esto es Fuga.
Edición 53.
