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La seducción del outsider

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Por María José Mazocato.

«Nada amenaza más a la democracia que el exceso de promesas incumplidas.»

Norberto Bobbio

La política latinoamericana parece haberse convertido en un laboratorio permanente de desencanto. Cuando una promesa colectiva fracasa, la sociedad no suele buscar matices, sino que busca una ruptura. Y es precisamente allí donde emergen las figuras outsiders, líderes que construyen su capital político no desde la experiencia institucional sino desde el rechazo frontal a ella.

La reciente irrupción de Abelardo de la Espriella en Colombia es quizás uno de los ejemplos más claros de este fenómeno. El abogado, cantante y empresario, sin experiencia previa en cargos públicos, logró convertirse en la gran sorpresa electoral mediante un discurso de confrontación directa contra las élites políticas tradicionales, presentándose como una figura antisistema y apelando al cansancio social acumulado durante los últimos años. 

Sin embargo, reducir este fenómeno a una cuestión de nombres sería un error. Lo que ocurre en Colombia es parte de una tendencia regional más profunda. América Latina atraviesa un momento de agotamiento ideológico donde las identidades políticas tradicionales parecen perder capacidad de representación. La ciudadanía ya no evalúa únicamente programas de gobierno; sino que evalúa resultados. Y cuando los resultados no llegan, la legitimidad del paradigma dominante comienza a deteriorase.

Desde la sociología política existe una idea recurrente donde los sistemas de creencias y las hegemonías ideológicas poseen ciclos de vida. Ningún paradigma permanece indefinidamente. Tras años de predominio, las narrativas que alguna vez movilizaron esperanzas comienzan a mostrar fisuras. Cuando eso sucede, las sociedades ingresan en una etapa de búsqueda de nuevas referencias simbólicas, y es allí donde también el experimento social puede fallar. No necesariamente buscan soluciones racionales o moderadas; buscan alternativas capaces de expresar el malestar acumulado.

En Colombia, el gobierno de Gustavo Petro representó para muchos ciudadanos la gran apuesta transformadora de la izquierda colombiana, un hombre proveniente de las FARC, un hombre que provenía de la guerrilla, hoy no es la figura que su pueblo necesita, ni la que su partido representa. La persistencia de problemas estructurales vinculados a la seguridad, la economía y la gobernabilidad generó un clima de frustración en sectores importantes de la población. Ese desencanto abrió espacio para una figura que construyó su identidad precisamente en oposición al sistema político vigente. 

No es casual que De la Espriella reivindique elementos discursivos presentes en liderazgos como Javier Milei, Nayib Bukele o Donald Trump. Todos ellos comparten una característica central, se presentan como la antítesis del político tradicional. Su fortaleza electoral no radica únicamente en sus propuestas, sino en su capacidad para canalizar la indignación social contra las estructuras existentes. 

La paradoja es que estos liderazgos suelen surgir justamente cuando las instituciones atraviesan momentos de desgaste. El ciudadano deja de confiar en los partidos, en los mecanismos tradicionales de representación e incluso en los consensos democráticos construidos durante décadas. Entonces aparece la figura disruptiva, alguien que promete hacer lo que los demás no hicieron y que convierte su falta de experiencia política en una virtud antes que en una debilidad.

Colombia se encuentra hoy frente a ese espejo. Pero el fenómeno trasciende sus fronteras. Desde Argentina hasta El Salvador, pasando por distintos procesos electorales de la región, se observa un patrón común, la búsqueda de liderazgos que rompan con el orden establecido. No porque las sociedades hayan encontrado una nueva certeza ideológica, sino porque han perdido la fe en la anterior.

La historia política latinoamericana demuestra que los péndulos ideológicos nunca permanecen inmóviles. Cuando una hegemonía deja de ofrecer respuestas, inevitablemente surge otra narrativa dispuesta a ocupar ese vacío. La pregunta ya no es por qué aparecen los outsiders. La verdadera pregunta es qué tan profundo es el desencanto social que los hace posibles.

Y en la Colombia de hoy, esa respuesta parece estar escrita en las urnas. 

 

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