Por Emanuel Goldstein.
«Lo que importa no es permanecer vivo, sino permanecer humano.»
— George Orwell.
Dentro de 1984 hay un libro que suele quedar eclipsado por la fama de la novela. Todos recuerdan al Gran Hermano, la vigilancia permanente, la Policía del Pensamiento o las pantallas que observan cada movimiento. Sin embargo, en el centro mismo de la historia aparece un texto clandestino atribuido a Emmanuel Goldstein. Winston Smith lo recibe como quien accede a un secreto prohibido. Orwell lo presenta como un libro dentro del libro, pero en realidad funciona como una teoría política. Y quizás sea la parte más inquietante de toda la novela.
Goldstein parte de una observación que parece simple. A lo largo de la historia siempre existieron grupos que gobernaron, grupos que intentaron reemplazarlos y grandes mayorías que sostuvieron materialmente el funcionamiento de la sociedad. Los nombres cambian según la época. Reyes, aristócratas, burgueses, revolucionarios, partidos o tecnócratas. La estructura, en cambio, permanece sorprendentemente estable.
Los grupos que ocupan las posiciones intermedias suelen movilizar a quienes están abajo prometiendo justicia, igualdad o libertad. Con esa energía logran desplazar a quienes detentan el poder. Pero una vez que llegan a la cima descubren algo que la historia parece repetir con insistencia: gobernar es mucho más sencillo que transformar. Las revoluciones terminan pareciéndose demasiado a aquello que prometían superar. Cambian los discursos, los símbolos y los nombres. La estructura sigue allí.
Hasta ese punto la reflexión no resulta demasiado novedosa. Muchos autores habían observado algo parecido antes que Orwell. Lo verdaderamente perturbador aparece cuando Goldstein intenta explicar qué ocurrió en el siglo XX.
Según su hipótesis, los sistemas políticos modernos aprendieron algo nuevo. Aprendieron a independizarse de los fines que tradicionalmente justificaban la existencia del poder. Durante siglos los gobiernos hablaron de Dios, de la nación, del progreso, de la prosperidad o de la felicidad colectiva. Pero detrás de todos esos objetivos seguía operando una lógica más elemental: conservar el poder. La diferencia es que los regímenes modernos habrían descubierto que ya no necesitaban ocultar esa lógica detrás de grandes ideales.
La frase más conocida del libro resume toda la teoría: el objetivo del poder es el poder.
La afirmación parece exagerada cuando se la lee por primera vez. Sin embargo, a medida que Goldstein desarrolla sus argumentos, comienza a adquirir una coherencia inquietante. Si la conservación del poder se convierte en el objetivo principal, muchas instituciones dejan de cumplir la función que dicen cumplir y pasan a desempeñar otra muy distinta.
La educación ya no existe para formar ciudadanos. Existe para producir sujetos compatibles con el sistema. La información deja de buscar la verdad y comienza a organizar percepciones. La economía deja de orientarse al bienestar general y pasa a priorizar la estabilidad del orden existente. Todo sigue funcionando. Todo conserva sus nombres. Pero las finalidades cambian.
Es en este punto donde aparece una de las ideas más famosas del texto: la guerra permanente.
Goldstein sostiene que las guerras modernas ya no pueden entenderse únicamente como disputas territoriales. Las grandes potencias de 1984 combaten de manera constante y, sin embargo, casi nada cambia. Los frentes se desplazan poco. Las fronteras permanecen relativamente estables. Las victorias definitivas nunca llegan. La guerra parece haberse convertido en una condición permanente.
La explicación que ofrece resulta incómoda. Tal vez esas guerras no existan para conquistar territorios. Tal vez existan para mantener movilizadas a las poblaciones, justificar sacrificios permanentes y sostener estructuras de poder que necesitan enemigos constantes para conservar su legitimidad. La guerra ya no sería un medio. Se habría convertido en una herramienta de administración social.
Algo parecido ocurre con la escasez. Goldstein observa que una sociedad demasiado próspera, demasiado educada o demasiado autónoma puede volverse difícil de gobernar. Las personas comienzan a hacer preguntas. Empiezan a exigir explicaciones. Desarrollan expectativas propias. Por eso sospecha que ciertos sistemas necesitan administrar cuidadosamente el acceso a la abundancia. No porque la pobreza sea deseable, sino porque la dependencia suele ser funcional al control.
Sin embargo, la parte más actual de la teoría aparece cuando habla del pasado.
Quien controla el pasado controla el presente. Y quien controla el presente controla el futuro.
La frase es conocida, pero suele leerse demasiado rápido. Goldstein no está diciendo simplemente que los gobiernos manipulan la historia. Está diciendo algo más profundo. Las sociedades necesitan una realidad compartida para poder discutir. Necesitan ciertos hechos básicos sobre los cuales construir acuerdos y desacuerdos. Cuando esos hechos desaparecen, cuando los registros pueden corregirse permanentemente y cuando cada grupo dispone de su propia versión de la realidad, el espacio común comienza a desintegrarse.
La política no desaparece. Continúa existiendo. Pero deja de ser una discusión sobre el mundo compartido para convertirse en una confrontación entre universos paralelos.
Por eso el pequeño libro escondido dentro de 1984 sigue resultando tan incómodo. No describe solamente una dictadura imaginaria. Describe una tentación permanente del poder. La tentación de convertir las instituciones en organismos dedicados principalmente a su propia conservación.
Quizás por eso la pregunta que deja flotando al final continúa siendo relevante muchas décadas después de que Orwell la escribiera. No importa demasiado si hablamos de gobiernos, partidos, empresas, burocracias o plataformas digitales. La pregunta sigue siendo la misma.
¿Las instituciones existen para servir a las personas o llega un momento en que las personas terminan existiendo para servir a las instituciones?
