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Política del derecho y verdades constantes

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Por Juan Schmitt.

Deslícense, mortales, no se apoyen, el hielo es frágil sobre sus pasos.

Pierre-Yves Narvor

Lo indefinido es la inexistencia del presente.

Rudolf Stammler enseña que si queremos hablar sobre algo primero debemos definir los términos que sostendrán nuestro diálogo. Si no lo hacemos, la discusión se vuelve vacía de sentido. Se convierte en una divagación del intelecto, en una exposición técnica de nuestro ego o en un ejercicio intelectualoide carente de todo fin práctico.

Para este colectivo la filosofía será práctica o no será nada. Como adeptos del maravilloso Heráclito de Éfeso no podemos sino partir de una undécima tesis que intenta escapar de la especulación burguesa de la filosofía como contemplación. Espinosos en nuestro pensar, reclamamos realización contra la cobardía y el temor. Decimos «NO». Nos rebelamos metafísicamente. Desde la despersonalización de la empatía que implica entrar en el cuerpo del otro para saber de él, alejándonos de la maldita suposición, preguntamos.

El pretencioso título que presenta este artículo distingue tres ejes que se unifican. Sin caer en ningún trialismo dialéctico de afirmaciones, negaciones ni síntesis, se entrelazan entre ellos y de manera simbiótica conviven entre sí para justificar la existencia.

La política es el arte mediante el cual se organizan las relaciones humanas, o el medio por el cual el enfrentamiento natural del hombre contra el hombre alcanza realización. El caos inconmensurable de existencias busca desesperadamente su orden desde la política para no tomar las armas. Esto no quiere decir que la política no las sostenga. Para eso existen las policías.

La política democrática occidental tradicional organiza las existencias desde la jerarquía del mando o desde la creencia de que necesitamos de quien nos indique el camino que debemos seguir, con los límites del poder bien marcados. En ese sentido todavía no hemos salido de Grecia ni de Roma. Unos mandan, otros obedecen.

Esa capacidad de mando es reconocida como una virtud natural que permite identificar a quienes resultan más aptos para disponer sobre las voluntades ajenas. Voluntades que, escamoteadas por la violencia de la historia y por los eternos mecanismos ideológicos de dominación, se desplazan vulneradas en su capacidad de enfrentamiento.

La política del dominio tradicional se justifica a sí misma desde siempre, jurídica o metafísicamente. No existe una delimitación clara entre ambos términos. Con ello parece pretender dejar atrás de una vez y para siempre la violencia física entre los hombres. Sin embargo, como decía el General, no hay otra verdad que la realidad. Y la realidad nos enseña que existen formas de violencia que se desarrollan encubiertas y justificadas. La teoría de la argumentación y los sofistas del poder abstracto atraviesan uno de sus momentos de mayor vitalidad.

La democracia como enfrentamiento nos obliga a estudiar formas no violentas de justificación jurídica de la política y viceversa. Esto ocurre porque vivimos en un tiempo donde los medios de comunicación han mostrado su rostro y la conciencia social comienza a liberarse del mandato mediático mediante enfermizos espasmos de emancipación. El Estado sigue siendo, o ha terminado de mutar en, un híbrido espantoso de liberación y esclavismo. Es el lugar donde se gesta la cultura de una sociedad: primero desde la educación y después desde los productos de la clase intelectual más frágil, la pequeña burguesía.

Comprendamos que la intelectualidad no es un concurso de sabiduría académica, sino una realización del espíritu crítico capaz de enfrentarse a sí mismo.

Entonces, frente a un panorama que como un péndulo vuelve una y otra vez a la crítica de la coyuntura como una estadística destinada al olvido, pretendemos elevarnos y vislumbrar el porqué de siempre. Un porqué que todavía sigue siendo un porqué y que probablemente siempre lo será, porque no puede vislumbrarse un final visible ni siquiera desde estas alturas.

Como enseña Foucault en La verdad y las formas jurídicas, toda organización social produce también una determinada forma de verdad, una construcción destinada a sostener con ideas la existencia concreta de los hombres.

Comenzar a hablar desde la política nos obliga a circunscribirnos dentro de los márgenes prescriptos por el derecho, y eso es inevitable. Siempre que se organizó entre hombres cualquier forma de convivencia, esta fue precedida por una visión jurídica del mundo o por una determinada idea de justicia. Da igual si decidimos no entrar en su discurso.

Lo cierto es que el derecho se anticipa a las formas de organización humana y fundamenta, desde lo más abstracto hasta lo más concreto, una manera de entendernos con derecho a réplica.

Ya sea de forma divina o humana, el derecho, mediante la magia argumentativa y los poderes cósmicos de la justicia, logra establecer el porqué de la conducta que debemos a ese todo hegeliano que parece eterno.

Existe una forma de comprender el mundo que consiste en encontrar el porqué del orden impuesto. Desde allí pueden comprenderse los engaños a los que nos sometemos y conquistarse una cierta independencia frente a la imposición. Pero se trata de un largo y difícil proceso de purificación de la hipocresía y la megalomanía que dominan la conciencia del mundo como una forma a priori de existencia.

El derecho es el único dios, y solo a partir de dios podemos cuidarnos de dios. Gracias a dios ya no se interpretan señales para entender a dios ni para reconocer mensajes divinos, sino que se estudian fenómenos contingentes desde la ciencia del derecho y desde la transversalidad del conocimiento humano interdisciplinario.

El hombre jurídico, político o social es un animal metafísico, porque enlazar una significación consigo mismo y con el mundo resulta vital para no caer en el sinsentido. Para devenir en un ser racional, el hombre necesita justificarse a sí mismo, como decían los aristócratas de la existencia.

Antes de que podamos decir «yo», la ley ha hecho de cada uno de nosotros un sujeto de derecho. Para ser libre, el sujeto debe primero estar ligado (sub-jectum: sujeto sometido) por medio de palabras que lo vinculan con los demás hombres.

El derecho y la palabra hacen que cada recién nacido acceda a la humanidad. Es decir, atribuyen una significación a su vida.

Existen dos maneras de contraer la idiocia —estar restringido a uno mismo—: privándonos de los vínculos con nuestros semejantes o siendo incapaces de comprender otras visiones posibles. Es decir, siendo incapaces de acordar con nuestros semejantes una representación del mundo en la que cada uno tenga su propio lugar.

El hombre puede matar o morir por una causa que considera justa —su libertad, su patria, su dios, su honor— y, desde ese punto de vista, en cada uno de nosotros hay una bomba.

La aspiración a la justicia no es, por lo tanto, un vestigio de un pensamiento precientífico. Representa, para bien o para mal, un dato antropológico, político y jurídico fundamental.

El hombre no nace racional, sino que deviene racional al acceder a un sentido compartido con otros hombres. La trama de lo que llamamos sociedad está formada por lazos de palabras que vinculan a los hombres unos con otros, motivo por el cual no es posible una sociedad animal.

La política cambia. El derecho cambia. Cambian los imperios, las constituciones y las formas de gobierno. Sin embargo, ciertas preguntas regresan una y otra vez. ¿Por qué obedecemos? ¿Qué vuelve legítimo un orden? ¿Qué estamos dispuestos a reconocer como justo?

Tal vez las verdades constantes no sean respuestas eternas. Tal vez sean las preguntas que ninguna época consigue abandonar definitivamente.

 

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