Pantallas

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Por Fabricio Falcucci.

El Mundial acaba de comenzar y, sin embargo, la pelota todavía no logró imponerse sobre la realidad. Antes de que aparezcan los grandes partidos el torneo ya quedó atravesado por una serie de episodios que invitan a mirar más allá del césped. Restricciones migratorias, controles extraordinarios sobre determinadas delegaciones, dificultades para el ingreso de jugadores y árbitros, protestas contra las políticas migratorias del gobierno estadounidense, episodios de violencia armada en las inmediaciones de algunas sedes y controversias vinculadas a la situación de la selección iraní comenzaron a ocupar un espacio inesperado en la conversación pública. 

Lo que debía presentarse como una celebración del encuentro entre culturas distintas parece haber comenzado bajo el signo de la sospecha, del control y de las tensiones geopolíticas que atraviesan al mundo hoy.

La contradicción resulta difícil de ignorar. Mientras la FIFA insiste en presentar al fútbol como un lenguaje universal capaz de reunir pueblos, religiones y nacionalidades bajo un mismo ritual, el torneo se desarrolla en un contexto internacional marcado por guerras abiertas, conflictos diplomáticos y crecientes discursos de exclusión. 

Ucrania continúa sumergida en una guerra que ya forma parte del paisaje cotidiano de la información global. Oriente Medio atraviesa una nueva escalada de violencia cuyos efectos se extienden mucho más allá de las fronteras de los países involucrados. Millones de personas permanecen desplazadas por conflictos armados, persecuciones políticas o crisis humanitarias. En distintos puntos del planeta resurgen discursos nacionalistas que encuentran en la figura del extranjero, del migrante o del diferente un blanco cada vez más frecuente. El Mundial desembarca en ese escenario y difícilmente pueda permanecer ajeno a él.

Quizás por eso resulte insuficiente analizar cada uno de los episodios ocurridos durante estos primeros días como simples incidentes aislados. Más allá de la precisión de cada caso particular, todos parecen integrarse a una misma atmósfera cultural. Una donde determinadas identidades generan desconfianza antes incluso de cruzar una frontera. Una donde algunos pasaportes circulan con naturalidad mientras otros deben justificar permanentemente su presencia. Una donde el discurso de la integración convive con prácticas que muchas veces parecen recorrer el camino inverso.

La historia de los mundiales ofrece herramientas valiosas para comprender este fenómeno. Los campeonatos del mundo nunca fueron solamente eso: siempre funcionaron como espejos de su tiempo. Reflejaron conflictos, disputas de poder, proyectos políticos y aspiraciones colectivas que excedían ampliamente el terreno deportivo. Entre nosotros, el ejemplo inevitable continúa siendo Argentina 1978. Mientras millones de personas celebraban el triunfo de la selección nacional, la dictadura militar desplegaba uno de los dispositivos represivos más violentos de la historia argentina. A pocos kilómetros de los estadios donde se desarrollaba la fiesta futbolística operaban centros clandestinos de detención. Las imágenes que recorrían el planeta mostraban multitudes celebrando. La realidad que permanecía fuera de cuadro era muy distinta.

El Mundial ocultó deliberadamente aquella tragedia. El espectáculo deportivo pretendió  desplazar la atención pública hacia otro lugar. Allí radica una de las intuiciones más conocidas de Guy Debord cuando describía la lógica de la sociedad del espectáculo. El problema no consiste solamente en mostrar determinadas imágenes. El problema consiste en organizar la mirada colectiva de tal modo que otras imágenes desaparezcan del campo visual.

Algo similar podría decirse del Mundial de España de 1982. Argentina llegó al torneo apenas semanas después de la Guerra de Malvinas. El país atravesaba una crisis política profunda y comenzaba a advertir las consecuencias humanas de una aventura militar que había costado centenares de vidas. El fútbol no produjo aquella crisis ni resolvió sus efectos. Pero volvió a ofrecer una narrativa paralela capaz de concentrar emociones, expectativas y conversaciones en un momento de enorme incertidumbre social.

Quizás cada Mundial termine revelando algo sobre la época que le toca habitar. Si 1978 quedó asociado a la utilización política del deporte por parte de una dictadura y Qatar 2022 abrió discusiones sobre derechos humanos, migraciones y condiciones laborales, el torneo que hoy se disputa en Estados Unidos parece exhibir las tensiones propias de un mundo atravesado por fronteras cada vez más rígidas, conflictos geopolíticos crecientes y mecanismos de vigilancia que se expanden en nombre de la seguridad.

En ese contexto, la situación de determinadas delegaciones adquiere un significado que trasciende lo deportivo. Lo que aparece en discusión no es solamente el ingreso de un jugador, de un árbitro o de una selección. Lo que emerge es una pregunta más amplia acerca de quiénes son considerados bienvenidos y quiénes continúan siendo observados desde la lógica de la sospecha. Achille Mbembe ha señalado que una de las formas contemporáneas del poder consiste en administrar la circulación de las personas. Decidir quién puede moverse libremente y quién permanece sometido a controles extraordinarios constituye una forma silenciosa pero efectiva de ejercer dominación.

La FIFA suele responder a estas tensiones mediante un discurso basado en la neutralidad. Sin embargo, la neutralidad absoluta parece cada vez más difícil de sostener. La organización que gobierna el deporte más popular del planeta ha construido buena parte de su legitimidad sobre valores como la inclusión, la diversidad y la fraternidad entre los pueblos. Cuando la realidad contradice esos principios, el silencio también se convierte en una toma de posición.

Nada de esto implica negar la potencia cultural del fútbol. Sería injusto hacerlo. Pocas experiencias colectivas generan encuentros tan genuinos entre personas diferentes. Pocas expresiones culturales poseen una capacidad semejante para producir alegría, identidad y memoria compartida. Tal vez por eso los mundiales continúan despertando una fascinación que atraviesa generaciones. Pero precisamente porque el fútbol importa, resulta necesario interrogar aquello que ocurre a su alrededor.

Mientras la atención global se concentra en los estadios, Ucrania y Rusia siguen contando muertos. Oriente Medio continúa sumando misiles. Las fronteras siguen separando cuerpos considerados deseables de otros considerados peligrosos. Los discursos de odio siguen encontrando espacio en la conversación pública. La guerra, la discriminación y la desigualdad no se detienen porque haya comenzado un Mundial.

Quizás esa sea la paradoja central de nuestro tiempo. Nunca fue tan fácil reunir a la humanidad frente a una misma pantalla. Nunca resultó tan difícil mirar más allá de ella.

 

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