Por Guido Brotto.
Desde hace algunos años, y especialmente desde que la figura pública de Indio Solari comenzó a retirarse, una parte importante del universo ricotero empezó a enfrentarse con un problema nuevo. Durante décadas, la obra convivió con su autor. Siempre existía la posibilidad de una entrevista, una declaración, una canción nueva o una intervención que reorganizara el sentido de las anteriores. Incluso cuando sus respuestas eran ambiguas o deliberadamente evasivas, la presencia del autor seguía funcionando como un horizonte interpretativo.
La desaparición progresiva de esa voz modifica la situación. No porque la obra quede incompleta, sino porque queda sola.
La pregunta entonces deja de ser qué quiso decir el Indio y pasa a ser qué hacemos nosotros con aquello que dijo.
Esta transformación no afecta únicamente a los seguidores de Solari. Es un problema que atraviesa toda obra importante. La muerte del autor no produce silencio. Produce un exceso de voces. Allí donde antes existía una referencia central, aparecen múltiples lecturas que compiten entre sí. Algunas intentan conservar el legado. Otras buscan actualizarlo. Otras directamente lo discuten. La obra deja de estar protegida por su creador y entra en un proceso mucho más complejo: comienza a ser digerida.
La palabra digestión no es casual. Durante años se consumieron canciones, entrevistas, libros, recitales, mitologías y símbolos. Sin embargo, consumir una obra y digerirla son operaciones distintas. Consumir es incorporar. Digerir es transformar.
La digestión implica que aquello que se incorpora deja de pertenecer por completo a quien lo produjo. Pasa a formar parte de otra cosa.
Tal vez por eso resulte insuficiente pensar la herencia ricotera en términos de fidelidad. La fidelidad siempre supone una referencia estable. Un modelo al que hay que permanecer adherido. Pero la obra de Solari parece resistirse constantemente a esa lógica. No porque promueva el relativismo o porque cualquier interpretación sea válida, sino porque fue construida a partir de una enorme cantidad de lecturas, referencias y materiales heterogéneos.
Indio Solari fue un lector voraz. Sus canciones no emergen de una doctrina unificada sino de una red de influencias que rara vez aparecen ordenadas de manera explícita. Quizás allí resida una de las razones de su potencia. Las letras no cierran el sentido. Lo multiplican.
Por eso resulta difícil aceptar ciertas interpretaciones que colocan al discurso ricotero en el lugar de una verdad exterior al mundo que describe.
Un ejemplo interesante aparece en la lectura que Pablo Cillo realiza de Lobo Caído. Allí propone entender el estribillo —»Tu careta es injusta lobo, la moldearon allí, en la colmena peor»— como una crítica a los mecanismos de producción de subjetividad propios de la industria cultural. La colmena sería el espacio donde se fabrican identidades, deseos y modos de percibir la realidad. La careta del lobo no sería natural. Habría sido moldeada.
La observación es sugerente porque desplaza la atención hacia una palabra fundamental: moldearon.
La canción no habla de descubrimiento, inspiración o crecimiento. Habla de fabricación.
Sin embargo, si llevamos esta interpretación hasta sus últimas consecuencias aparece una dificultad. Para denunciar el molde parece necesario ocupar una posición exterior a él. Si la colmena produce sujetos, alguien debe poder observar ese proceso sin quedar atrapado en él. Y es precisamente allí donde surgen mis dudas.
Porque el Indio nunca escribió desde una posición tan limpia.
Sus canciones están pobladas por personajes atravesados por la fascinación, el deseo, la corrupción, la ambición, el engaño y el autoengaño. No hablan como sujetos emancipados observando el espectáculo desde afuera. Hablan desde adentro del problema.
La voz ricotera nunca fue la voz de un sabio.
Fue la voz de alguien que sospecha.
La diferencia es decisiva.
Un sabio denuncia la ilusión de los demás.
Quien sospecha comienza por desconfiar de sí mismo.
Por eso la pregunta que surge de Lobo Caído quizás no sea quién pertenece a la colmena y quién logró escapar de ella. La pregunta es otra: ¿quién moldea al que denuncia el molde?
La cuestión adquiere todavía más fuerza cuando se observa que el propio Solari es producto de innumerables lecturas. La potencia de su obra no proviene de una exterioridad absoluta respecto de la cultura, sino exactamente de lo contrario. Proviene de una inmersión profunda en ella. Solari no habla desde fuera de la colmena. Habla desde una colmena distinta, construida con literatura, filosofía, música, cine, política e imaginación.
Esto permite pensar el problema desde otro lugar. Tal vez la diferencia entre la industria cultural y una gran obra no consista en que una fabrica sujetos y la otra los libera. Esa oposición resulta demasiado sencilla. Después de todo, toda obra produce efectos sobre quienes la reciben. Toda obra moldea.
La diferencia podría encontrarse en otro punto.
Hay discursos que tienden a clausurar interpretaciones. Ofrecen respuestas. Organizan identidades. Estabilizan significados.
Las grandes obras suelen hacer lo contrario.
Multiplican preguntas.
Abren sentidos.
Generan lecturas.
Y quizás sea precisamente eso lo que ocurrió con la obra de Solari. Su riqueza no radica en haber entregado una explicación definitiva del mundo sino en haber producido una máquina de interpretación capaz de sobrevivir a su propio autor.
La muerte del Indio, vista desde esta perspectiva, deja de ser únicamente la desaparición de una figura cultural. Se convierte en una prueba para la obra misma. Una obra verdaderamente viva no necesita que su creador permanezca para garantizar su sentido. Por el contrario, demuestra su vitalidad cuando es capaz de seguir produciendo lecturas nuevas en ausencia de quien la escribió.
Tal vez allí comience realmente la digestión. No cuando repetimos lo que creemos que el autor quiso decir. Sino cuando nos hacemos responsables de seguir pensando con él, contra él y más allá de él.
