Por Alfredo Elías Acevedo.
«Las computadoras son como los humanos: hacen de todo menos silencio».
— Variación sobre una frase de Stanisław Lem.
El silencio nos mantiene vivos. Sin embargo, en ese límite impreciso entre la carne y el espíritu, entre lo biológico y lo psíquico, nos circula una especie de energía del vacío. No dejamos de estar atrapados, desde que nacemos, por la acústica de la palabra y de la lengua. Visto así, el nombre propio es una puntada: algo que desde el exterior nos hinca, nos domestica y nos inocula una voz, una sonoridad ajena.
En nuestro interior más profundo, somos una biología exacta que hace de la vida un sustento alrededor del silencio. Los órganos funcionan en un mutismo perfecto. Es el silencio lo que sostiene la existencia y, al contrario de lo que nos vende esta época de sobreexposición digital, no se está más vivo por hablar. A veces, de hecho, hablar implica un riesgo de muerte. Los fantasmas hablan; no así los muertos. Y no es que los muertos no tengan nada que decir, sino que, al ser liberados del consumo vital y desgastante del lenguaje, guardan en el reposo absoluto de su silencio el reverso perfecto de ese acoso significante, diferenciándose de la salud del vivo, que necesita del mutismo orgánico para seguir latiendo.
Incluso la idea de lo divino se sostiene en este vacío. Dios es posible en tanto se oculta detrás de los órganos y hace silencio. La creación del mundo no fue un estallido de sonidos, no ocurrió mediante la palabra. El Génesis afirma: “Entonces Dios dijo…”, pero esa no es una verdadera revelación. Al crear el mundo, Dios no habló: hizo silencio.
Por eso, la primera manifestación de la muerte —más que de la vida— es el primer grito o llanto al nacer. Un recién nacido llora porque ha sido desalojado de un gran silencio durante nueve meses de gestación perfecta. Ese llanto, que la medicina romantiza como un impulso vital, no es otra cosa sino la primera forma de fricción con el lenguaje. Es el cuerpo chocando de frente contra un aire seco que más tarde se convertirá en lengua, en cultura y, finalmente, en el peso de nuestra humanidad.
Nacer es ingresar en una economía del ruido. Toda existencia humana podría pensarse entonces como una larga negociación con aquello que vino a interrumpir el silencio originario. Sin embargo, aun cuando el lenguaje nos atraviese y nos constituya, el silencio continúa siendo el fondo biológico sobre el cual la vida se sostiene. Los órganos siguen trabajando sin hablar. El corazón no necesita discurso. Los pulmones no necesitan argumentos. La vida, en su dimensión más elemental, permanece fiel al silencio.
Pero algo nuevo está ocurriendo.
Durante siglos habitamos un mundo donde el silencio seguía siendo el horizonte último de toda palabra. Las voces aparecían y desaparecían. Las conversaciones terminaban. La noche devolvía a los hombres una cierta experiencia de vacío. Incluso el pensamiento necesitaba retirarse periódicamente hacia zonas silenciosas para producir sentido. Hoy comenzamos a ingresar en una condición distinta. No se trata solamente de una transformación tecnológica. Se trata de una mutación del ambiente simbólico en el que vivimos. Así como el recién nacido abandona el silencio uterino para ingresar en el universo de la lengua, nosotros parecemos estar atravesando un segundo nacimiento: el ingreso a un nuevo orden digital.
La pregunta entonces es inevitable: ¿cómo podremos habitar este ecosistema digital? ¿Qué sucede con el silencio cuando la experiencia cotidiana comienza a desarrollarse dentro de máquinas diseñadas para no callar nunca?
Si el silencio es el sustento de la vida, el entorno virtual constituye una biología artificial del ruido. Si la salud, como diría el gran cirujano francés Leriche, es la vida en el silencio de los órganos, esta arquitectura tecnológica no parece traernos más que una sobreestimulación perpetua, o la invención de una especie de purgatorio de fantasmas: una inmensa red de acumulación de voces espectrales, hechas de un lenguaje sin cuerpo.
¿Qué sucede entonces con el silencio y con la vida dentro del ecosistema digital? El silencio no desaparece. Algo más inquietante ocurre: es consumido. Aquello que debiera representar el silencio en la arquitectura misma de la máquina —el cero del código binario— queda rápidamente ocultado detrás de las interfaces. El vacío deja de presentarse como vacío. Es administrado, procesado y transformado en información. Cada pausa es registrada. Cada interrupción es cuantificada. Cada instante de aparente inactividad se convierte en dato. De este modo, aquello que debería permanecer como reserva de silencio es absorbido por un sistema que transforma toda ausencia en circulación. El ecosistema digital no abre a la dimensión del silencio; hace del silencio un consumo. Pero para consumirlo debe primero domesticarlo. Y para domesticarlo debe expulsarlo de la experiencia.
Por eso asistimos a una degradación progresiva del silencio. Allí donde antes existía una interrupción, aparece una notificación. Allí donde había espera, aparece una actualización. Allí donde existía un vacío, aparece una nueva demanda de atención. La máquina parece incapaz de tolerar aquello que no produce información.
En este punto resulta sugerente la idea que atraviesa la obra de Benjamin Labatut acerca del posible delirio de las máquinas. No se trataría de una locura semejante a la humana, hecha de deseos, traumas o sufrimientos. Sería algo diferente: una compulsión infinita a producir conexiones, asociaciones y cálculos. Una inteligencia incapaz de detenerse. A diferencia de la dimensión mística del Espíritu Santo, que puede pensarse como el Verbo volviéndose silencio, la máquina propone el reverso exacto: un vacío técnico que deviene verbo perpetuo e insomne.
Tal vez el verdadero delirio de las máquinas no consista en que lleguen a pensar como nosotros. Tal vez consista en que jamás puedan callar. Porque el silencio representa para ellas un límite. Un punto de opacidad. Una región improductiva que no puede ser traducida completamente a información.
Frente a ello, abrir un espacio de silencio ante las pantallas ya no parece simplemente un descanso higiénico ni una recomendación de bienestar. Puede que constituya una forma de profanación. Una pequeña disidencia. Porque allí donde todo debe producir información, callar interrumpe el circuito. Allí donde todo debe hacerse visible, el silencio recupera una zona de sombra. Allí donde la máquina intenta convertir cada ausencia en dato, el silencio restituye algo de lo inapropiable.
Quizás la resistencia más radical del futuro no consista en hablar más fuerte que las máquinas, sino en conservar aquello que ellas todavía no pueden comprender.
La fecundidad del vacío.
