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Las ideas y el peligro

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Por Rodrigo Fernando Soriano.

“Hasta que los filósofos gobiernen las ciudades, o los que ahora se llaman reyes y gobernantes filosofen de modo genuino y suficiente, no habrá tregua para los males de las ciudades, ni tampoco, creo, para el género humano” 

Platón, La República

¿Porqué triunfan las ideas? ¿Hay ideas que triunfan? ¿Las ideas realmente triunfan o se imponen? Creo que lo único que estamos de acuerdo es que las ideas no triunfan porque sean verdaderas. Vivimos de relatos, de cuentos, de historias, de ficciones. Muchas de ellas están lejos de la realidad. 

De niño jamás salí a la calle durante los horarios de la siesta. Estaba prohibido. Y no era precisamente porque mis padres querían descansar con la seguridad que sus hijos estaban en casa. No salía a ningún lugar después de almorzar porque el peligro era inminente. En el barrio acechaba “el hombre de la bolsa”. Ahora que lo pienso no era una prohibición, sino que vivía bajo esa amenaza de ser secuestrado. Justo en los 90´ donde fue auge esa modalidad delictiva. Una ficción altamente efectiva.

Esa historia, falsa desde su misma concepción, me sirvió para lograr explicar el porqué no podía escaparme de mi hogar. Lo mismo sucede en una sociedad cuando una idea se impone. Triunfan porque ofrecen una explicación cuando las explicaciones anteriores dejan de funcionar. 

Por eso no estoy convencido de que una idea triunfe por ser verdadera, sino porque, de alguna manera, ingresa sin pedir permiso a nuestro inconsciente y termina convirtiéndose en un dogma. Durante siglos nos enseñaron que la historia avanzaba impulsada por las ideas. Primero fue el Iluminismo, convencido de que la razón podía ordenar el mundo. Después llegó el Romanticismo, y con él la rebelión contra esa misma razón. Los alemanes lo llamaron Sturm und Drang: tormenta e ímpetu. Ya no alcanzaba con pensar; había que sentir. La pasión reemplazó al cálculo, el genio al método, el impulso a la regla. La historia parecía oscilar, como un péndulo, entre la razón y el sentimiento. Quizás nunca dejó de hacerlo. 

Tanto así que personajes fundamentales de nuestra historia, como Alberdi y Sarmiento, terminaron convenciendo a toda una generación de que el liberalismo era el único camino posible para una Argentina que recién comenzaba a organizarse y recibía miles de inmigrantes. Fue la gran apuesta de la Generación del 37: construir una Nación sobre las bases de la razón, el progreso y las instituciones. Sin embargo, la historia nunca permanece inmóvil. Aquellos inmigrantes que llegaban sin hablar nuestro idioma también traían otras ideas en sus valijas. Muchos eran socialistas, sindicalistas o anarquistas. 

Frente al individualismo liberal, sembraron la semilla del movimiento obrero argentino y una nueva manera de comprender la justicia social. Era el viejo péndulo de la historia moviéndose una vez más. Después del Iluminismo llegó el Romanticismo; después de la razón, el Sturm und Drang, la tormenta y el ímpetu. Cada época cree haber encontrado la idea definitiva. Hasta que otra aparece para discutirla.

Lo cierto es que hay personas que son capaces de convencer. Tienen el don de cambiar el “relato” en el que vivimos. Lo peligroso es cuando esa mutación sea para el beneficio de unos pocos destruyendo lo que creemos como necesario y justo para nuestro progreso. Aquí comienza la segunda entrega sobre el Iluminismo Oscuro.

La frase con la que comienza el artículo fue escrita hace más de dos mil años por Platón. Una de la más significativas, y de las que peores interpretaciones posee. En el colegio nos decían que era la defensa del gobierno de los sabios, de los mejores. Del “Mejor equipo de los últimos 50 años” como ese falso eslogan que mantiene el gobierno. En realidad, Platón estaba haciendo algo mucho más profundo como preguntarse quién debería ejercer el poder para alcanzar una ciudad justa. Curiosamente, esa pregunta vuelve a aparecer hoy. La diferencia es que los nuevos «filósofos» ya no provienen de Atenas. Vienen de Silicon Valley.

Entre ellos, es ineludible mencionar a Nick Land. Ya hablé sobre él, su postulado del aceleracionismo y las ansías que tenía en implosionar todo el sistema. De hecho, Land fue quien bautizó este movimiento: The Dark Enlightenment. 

Land describió a la democracia como un proceso degenerativo. Postulaba que la voz “Voice” que se manifiesta a través del sufragio (el voto), debía seguirse al “Exit” o la salida, la escapatario, la fuga. Cuando no estas de acuerdo con un sistema preestablecido, debe haber una posibilidad de irse. Salirse como un derecho. No es casualidad que Elon Musk esté tan obsesionado con “colonizar la luna”, o comprar un país. Está convencido que podría ofrecer una “escapatoria” a todos aquellos que quieran salirse. 

No se debe pensar esto como utópico. Cuando decidimos atendernos en un sanatorio antes que en un hospital público, estamos escapando del sistema. Cuando no apoyamos a la educación pública y preferimos a una privada, también escapamos del sistema. Cuando hacemos un examen con IA, escapamos del sistema. En un futuro no muy lejano, la justicia será reemplazada por una Inteligencia Artificial. De hecho, hoy la justicia decide con IA pero con un disfraz de alto costo para el Estado. El Estado es percibido como ineficiente, o quizá esa percepción sea algo más. 

Seguimos pensándonos como fin. Como entes capaces de solucionarlo todo, mientras leemos noticias que los algoritmos nos recomiendan. Calculan cuanto producimos en el trabajo, y desde un número nos cuantifican el valor. Volvemos a casa, y nos dicen que película mirar, o que libro leer. A veces es comodidad, o quizá obediencia. Pero lo cierto es que ya vimos que hasta la tecnología nos dijo quien es la persona más adecuada para formar una familia; quién puede ser tu amigo o no; a quién admirar; a quien votar. 

Estas ideas son atractivas cuando las viejas dejan de funcionar. Por supuesto que no quiero que una persona corrupta esté en el gobierno. Ni mucho menos que no tenga escrúpulos como para no renunciar a su puesto cuando se comprueba que cometió un delito. Estas actitudes erosionan nuestras instituciones. Esos “contenidos pétreos” del que hablaba en mi entrega anterior. Pero precisamente estas actitudes son las que generan desconfianza al relato que llamamos democracia. 

Porque para la ilustración oscura, la república no corrige al poder sino que más bien lo degrada. Significa, para ellos, una expansión parasitaria y una degeneración de la sociedad. Atenta contra el progreso. Es incapaz de responsabilidad real porque diluye una verdadera soberanía y premia la demagogia. 

Ante esta percepción de un Estado inherentemente inútil, el Iluminismo Oscuro no propone una reforma, sino una liquidación. Es allí donde Curtis Yarvin introduce su concepto de neocameralismo. Es una forma de gobierno que postula al Estado manejado por un CEO. Es decir, una empresa. Hacer una “República SA”. En términos más sencillos, quiere un dictador que lo pueda todo. Incluso explica que la frase que mejor se justifica, desde una perspectiva lógica, es la de la Luis XIV: “El Estado soy yo”, ya que nada malo puede pasarle al Estado, porque casualmente, el gobernante es ese mismo Estado.

Hobbes decía ya que una soberanía fuerte hace desaparecer el desorden. Porque teniendo un dictador desaparece la incertidumbre, y una vez disuelta, desaparece la violencia. Recordemos la ecuación de Yarvin: violencia = conflicto + incertidumbre.

Para lograr eso, Land propuso un programa que llamó “Patchwork”, que es como pequeños mosaicos de unidades políticas pequeñas, jerárquicas por supuesto y competitivas. Imagine el lector un mapa del mundo donde desaparecen los grandes Estados nacionales y, en su lugar, surgen miles de pequeñas unidades políticas que compiten entre sí como si fueran empresas. Si una de esas «empresas políticas» administra mal, sus habitantes simplemente se marchan hacia otra más eficiente. La competencia deja de darse entre empresas; ahora son los propios gobiernos los que compiten por atraer clientes. Porque cree que el libre mercado es lo único que nos puede salvar. Eficiencia por sobre todo. Una influencia de la escuela austríaca. Esa misma escuela que generalmente se escucha precedida de un “o sea, digamos”.

Ninguna revolución se lleva a cabo solamente con filósofos. Necesita un mecenas. A un Pericles en Atenas. A los Médici en el Renacimiento. Pues bien, la Ilustración Oscura tiene a Peter Thiel. Es el que lo soporta económicamente. Y vive en Buenos Aires. Si, en nuestro país. La persona que puso mucho dinero en Facebook, de hecho fue el primero. ¿Recordás porqué se creó Facebook? Si, para uso militar. 

Una persona así viene a vivir al país de “los campeones del mundo” justo cuando queremos modificar una ley de sociedades comerciales en donde se permita que sean manejadas íntegramente por una IA. Claro, las decisiones humanas entorpecen y sólo la tecnología es la solución.

Es el mismo Thiel que fue desenmascarado por ser líder de una sociedad secreta, o logia, llamada “Dialog”. Para los que vieron la película “Una Batalla Tras Otra” es exactamente lo mismo que los “Aventureros de la Navidad”. Espeluznante. 

Thiel quiere a la tecnología gobernando nuestra vida. Pero no es nada nuevo. No podemos negar que dejamos que la tecnología nos penetre. Cuando tenemos hambre, solamente miramos la pantalla de un celular, pedimos una comida. Una persona, y muy pronto un robot, busca un pedido realizado también en serie, y nos los acerca a nuestro hogar. El pago es hecho de manera virtual. Nada allí es palpable. Ni siquiera el repartidor tiene un jefe, es un “emprendedor”. Ese mercado no admite competencia, es casi un monopolio y arrasa con todo. Hay una sola persona, desconocida por todos, que controla a sus siervos hiperconectados. La tecnología del siglo XXI se asemeja más a un feudo. 

Por eso, la Ilustración Oscura va más allá de lograr una conquista electoral y terminar con la democracia desde adentro como lo hizo Mussolini. Este movimiento pretende cambiarnos por completo. Coloca personajes en sus gobiernos. El lenguaje de la “innovación en gobernanza” puede hacer socialmente presentables propuestas que, en su trasfondo, suponen erosión de igualdad política, fragmentación del demos y recentralización privada del mando. 

Otro de los nombres imprescindibles para comprender este movimiento es Balaji Srinivasan. Ingeniero, empresario tecnológico, ex director de tecnología de Coinbase y uno de los referentes más influyentes de Silicon Valley, llevó las ideas del Iluminismo Oscuro un paso más allá. 

Mientras Curtis Yarvin imaginaba un Estado administrado como una empresa, Srinivasan se preguntó algo todavía más extremo: ¿por qué un Estado debería nacer de un territorio? En su obra The Network State propone que las naciones del futuro no surgirán de guerras, constituciones o procesos históricos, sino de comunidades digitales organizadas por Internet, blockchain y criptomonedas, que luego adquirirán un territorio físico. 

El ciudadano deja de pertenecer a un país por nacimiento para hacerlo por elección, como quien se suscribe a una plataforma digital. La patria deja de ser una herencia para convertirse en un servicio. Es, quizás, la expresión más acabada de la lógica del Iluminismo Oscuro: sustituir la política por la tecnología, la representación por la gestión y la ciudadanía por la pertenencia a una red. 

Por eso Francisco nos pedía que amemos a nuestras patria. Una patria entendida como don, como edificación, como pueblo y su cultura. Por eso se defiende tanto a la cultura. Por eso mismo se desfinancia a la cultura. 

Nos reímos cuando escuchamos barbaridades. Perdimos la capacidad de asombro. Justamente lo que quiera la Ilustración Oscura. Gana terreno cuando se la subestima como mera provocación edgy, porque su verdadero poder no reside en su coherencia total, sino que nos plantea escenarios de desmantelamiento. 

Aquí es donde tenemos que hacer disidencia. Defender lo que creemos valioso. La democracia parte de una premisa hermosa, aunque a veces difícil de sostener en la práctica: que cada persona posee una dignidad política intrínseca e igual a la de cualquier otra. Aceptemos que hay otro que piensa distinto. Y que eso distinto es bueno para un conjunto que nos trasciende. 

La Ilustración Oscura parte de la premisa contraria: que la igualdad es una superstición precientífica y que algunas personas, por genética, capital o capacidad técnica, son simplemente más aptas para gobernar y poseer el mundo.

Prestemos atención y apelemos a la historia. 

En 1922, cuando todavía era un agitador político relativamente desconocido, Adolf Hitler declaró: «Algún día seré el hombre que gobierne Alemania». Muchos debieron haberlo tomado por un fanático más de los tantos que abundaban en la turbulenta República de Weimar. Diez años después era canciller; once años después había transformado Europa en un campo de batalla. 

Las ideas más peligrosas rara vez se presentan como peligrosas. Casi siempre comienzan pareciendo ridículas, exageradas o imposibles. Quizás por eso resulte un error descartar la Ilustración Oscura como una simple extravagancia intelectual nacida en Internet. La historia enseña que las ideas no necesitan ser verdaderas para cambiar el mundo. Basta con que suficientes personas comiencen a creer en ellas.

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