Por José Mariano.
«La historia es la materia prima de las ideologías.»
— Eric Hobsbawm
Existe una idea según la cual el pasado es algo que simplemente heredamos. Una realidad concluida que permanece detrás de nosotros, inmóvil, esperando ser descubierta por historiadores, investigadores o curiosos. Bajo esa mirada, la historia sería una especie de archivo donde los acontecimientos descansan intactos, ajenos a las discusiones del presente.
Sin embargo, basta observar cualquier debate político contemporáneo para advertir que las cosas no funcionan de esa manera.
Los hechos ocurren una sola vez. Lo que cambia es la forma en que los interpretamos y el significado que les atribuimos.
Cada generación vuelve sobre los mismos acontecimientos y encuentra algo distinto. Los protagonistas cambian de lugar. Los héroes y los villanos intercambian posiciones. Lo que una época celebró como una conquista, otra puede verlo como una derrota. Lo que parecía indiscutible vuelve a ponerse en cuestión.
Por eso la historia nunca habla solamente del pasado. Habla, sobre todo, del presente.
Las sociedades necesitan explicarse a sí mismas. Saber quiénes son, de dónde vienen y por qué siguen siendo una comunidad. Ninguna sociedad se sostiene únicamente sobre instituciones, leyes o intereses económicos. También necesita relatos. Necesita una memoria compartida capaz de darle continuidad en el tiempo.
El problema es que esa memoria nunca es neutral. Recordar siempre implica elegir.
Toda memoria conserva unas cosas y deja otras en el camino. Toda interpretación ilumina ciertos episodios mientras otros permanecen en la sombra.
Por eso la historia parece más un campo de batalla que un museo. No se discuten únicamente los hechos. Lo que se disputa es el sentido de esos hechos.
Durante el siglo XX las grandes discusiones políticas giraban alrededor de modelos económicos, proyectos institucionales o programas de gobierno. Hoy una parte notable de ese conflicto se ha desplazado hacia otro terreno: la interpretación del pasado.
Ningún proyecto político llega al presente con las manos vacías. Todos cargan una historia, una tradición y una interpretación del pasado. Buscan en esa historia los argumentos que legitiman sus diagnósticos sobre el presente. Organizan los acontecimientos dentro de un relato que explica por qué las cosas son como son y por qué deberían cambiar o conservarse.
No se trata necesariamente de mentir. Se trata de elegir. De decidir qué merece ser recordado y qué puede quedar en el olvido.
Por eso las guerras culturales rara vez empiezan discutiendo el futuro. Antes discuten quiénes creemos haber sido.
Las controversias sobre próceres, monumentos, fechas patrias, dictaduras, revoluciones o movimientos sociales no son simples desacuerdos historiográficos. Son disputas por la legitimidad. Ningún proyecto político quiere aparecer como una improvisación. Todos necesitan demostrar que son la continuidad de una historia, de una tradición o de una promesa incumplida.
Quien consigue imponer una interpretación del pasado obtiene una ventaja considerable para interpretar el presente. Y quien consigue interpretar el presente adquiere una posición privilegiada para proyectar el futuro.
George Orwell condensó esa lógica hasta su formulación más conocida cuando escribió que «quien controla el pasado controla el futuro». La frase suele asociarse a los regímenes totalitarios, pero en realidad describe una dinámica mucho más amplia. Toda forma de poder necesita una memoria que la legitime. Toda identidad política necesita una historia que la explique.
Por eso resulta imposible encontrar una versión definitiva de la historia. No porque los hechos cambien. Sino porque cambian las preguntas que les hacemos.
Mientras las transformaciones tecnológicas avanzan a una velocidad inédita y el futuro se vuelve cada vez más incierto, la conversación pública parece obsesionada con reinterpretar el pasado. Los debates más intensos giran alrededor de memorias enfrentadas, símbolos históricos y relatos sobre lo que alguna vez fuimos.
Como si nos resultara más fácil discutir nuestros recuerdos que imaginar nuestro porvenir.
No deja de ser una paradoja.
A lo largo de la modernidad las sociedades discutían proyectos. Discutían futuros posibles. Revoluciones. Reformas. Modelos de desarrollo. Había desacuerdos sobre el destino, pero el horizonte estaba puesto hacia adelante. Hoy ocurre algo distinto.
Cada vez con más frecuencia discutimos el mundo que creemos haber perdido.
Y cuando una sociedad empieza a mirar obsesivamente hacia atrás, la nostalgia termina ocupando el lugar de la imaginación.
El pasado deja de ser una experiencia para convertirse en una promesa.
Aparecen entonces las edades doradas. Los tiempos mejores. Las épocas supuestamente más auténticas. Se multiplican los relatos que prometen recuperar aquello que alguna vez tuvimos y dejamos escapar.
Pero ninguna sociedad encuentra su destino caminando hacia atrás.
La memoria es indispensable. Sin ella perdemos continuidad, experiencia e identidad. El conflicto comienza cuando dejamos de utilizar el pasado para comprendernos y empezamos a utilizarlo para justificarlo todo.
Entonces la historia deja de ser una herramienta para comprender. Y se convierte en una herramienta para legitimar.
Quizás esa sea una de las señales más claras de nuestra época. No que existan distintas interpretaciones del pasado. Eso ocurrió siempre. Lo verdaderamente nuevo es la intensidad con la que discutimos la historia mientras cada vez nos cuesta más imaginar el futuro.
Como si la crisis de la imaginación hubiera convertido a la memoria en el principal campo de batalla de nuestro tiempo.
Esto es Fuga.
Edición 56.
