Por Hugo Robles Lama.
Texto simulado
“El veloz murciélago hindú comía feliz cardillo y kiwi. La cigüeña tocaba el saxofón detrás del palenque de paja”
/ Pangrama — fuente de texto de Windows.
Estrena el baño de su nuevo departamento a espaldas del Congreso de la Nación, en un barrio que, según sus propias palabras: “es como una Barcelona venida a menos”. La puerta no cierra, no importa, vive solo. Recuerda el escusado de la pensión en General Jofré y su manilla siempre mala. Termina de leer las últimas líneas del artículo de prensa sobre el proyecto de ley que promueve la creación de un gemelo digital para cada ciudadano. Repara en la costumbre chilena de leer Condorito sentado en el retrete. “Siglos” que no hojea la historieta, la busca y sus ojos distinguen ese inconfundible color anaranjado que se degrada y complementa los trazos negros. Todos le atribuyen nacionalidades distintas al personaje que es “más chileno que los porotos”.
Es la cebolla de verdeo que compele su presencia en el asiento de loza. Sonríe con vergüenza ajena, los chistes son muy ingenuos. La notificación de un mensaje de Adrián en Whatsapp lo interrumpe. Le pregunta su parecer sobre el último video que realizó Hugo para el proyecto de “El falso coloso”. Le manda un audio que también reenvía al realizador. Hugo le contesta emocionado y perplejo por las cariñosas palabras.
Se da cuenta de que lleva mucho tiempo en el trono y busca en la pantalla el nombre de la librería de la esquina, tiene la manía de ponerle nombre a los destinos. Ojalá no hayan vendido el libro de textos breves que estaba al fondo de la repisa, ahí donde no alcanza la luz de la bombilla. Promete ser una buena compañía.
Gris
Observamos la interrupción traumática de la continuidad. No es una colección de objetos, sino un espacio topológico en el que lo visto es el fragmento y la tensión. Las líneas colisionan y se refractan sobre sí mismas en un vértigo geométrico donde la realidad, lejos de ser sólida, es una hipótesis que se desvanece al intentar asirla.
Un trazo de color madera, con sus vetas grabadas y marcas de tiza, avanza por el pasillo buscando una habitación. Detrás, un tablero de damas dislocado —un tapete negro y verde— intenta seguirlo, pero es interceptado por un plano amarillo canario, un «ahora» cromático que irrumpe desde otra dimensión. Debajo, un fragmento de papel con las letras «IE S…» muestra un significado borrado por la misma geometría.
En el centro, una copa destilada a su esencia arquitectónica —pirámide invertida sobre un cilindro— flota definida por líneas de tiza sobre el vacío, junto a un instrumento musical abstracto y un papel azul brillante subrayado por un zigzag blanco. Arriba, una franja púrpura se cierne como un cielo ocluido que se niega a la profundidad, rodeada de texturas marrones. Aquí la luz no ilumina, segmenta; la sombra no es ausencia, sino un plano opaco que oculta deliberadamente. Cada ángulo es la huella de una conciencia que solo encuentra la fractura.
El trazo de color madera sigue su camino sin importarle los demás objetos. Pero al llegar a la esquina superior izquierda se desvía y entra a la habitación del cuadro, que no está pintado.
Titi
El archivo no muestra un cadáver ni la escena de un crimen en el Distrito de la Misión, pero tiene el aspecto de la única pista que te queda cuando el caso se ha enfriado.
Son dos páginas de papel amarillento, gastado por el tiempo y el manoseo, rescatadas de alguna vieja máquina de escribir que ya no se fabrica. El tipo de letra es mecánico, frío, pero el contenido está plagado de tachaduras en rojo y correcciones apresuradas a mano, como las notas de un tipo que pensaba más rápido de lo que sus dedos podían teclear.
En el margen izquierdo de la primera hoja hay marcas circulares de bolígrafo rojo, símbolos crudos («1», «A», «ca») que parecen claves de un expediente archivado, y un par de perforaciones en el papel para mantener el informe unido. A mitad de página, alguien dibujó un boceto geométrico con lápiz, un laberinto de líneas que bien podría ser el plano de un callejón sin salida.
La segunda página lleva un título que suena a la promesa de un soplón: «CUANDO SE VUELVA A NACER». El texto habla de vagabundeos, de Valparaíso, de mirar a través de una lente y capturar la realidad antes de que se desvanezca. Al final del folio derecho, la tipografía cede por completo ante una caligrafía gruesa y apresurada en tinta negra, garabateada como un mensaje de última hora antes de salir huyendo por la puerta trasera: «UBICAR LO QUE UNO AMA DE VERDAD… LA MAQUINA – LA FOTO – EL OFICIO…»
No hay nombres propios claros, solo iniciales al cierre: «AD» y «MJ». Dos sospechosos o dos fantasmas que dejaron sus intenciones impresas en un papel que huele a polvo y a secretos guardados durante demasiado tiempo.
Carta
Miren con atención el documento. No busquen aquí el óleo espeso, ni la pirotecnia del color que marea a los necios. Esto es otra cosa. Es la herida limpia del trazo sobre el papel, el plano de situación antes de que empiece la batalla. Cinco bocetos a tinta, rápidos, casi criminales en su precisión, se ordenan en una geometría sobria, como naipes sobre la mesa de un jugador que sabe lo que arriesga.
Arriba, el territorio. A la izquierda, una ventana abierta a un paisaje lejano, con la silueta de una fortaleza o una ciudad vieja recortada contra la nada; en el alféizar, la delicadeza casi insolente de unas flores que asoman como testigos mudos. A la derecha, un vano en forma de arco de herradura, un guiño nítido a ese norte de África implacable, donde la luz quema los ojos y desnuda los contornos de un callejón solitario. Es el escenario, el mapa de operaciones.
Abajo, las mujeres. Tres figuras femeninas contenidas en sus propios rectángulos, como centinelas en sus puestos. No busquen aquí la belleza blanda de salón; hay en ellas una sobriedad de frontera, una apostura de quien sabe estar de pie frente al mundo. Visten ropajes amplios, de pliegues sugeridos con cuatro rasgos de pluma que bastan para darles peso, carne y carácter. La del centro apoya la mano, firme, segura de su propia sombra; la de la derecha parece esperar algo con una calma que inquieta.
Y en el pie de página, el parte de guerra. Una caligrafía francesa, rápida, nerviosa, de tinta oscura que fluye con la urgencia del que piensa en voz alta. Palabras tachadas con rabia mesurada, enmiendas sobre la marcha donde el autor confiesa el combate diario con el lienzo: «le tableau de droite est manqué» (el cuadro de la derecha está fallido), anota, con la lucidez implacable de quien no se engaña a sí mismo ni busca la complacencia del espectador. Es el testimonio de un oficio duro, de trazo firme, donde cada gesto es una decisión inapelable.
¡Plop!
En el laberinto de líneas mordentadas, el universo ensaya una breve fábula sobre el infinito. Tres figuras recorren una acera idéntica a todas las aceras de los suburbios. Un muchacho de complexión robusta camina entregado al acto de devorar un bocadillo; tras él, un adulto y un niño de fisonomía singular observan esa masticación perpetua como quien contempla un enigma de la materia.
La marcha se detiene ante un buzón postal. Allí, los dos observadores intercambian un juicio secreto sobre la naturaleza insaciable de su compañero, quien habita el centro de su propia rutina digestiva, ajeno a los rigores de la ironía. Finalmente, el veredicto conceptual desbarata el orden físico del micro universo: las leyes de la gravedad se suspenden y el joven obeso cae de espaldas, con las extremidades elevadas hacia el firmamento del dibujo, mientras su alimento queda suspendido en el aire, en la instantánea de un ahora absoluto.
Aquello que la mirada ordinaria juzga como un tropiezo es, en rigor, una pequeña catástrofe cósmica. La farsa se transmuta en un destino circular, un laberinto donde el cuerpo cede ante el peso del intelecto ajeno, clausurando una secuencia que se repite, idéntica, en la memoria del papel.
