Por Lucas Nagle.
«El poder se ejerce mediante la programación de las redes y la conexión entre ellas.»
— Manuel Castells
Durante décadas entendimos el comercio internacional como el movimiento de bienes entre países. Contenedores, puertos, buques y rutas comerciales eran las piezas centrales de un sistema donde el valor parecía viajar únicamente sobre ruedas, rieles o mares. Sin embargo, el escenario cambió. Hoy, uno de los activos más valiosos de la economía global muchas veces ni siquiera ocupa espacio físico: viaja a través de cable submarinos, se almacena en centro de datos y circula por plataformas digitales.
En el país discutimos con frecuencia cómo agregar valor a nuestras exportaciones, diversificar la matrícula productiva o conquistar nuevos mercados. Pero rara vez nos detenemos a preguntarnos quién captura el valor económico generado por nuestros datos. Esa omisión no es menor. En un mundo donde la información se convirtió en un activo estratégico, comprender su circulación y su aprovechamiento también debería formar parte de la agenda del desarrollo.
A quienes nos apasiona el comercio exterior nos enseñan desde el primer día a identificar el origen de una mercadería, interpretar un Incoterm y determinar quién asume los riesgos durante el transporte. Sabemos dónde se produce un bien, bajo qué condiciones se comercializa y cuál es la jurisdicción aplicable en una operación internacional.
Sin embargo, cuando el activo deja de ser un producto físico y pasa a ser un dato, esas mismas preguntas casi desaparecen, ¿Dónde se almacenan nuestros datos?¿Bajo qué legislación quedan protegidos?¿Quién los procesa, los monetiza y obtiene el mayor valor económico de ellos?
Quizás la pregunta ya no sea solamente qué exportamos, sino también qué estamos entregando sin advertirlo.
Durante gran parte del siglo XX, la soberanía de un país se asociaba al control de su territorio, de sus recursos naturales y de su capacidad industrial. En el siglo XXI, sin reemplazar esas dimensiones, emerge una nueva: la capacidad de administrar datos, desarrollar infraestructura digital y participar de la economía del conocimiento sin depender exclusivamente de plataformas e infraestructuras extranjeras.
La soberanía digital no implica levantar fronteras tecnológicas ni aislarse del mundo. Implica, más bien, comprender que la competitividad de las naciones ya no depende únicamente de lo que producen o exportan, sino también de quién controla la infraestructura donde circula la información, quién define las reglas del ecosistema digital y quién captura el valor generado por esos flujos invisibles.
Quizás haya llegado el momento de ampliar la mirada del comercio internacional. Porque, además de preguntarnos qué sale por nuestros puertos, también deberíamos empezar a preguntarnos qué sale por nuestros cables. Tal vez allí se encuentre una de las discusiones más importantes para el futuro del desarrollo argentino, una discusión que recién comienza y sobre la que todavía queda mucho por escribir.
“Toda época redefine aquello que considera estratégico. Ayer fueron los territorios: hoy también lo son los datos.”
