Por Enrico Colombres.
«Hasta que los argentinos no recuperemos para la Nación y el Pueblo el dominio de nuestras riquezas, no seremos una Nación soberana ni un Pueblo feliz.»
Arturo Jauretche
A la señora Argentina la despertaron otra vez a los gritos.
No era raro. En su casa siempre se gritaba. A veces gritaban los hijos; otras, los vecinos; otras, los administradores del edificio; y, de vez en cuando, unos señores de traje que venían a explicarle que, por su propio bien, había que vender el techo, las ventanas, la mesa, la heladera y, si hacía falta, también el perro.
Tenía muchos años, aunque nadie sabía cuántos. Algunos decían que había nacido el 25 de mayo de 1810; otros, el 9 de julio de 1816; y los más desconfiados sostenían que nunca había terminado de nacer del todo. Lo cierto es que caminaba con una mezcla de elegancia antigua y cansancio popular. Llevaba una pollera celeste y blanca, unas manos trabajadoras, olor a pan recién hecho y una tristeza que no se le iba ni con tango ni con mate.
Vivía en una casa inmensa, llena de habitaciones desparejas. En una dormían los que tenían calefacción y whisky importado. En otra, los que contaban monedas para comprar fideos. Al fondo, donde el techo goteaba, estaban los jubilados, los maestros, los enfermeros, los pibes que estudiaban de noche y los obreros que ya no sabían si seguían siendo obreros, monotributistas, emprendedores, colaboradores o simplemente sobrevivientes.
Los miraba a todos con esa culpa de madre que no distingue entre el hijo que la abraza y el que le roba la cartera.
Cada cuatro años, sus hijos se reunían en el patio para elegir quién iba a manejar la casa. Era una ceremonia extraña. Primero se insultaban durante meses. Después prometían salvaciones. Finalmente votaban con bronca, esperanza, odio, miedo o con la misma resignación con la que se elige la fila del supermercado.
—Esta vez sí —decían.
Ella los escuchaba desde la cocina, mientras lavaba los platos rotos que habían dejado los gobiernos anteriores.
Había visto de todo: generales entrando con botas a su dormitorio; madres buscando hijos en las plazas; fábricas cerrarse como párpados; multitudes gritar «que se vayan todos» para después elegir a algunos de los que se habían quedado; presidentes irse en helicóptero; ministros durar menos que un verano; jueces descubrir principios constitucionales justo cuando cambiaba el viento; empresarios patriotas con cuentas en el exterior y revolucionarios envejecidos, custodiados por choferes.
No era ingenua. Pero seguía siendo Argentina. Y esa era su condena.
Una mañana apareció el nuevo administrador de la casa con una motosierra de juguete que terminó no siendo tan de juguete. Hablaba fuerte, como esos tíos lejanos que arruinan los cumpleaños porque se pasan de copas o confunden sinceridad con crueldad. Decía que la casa estaba quebrada, que había que hacer sacrificios y que la culpa era de los anteriores, de los parásitos, de los ñoquis, de los viejos, de los pobres, de los artistas, de los científicos, de los maestros, de quienes pedían remedios, de quienes reclamaban rampas y de quienes querían jubilarse antes de morirse.
—Hay que ordenar —dijo.
Ella, que había escuchado esa frase demasiadas veces, sintió frío.
En esa casa, ordenar casi siempre significaba sacar de la vista a los que molestaban.
Primero apagaron algunas luces. Luego cerraron una biblioteca. Más tarde empezaron a repetir que la educación era un gasto, la salud una cuenta, la cultura un lujo, la solidaridad una estafa y los derechos, privilegios mal acostumbrados.
Intentó protestar, pero le explicaron que no entendía de números.
—Usted es muy emocional —le dijeron—. Hay que mirar la macro.
La macro era una señora invisible que siempre estaba bien, aunque la gente estuviera mal. Cuando sonreía, los noticieros festejaban. Cuando la gente lloraba, los funcionarios pedían paciencia.
Mientras tanto, en la mesa del comedor, los hijos discutían. Uno decía que había que aguantar porque esta vez el dolor era necesario. Otro respondía que ese discurso ya lo habían escuchado durante la dictadura, la convertibilidad, el corralito y todos los planes de salvación que terminaban salvando primero a los mismos. Otro no decía nada porque estaba buscando trabajo. Otro trabajaba doce horas y seguía siendo pobre. Otro vendía empanadas por internet y se llamaba emprendedor para no decir desesperado.
El más chico, que estudiaba en una universidad pública, preguntó si podía seguir yendo a clase.
—Depende —le respondieron—. Si la universidad resiste. Si no, aprendé a programar.
La abuela preguntó por sus remedios.
—Depende. Si alcanza.
Un hombre en silla de ruedas preguntó por la pensión.
—Depende. Si no rompe el equilibrio fiscal.
Ella bajó la mirada. No porque no tuviera respuesta, sino porque ya conocía la verdadera pregunta. No era cuánto costaba sostener a los más vulnerables. Era cuánto estaba dispuesta una sociedad a seguir pareciéndose a una familia antes de transformarse definitivamente en una empresa.
Esa noche la llevaron, sin preguntarle, a una cena en una embajada extranjera. Le prestaron un vestido, le acomodaron el pelo y le pidieron que sonriera. Había banderas ajenas, copas finas y señores que pronunciaban su nombre con acento de dueño mientras hablaban de oportunidades, recursos, minerales, energía, alineamiento, inversiones y estabilidad.
Se sintió como esas mujeres antiguas a las que casaban por conveniencia.
—Usted tiene mucho potencial —le dijo un hombre rubio, mirándole el subsuelo.
Ella se cubrió el pecho con la mano. No por pudor. Por memoria.
Sabía que antes la habían querido por su carne, su trigo, su petróleo, su litio, su agua, sus puertos, sus deudas y hasta por sus desgracias. Sabía que siempre aparecía alguien dispuesto a amarla si podía abusar de ella.
Cuando volvió a su casa encontró a los hijos peleándose otra vez. Los de un cuarto acusaban a los del otro de haber arruinado todo. Los otros respondían que los primeros eran insensibles. Los de arriba decían que abajo no querían trabajar. Los de abajo contestaban que arriba nunca habían trabajado sin apellido. Los del medio, que siempre fueron más, estaban demasiado cansados para opinar.
Se sentó en el patio y lloró desconsoladamente.
Entonces apareció Don Pueblo.
Don Pueblo no era una persona. Eran muchos cuerpos reunidos en uno solo. Tenía cara de almacenero, de docente, de jubilada, de pibe de delivery, de médica de guardia, de cartonero, de estudiante, de policía mal pago, de madre que hace rendir la leche con agua y de padre que finge no tener hambre para que coman sus hijos. Era bueno, pero se confundía con facilidad. Tenía memoria, aunque se le borraba cuando le prometían venganza. Era un poco rencoroso. Tenía corazón, pero a veces lo alquilaba a la televisión, como un extra. Conservaba la dignidad, aunque la escondía cuando le repetían que reclamar era cosa de vagos.
—Perdóname —le dijo Don Pueblo.
Ella no respondió.
—Yo pensé que quería orden.
—El orden no es silencio —contestó—. El orden no es un hambre prolija. El orden no consiste en que los chicos no molesten, que los viejos no respiren fuerte y que los enfermos no salgan caros. Eso no es orden. Es miedo bien administrado.
Don Pueblo bajó la cabeza.
—Yo estaba cansado.
—Yo también. Pero el cansancio no puede convertirse en una ideología.
Permanecieron un rato en silencio. Desde la calle llegaba el ruido de una marcha. No era una marcha perfecta. Ninguna lo es. Había bombos desafinados, carteles escritos a las apuradas, vendedores de choripán, estudiantes, jubilados, familias, oportunistas, sinceros, exagerados, prudentes y furiosos.
Ella los observó pasar y recordó algo que siempre olvidaba en los peores momentos. La patria no era el gobierno, ni una bandera colgada en un despacho, ni un himno cantado antes de ajustar a los más débiles. Si alcanzara con eso, no haría falta una Constitución que protegiera a los ciudadanos del poder. La patria era esa obstinación de no dejar solo al otro cuando el poder lo empuja al borde.
Al día siguiente, el administrador volvió a dar un discurso. Dijo que el sacrificio estaba funcionando, que los números empezaban a cerrar, que el mundo los miraba con respeto y que había que seguir por el mismo camino.
Algunos aplaudieron. Otros insultaron. Muchos siguieron trabajando, porque la vida no suspende sus vencimientos mensuales por una crisis institucional.
Ella, mientras tanto, hizo algo pequeño. Reabrió la biblioteca que habían querido cerrar. Barrió una escuela. Llevó comida a un comedor. Acompañó a una abuela al banco. Le compró un cuaderno al chico que estaba por abandonar la facultad.
Después se sentó junto a Don Pueblo y le pidió una sola cosa.
—La próxima vez que votes, no votes solamente con bronca. La bronca sirve para romper una puerta, pero no para construir una casa.
Don Pueblo la miró como si recién entonces entendiera que la democracia no consistía en elegir un amo cada cuatro años, sino en impedir que cualquiera se creyera dueño.
Ella no se curó ese día. Sería falso decirlo. Seguía endeudada, partida, usada e insultada por sus propios hijos. Pero, por primera vez en mucho tiempo, dejó de sentirse una cosa arrastrada por hombres apurados.
Se puso de pie en medio del patio, con las rodillas doloridas y la frente alta, y dijo en voz baja, como quien reza y amenaza al mismo tiempo:
—No soy un territorio disponible. No soy una planilla de Excel. No soy una colonia con himno. No soy el botín de los vivos ni el experimento de los crueles. Soy una casa. Y una casa no se salva echando a quienes tienen frío y hambre.
La moraleja, si es que las patrias pueden dejar moralejas, era sencilla y amarga: un pueblo puede equivocarse muchas veces, pero solo termina perdiéndose cuando confunde libertad con abandono, coraje con crueldad y esperanza con obediencia.
Y Argentina, que había sobrevivido a casi todo, comprendió que todavía podía sobrevivir a esto.
Pero no sola.
Con la ayuda de Don Pueblo.
