InicioExistenciaBreve tratado para estar solos. Notas sobre la desaparición del otro

Breve tratado para estar solos. Notas sobre la desaparición del otro

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Por Alfredo Elias Acevedo.

La distancia será, entonces, una relación.

 Roland Barthes

La niebla del horizonte

En las formas actuales del vivir, una espesa nube, semejante a la niebla que al caer la tarde se acumula entre la espesura del cerro, parece haber comenzado a cubrir el horizonte de la alteridad. Poco a poco, el otro se ha ido constituyendo en sujeto de la sospecha; y allí donde la sospecha ocupa el lugar de la confianza, también la soledad modifica su fisonomía. Ya no se presenta solamente como una justa distancia, esa delicada forma de retirarse del mundo para volver a él con mayor lucidez, sino, cada vez con más frecuencia, como la ampliación silenciosa de un campo de batalla.

Cabe preguntarse entonces de qué está hecha la Soledad contemporánea, o qué queremos decir cuando repetimos, casi como un mantra, que preferimos estar solos o que nosotros mismos somos nuestra mejor compañía. Quizá una de las respuestas consista en reconocer que cierta forma actual de la soledad ya no nace del recogimiento ni de la contemplación, tampoco de aquella distancia que permite regenerar el deseo del encuentro, del mismo modo en que el sueño prepara nuevamente al cuerpo para la vigilia. Pareciera estar compuesta, más bien, por una aleación distinta: aislamiento, consumo y automatización de la vida cotidiana. No se trata simplemente de estar solos; se trata de descubrir que, por primera vez, una parte significativa de la existencia puede desarrollarse sin que el otro resulte verdaderamente necesario.

La logística del goce: Del retiro al delivery

Tal vez «Pedido Ya» sea una de las expresiones más precisas para pensar esta transformación, no porque una aplicación produzca por sí misma aislamiento —sería ingenuo sostener algo semejante—, sino porque condensa una lógica más profunda: la posibilidad creciente de que el mundo llegue hasta nosotros sin atravesar el espesor del encuentro. La tecnología ya no sólo distribuye objetos, sino que distribuye una forma de habitar, una manera de organizar la vida donde casi todo puede resolverse mediante una interfaz. Allí la espera se acorta, la fricción disminuye y la dependencia del otro comienza, lentamente, a desaparecer.

Imaginemos una escena cualquiera, no excepcional, una tarde cualquiera:

Martina tiene treinta y dos años.

Son las 17:42

El teléfono vibra.

Una notificación ilumina la pantalla.

«Llegué.»

No es un amigo.

No es un hijo.

No es alguien que desea verla.

Son las botas que compró hace unos días.

La semana anterior había llegado una alfombra para el departamento.

Antes, una lámpara.

Antes, un libro.

Todo arriba exactamente igual.

Todo acompañado por la misma palabra:

«Llegué.»

En el televisor continua Bridgerton.

Pulsa continuar viendo.

Faltan pocos minutos para las seis.

Debe retirar a su gato de la veterinaria.

Pide un Uber.

Antes de confirmar el viaje selecciona una opción casi invisible.

No mantener conversación con el conductor.

El automóvil comienza a desplazarse por la ciudad.

Martina se coloca los auriculares.

Suena, Reliquia, del disco LUX, de Rosalía.

Hay algo singular en esa música.

Como si ofreciera una forma tenue de espiritualidad.

No una espiritualidad religiosa.

Ni comunitaria.

Tampoco litúrgica.

Más bien una interioridad portátil.

Una experiencia íntima que acompaña el desplazamiento sin exigir la presencia de nadie.

Mientras tanto responde dos correos del trabajo.

Archiva mensajes.

Consulta una notificación bancaria.

Lee un titular.

Descarta una publicidad 

Todo sucede sobre la superficie luminosa del teléfono.

El viaje transcurre en silencio.

No porque exista hostilidad, ni indiferencia.

Simplemente porque la conversación ha dejado de ser necesaria.

En la veterinaria su gato la espera.

Una sonrisa.

Un saludo.

Un código QR.

Todo funciona con una eficacia impecable.

Regresa.

Hace frío.

Pide sushi.

La serie continúa exactamente donde la había dejado.

Durante toda la tarde casi nada falló.

Y, sin embargo, casi nada ocurrió.

Tal vez esa sea una de las transformaciones más discretas de nuestro tiempo.

No que estemos más solos que antes.

Sino que comenzamos a disponer de una infraestructura capaz de reducir, cada vez más, nuestra dependencia cotidiana del otro.

No desaparece el vínculo.

Desaparece, lentamente su necesidad, o cierta forma de la solidaridad, paradojicamente, en una época que entiende a la empatia como el modo justo y humano del intercambio. 

El cansancio de los cuerpos

Sería un error pensar que esta transformación nace únicamente del miedo; quizá el miedo sea apenas la superficie visible y más abajo parezca existir otra cosa: un profundo cansancio de los cuerpos frente a la imprevisibilidad del encuentro. Todo vínculo exige una economía particular, supone demora, negociación, interrupción, malentendidos y reconciliaciones; obliga, en definitiva, a soportar la opacidad del otro, la opacidad del deseo. Ninguna aplicación puede garantizar el resultado de una conversación, ni la duración de un amor, ni la hospitalidad de una amistad. Los algoritmos, en cambio, prometen exactamente lo contrario: reducen la incertidumbre, minimizan el roce y optimizan la experiencia. No ofrecen felicidad, ofrecen fricción cero.

Quizá por eso una parte de la vida contemporánea comienza a organizarse alrededor de un ideal silencioso: que nada inesperado interrumpa el funcionamiento de la jornada. En ese contexto, la soledad deja de ser una práctica del espíritu para convertirse, poco a poco, en una tecnología de administración del riesgo. Ya no se trata de retirarse para pensar, sino de evitar aquello que todavía no puede programarse: el encuentro con el otro. Toda alteridad introduce una demora; el otro llega con horarios propios, con estados de ánimo imprevisibles, con heridas que no aparecen anunciadas mediante una notificación. Su presencia desordena, y quizá sea precisamente esa capacidad de desordenar lo que comenzamos, silenciosamente, a evitar,quiza el otro llega de la misma manera como llegan las cosas que se piden por Temu, es un otro ya no de la sorpresa ni del asombro, sino un otro que rompe con la imagen de lo que se esperaba. 

No vivimos, necesariamente, en un mundo sin relaciones, sino en uno donde cada vez es más posible reemplazar relaciones por servicios, conversaciones por interfaces, esperas por entregas y hospitalidad por eficiencia. No porque hayamos dejado de necesitar afecto, sino porque empezamos a organizar la vida de tal manera que el afecto dejó de ser una condición para que las cosas sucedan. 

Hacia una micro-política de la distancia

Frente a este escenario, el desafío no consiste en condenar la tecnología ni en idealizar un pasado donde los vínculos tampoco estuvieron exentos de diferentes formas de violencia, incertidumbre y desilusión. La cuestión es otra: ¿cómo recuperar una forma de distancia que no desemboque en aislamiento?, ¿cómo volver a encontrarnos sin caer nuevamente en la ilusión de la fusión? Roland Barthes llamaba a ese ejercicio una «micro-política de la distancia», entendida no como un muro ni como una retirada inmunológica, sino como la geometría mínima del respeto; ese intervalo donde el otro puede permanecer siendo otro, ni demasiado cerca, ni definitivamente lejos, en esa forma de delicadeza en la permanencia del lazo humano, como el equilibrio entre la distancia protectora y la proximidad afectiva.

Tal vez allí reside una tarea ética para nuestro tiempo: construir pequeños espacios donde todavía resulte posible demorarse, conversar, esperar, equivocarse y aceptar que ninguna relación puede ofrecer la precisión de un algoritmo. Porque el encuentro pertenece a otro orden; pertenece al acontecimiento, a aquello que irrumpe sin haber sido solicitado, a lo que jamás podría llegar mediante una notificación.

Martina termina el último bocado de sushi.

En la pantalla aparecen los créditos del episodio.

Por primera vez en toda la tarde el departamento queda completamente en silencio.

Entonces el teléfono vibra.

Lo toma casi por reflejo.

La pantalla vuelve a iluminarse.

Una sola palabra.

«Llegué.»

Esta vez no abre la notificación.

Permanece unos segundos mirando esa palabra.

Como si, de pronto, hubiera perdido toda evidencia.

Afuera, la niebla ha terminado de cubrir el horizonte.

A lo lejos, el ruido denso de un auto que pasa.

Quizá la verdadera amenaza de nuestro tiempo no consista en que estemos demasiado solos.

Consista en acostumbrarnos a una forma de vida donde todo puede llegar hasta nosotros.

Todo.

Excepto el otro.

 

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