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Mecenazgo y adoctrinamiento

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Por Marcela Zadoff.

En la Antigua Roma, algunas décadas antes del nacimiento de Cristo, el ministro Cayo Mecenas contrataba artistas para enaltecer la cultura imperial y resaltar, de este modo, la figura del emperador Augusto. Entre los magníficos resultados de esta actividad, logró patrocinar un producto de excelencia: Eneida, de Virgilio.

Durante once años, Virgilio escribió y reescribió esta obra por encargo, como quien pule un diamante al borde de la perfección. Es más, murió diciendo que su obra, de una épica heroica como pocas y de una belleza poética inigualable, no estaba terminada (por supuesto, el relato de la fundación de Roma podía ser uno solo y, al entregar la obra, finalizaba también el financiamiento).

El mecenazgo parece noble, pero condiciona el carácter de la obra porque le resta libertad al artista. En estas condiciones, el proceso de producción altera su mismo origen y, en lugar de un creador, tenemos un propagandista de las ideas ajenas: las de quien le paga.

En el otro extremo están los casos de genios cuya obra está condicionada por la pobreza en la que viven. El caso típico es Van Gogh. ¿Qué nos hubiera legado en mejores condiciones de vida?

En nuestros días, García Márquez tuvo una buena experiencia. Empeñó sus electrodomésticos para enviar a la editorial Cien años de soledad y obtuvo resultados positivos, tanto en lo literario como en lo económico. No tuvo que resignar su arte a ideas ajenas ni pasar necesidades por defender sus principios. Un genio de aquellos que nacen de vez en cuando, en democracia y libertad, con un mercado literario que pondera la calidad por sobre la ideología y un público ávido de buenas obras.

Otro caso famoso, cruzando mares y épocas, fue el de Shakespeare, patrocinado por la reina Isabel y por su sucesor, el rey Jacobo I, mientras, en las tierras de Dante, los Médici financiaban el Renacimiento sosteniendo a virtuosos inigualables como Rafael, Miguel Ángel y Leonardo da Vinci, entre otros.

Y nombro a William Shakespeare porque es necesario indagar hasta qué extremo llega el condicionamiento en sus obras de teatro. Como judía, me gustaría saber si el nefasto Shylock, una matriz poderosa de antisemitismo, era tan malvado gracias al autor o a sus mecenas. Lo que puedo afirmar, sin temor a equivocarme, es que El mercader de Venecia (1598) está, entre irónicas comillas, «inspirada» en su predecesora, de gran éxito teatral: El judío de Malta (1589), de Christopher Marlowe. Esta obra incita al odio desde la figura de su protagonista, el judío Barrabás. Fue tan antisemita como aplaudida por la sociedad inglesa de la época, donde los hebreos eran obligados a convertirse y cambiaban sus apellidos para sobrevivir en la Europa de los chivos expiatorios.

Se tienen registros desde 1411 de las mismas falsas acusaciones que hoy son esgrimidas desde universidades financiadas por Irán.

¿Te suena?

Eso es el mecenazgo. Un acto de adoctrinamiento bajo una capa de aparente bondad. Ideas que espantan bajo una apariencia de arte que viene a justificarlas.

A vuelo de dron por épocas y regiones, Humillados y ofendidos (1849), una famosa obra de Dostoyevski, nos muestra el resultado de someter al ciudadano y rebajarlo a la condición de súbdito, rodeado de obsecuentes, sin la autoestima imprescindible para poder ser dueño de su propia vida. Una pequeña anécdota de Fiódor: apremiado por su editorial, tuvo que buscar con urgencia a alguien que tipeara su nueva novela, a riesgo de perder sus derechos de autor. Corría 1867 y El jugador fue el resultado: una novela corta, con una dinámica acelerada respecto de su obra anterior, con derivaciones amorosas y catarsis personal. El escritor dejó de apostar, se casó y disfrutó de los beneficios de la tipeadora «hasta que la muerte los separó».

Hay miles de ejemplos más.

En un resumen apretado, podemos explicar que, cuando finaliza, tras una prolongada agonía, la Edad Media y se despliegan el liberalismo, la burguesía y la incipiente industria en manos de los artesanos, el mecenazgo ve peligrar su accionar. Posteriormente, con el armado de las repúblicas, se transfigura en patrocinio.

También hoy el patrocinio, bien manejado y con transparencia, es una buena acción a través de la cual los creativos pueden concretar sus obras y las empresas desgravan impuestos mientras muestran al mercado un perfil involucrado con la mejora de la sociedad, tal es el caso de algunas fundaciones.

Pero esa dignidad se convierte en humillación cuando el Estado, o mejor dicho, un gobernante a cargo de administrar el dinero del Estado, se dedica a financiar productos condicionando su sentido al relato oficial (en un sentido general que abarca a cantantes, deportistas y hasta la comida que llega en un camión y somete al ciudadano a esperar horas para recibir una vianda, como si fuese un súbdito, un mendigo o un esclavo).

Esta forma de adoctrinamiento encubierto tiene sus raíces en el fascismo europeo y en movimientos de izquierda totalitarios, entre cuyos referentes Argentina quedó bajo la influencia, principalmente, de Mussolini y de Goebbels.

El caso de Eva Duarte marcó a sucesivas generaciones. Con fondos del Estado encarnó el viejo enfrentamiento de «civilización o barbarie», planteado por Sarmiento (Facundo: Civilización y barbarie, 1845), y lo transformó en «zapatillas sí, libros no». Mediante el culto populista al líder carismático, la Fundación Eva Perón recolectaba mercadería (que obtenía presionando y confiscando a empresarios y fabricantes, a quienes denostaba como «oligarcas») para repartirla como dádivas desde un tren, bajo una lógica al estilo Robin Hood y autoerigida en madre generosa con lo ajeno.

¿Existe una forma buena de mecenazgo hoy?

Claro que sí. Es el modelo por el cual se financian proyectos que benefician a la sociedad. Es un vínculo sano y debidamente auditado entre privados y el mercado para mejorar la producción de bienes y servicios desde una perspectiva ética.

En el sistema educativo son las becas para estudiantes, como los vouchers educativos actuales.

Son las herramientas que nos permitieron tener genios; son los premios que financian la obra ganadora de un concurso, por ejemplo, el Nobel. Siempre teniendo en cuenta que deben desvincularse del adoctrinamiento que viene desde el Imperio Romano y llega a la ridiculez de una sirenita negra en el fondo del mar.

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