Por Hugo Robles Lama.

La marca del zorro
Un hombre se ofrece de perfil, inmóvil ante una geografía sin tiempo. Sus anteojos redondos enmarcan una mirada fija hacia un punto invisible, ajena al espectador, persigue el revés de las cosas. Habita un instante suspendido en grises.
La escena se desdobla en un multiplano sonoro: al frente, el español domina el aire, urgente y expansivo; al fondo, una voz japonesa, melódica y pausada, se filtra desde los márgenes. Son cómplices de una lengua cifrada: el español, a viva voz, oculta el latido de un japonés que, desde el fuera de campo, sostiene la trama.
—«Por aquel entonces vivía en una residencia de estudiantes en Leipzig y podía fotografiar desde la ventana la mesa de ping-pong y ver cómo la utilizaban a su manera personas de diferentes países» —remata con—, «y quizá el mensaje de esta obra sea que ese lugar podría estar en cualquier parte».
Hay algo que siempre vuelve a la superficie en las obsesiones. Hayahisa Tomiyasu espía la vida hasta que esta se torna extraña. Desde su atalaya en Leipzig, este fotógrafo se entrega a una ceremonia privada: la de observar, durante meses, una mesa de ping-pong que se ha convertido el centro gravitacional de un universo de transeúntes, de gente que pasa y deja allí su huella, su cansancio, su pequeña tragedia.
Todo comienza con la visión de un zorro bajo la mesa de ping-pong, allá a lo lejos.Ese fantasma que pone en marcha la maquinaria de la espera. El fotógrafo aguarda ante ese altar de cemento como quien espera un milagro en una iglesia vacía. La cámara cargada busca capturar ese punto de fuga, esa losa que ancla nuestra mirada. El orden importa poco cuando lo que sucede es la deriva de las estaciones sobre el mobiliario. Todo empieza en esa visión, un destello de días irrecuperable que se deshace en la inercia lenta de la intemperie.
A veces, la mesa es un juguete en manos de la industria: una excavadora Terex la levanta, la desplaza, la despoja de su gravedad, mientras un operario con overol azul, en una escena que parece arrancada de un sueño, la estabiliza en el aire. Otras veces, la mesa es un confesionario de tierra y bochas. Los hombres que juegan, agachados, las bolas metálicas, las prendas olvidadas, todo es parte de esa coreografía que Tomiyasu captura con la paciencia de quien sabe que la épica no habita en las batallas, sino en lo que ocurre cuando nadie cree que la cámara está encendida.
El hombre de uniforme azul, el reloj de arena humano en pausa, las medias rojas que cortan la monotonía del polvo, la bicicleta reclinada sobre el monópodo… cada detalle es un signo. Tomiyasu se vuelve el cartógrafo de una soledad compartida. Cuando los niños irrumpen —doce chalecos amarillos sobre la mesa, trepando, riendo—, el objeto deja de ser mesa para convertirse en un paisaje de infancia, en una montaña que la niñez escala por pura necesidad de conquistar el espacio.
En ese rincón de Leipzig, lo cotidiano se agrieta y deja ver otra cosa. La mesa acoge al hombre mayor, que descansa con el pie descalzo, se entrega al sol, el que, como un filósofo de arrabal, contempla el día con la mansa quietud de quien sabe que la vida, a fin de cuentas, son esas pequeñas cosas que se nos escapan entre los dedos. Ahí, la vida es una subversión constante. La mesa de ping-pong no es, jamás, una mesa de ping-pong. Es una plataforma, un refugio, un acopio de botellas, el lugar donde dos mujeres intercambian secretos y la historia se escribe en el silencio del descampado.
Hasta la naturaleza se vuelve cómplice. La nieve que todo lo borra, el hielo, la llegada de las aves negras que vigilan la red, es la fábula en su estado más puro. Una mujer rubia, un perro, una pose de equilibrio sobre la red, el boxeo en la explanada, la comida del pícnic, Tomiyasu atrapa lo invisible. Y cuando el hielo se derrite y la superficie de la mesa brilla, despojada, bajo el sol, sentimos que hemos asistido a algo que no tiene nombre. No es un documental; es un archivo de los días, una crónica de nuestra propia y extraña humanidad.
Mientras Hayahisa Tomiyasu acecha la noche desde su ventana, disparando silencios contra la negrura, en el contraplano ocurre la verdadera fábula: el hombre no está solo en su cacería. Bajo la mesa, los ojos de la visión, del zorro —uvas eléctricas, cargadas de una fijeza ancestral— devuelven el pulso y cazan parpadeando al vigía. Es un duelo de sombras desde el abismo y su rutina.
