Por Sofía Sanz.
«El deseo del hombre es el deseo del Otro.»
Jacques Lacan
Notas sobre el deseo, las pantallas y la economía contemporánea de la mirada
Hay un gesto pequeño, automático, casi involuntario, que se repite millones de veces todos los días y que probablemente explique más sobre nuestra época que buena parte de la sociología contemporánea. Publicamos una fotografía, una canción, una frase o una imagen cualquiera y, unos minutos más tarde, volvemos a abrir la aplicación para comprobar quién vio la historia.
No cuántos.
Quiénes.
Porque el deseo no trabaja con estadísticas. Trabaja con nombres propios.
Jacques Lacan sostuvo que el deseo humano es siempre deseo del Otro. No se refería simplemente a que deseamos aquello que desean los demás, sino a algo bastante más incómodo: deseamos ser deseados. Necesitamos saber que ocupamos un lugar en la mirada ajena, que alguien nos piensa, nos recuerda, nos espera o, al menos, nos registra como parte de su paisaje cotidiano.
Existir nunca fue suficiente.
El ser humano necesita existir para alguien.
Durante siglos esa necesidad encontró escenarios relativamente estables. La familia, el trabajo, los amigos, el barrio, el café o la universidad funcionaban como espacios donde el reconocimiento circulaba de manera difusa pero constante. Las redes sociales no inventaron esa estructura del deseo. Hicieron algo mucho más ambicioso.
La hicieron medible.
Por primera vez en la historia, la mirada del otro adquirió forma de número.
Veintisiete personas vieron la historia.
Doscientas reaccionaron a la fotografía.
Mil compartieron la publicación.
Pero el deseo jamás fue democrático. Entre esos cientos de nombres suele existir una ausencia capaz de pesar más que todas las presencias juntas. Porque siempre existe alguien cuya mirada importa más que las demás. Una persona cuya indiferencia vale más que cien reacciones y mil corazones rojos.
Por eso volvemos.
Por eso actualizamos la pantalla.
Por eso buscamos un nombre específico entre decenas de nombres indiferenciados.
No es curiosidad.
Es antropología.
Lacan comprendió antes que nadie que el sujeto humano se construye alrededor de la mirada del Otro. El reconocimiento no es un lujo afectivo ni una necesidad secundaria. Es una de las condiciones elementales de la experiencia humana. Antes de preguntarnos quiénes somos, necesitamos descubrir quiénes somos para los demás.
La lista de visualizaciones es el espejo lacaniano del siglo XXI.
No buscamos información.
Verificamos nuestra existencia simbólica.
Mark Fisher observó que el capitalismo contemporáneo había logrado algo que sus formas anteriores jamás habían conseguido: colonizar nuestra imaginación. El capitalismo dejó de organizar únicamente la producción y el consumo para comenzar a administrar expectativas, emociones y formas de vida posibles.
Las plataformas fueron todavía más lejos.
Descubrieron que el reconocimiento podía convertirse en mercancía.
Instagram no vende fotografías.
Vende visibilidad.
TikTok no comercializa videos.
Comercia atención.
La economía digital no administra información.
Administra deseo.
Cada notificación, cada reacción y cada visualización funcionan como pequeñas unidades de reconocimiento distribuidas algorítmicamente entre millones de usuarios que compiten, muchas veces sin saberlo, por ocupar algunos segundos en la conciencia de los demás.
Nunca habíamos tenido tanta exposición y, sin embargo, pocas generaciones experimentaron con tanta intensidad la sensación de invisibilidad.
Byung-Chul Han describió este proceso como el paso desde una sociedad disciplinaria hacia una sociedad de la exposición voluntaria. Ya no es necesario vigilar a los individuos cuando son ellos mismos quienes producen, organizan y distribuyen información permanente sobre sus cuerpos, sus hábitos, sus deseos y sus opiniones.
La transparencia dejó de ser una imposición para convertirse en una aspiración.
Nos mostramos para no desaparecer.
Nos exponemos para no volvernos irrelevantes.
Publicamos para evitar la sospecha de haber sido olvidados.
Toda época encuentra su propio mecanismo para medir el reconocimiento. Hubo generaciones que esperaban cartas. Otras aguardaban llamados telefónicos o caminaban hasta una ventana con la esperanza de encontrar una figura conocida cruzando la calle.
La nuestra desliza un dedo sobre una pantalla y espera que aparezca un nombre.
La tecnología cambió el ritual.
La estructura permanece intacta.
Seguimos formulando la misma pregunta que formularon quienes escribieron cartas, quienes aguardaron trenes y quienes permanecieron noches enteras mirando una puerta que no se abría.
La pregunta no desapareció.
Solamente cambió de interfaz.
Y cada vez que abrimos esa lista de visualizaciones para buscar un nombre determinado, repetimos silenciosamente una de las preguntas más antiguas de la experiencia humana.
¿Sigo existiendo en la mirada de alguien?
