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melancolía del futuro

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Por José Mariano.

«El porvenir es inevitable, preciso, pero puede no acontecer.»
— Jorge Luis Borges

La melancolía del futuro aparece cuando una sociedad deja de esperar algo nuevo y comienza a reconocer formas conocidas detrás de cada promesa de cambio. No tiene la tristeza del pasado ni la nostalgia de lo perdido. Tiene otro sabor. Se parece al cansancio que produce escuchar una historia cuyo final ya se conoce aunque todavía no haya terminado de contarse.

Argentina siempre vivió orientada hacia adelante. El desarrollo estaba por llegar. La estabilidad estaba por llegar. La modernización estaba por llegar. La democracia traería instituciones fuertes, la economía abriría un ciclo de prosperidad, el próximo gobierno corregiría los errores del anterior y la siguiente generación finalmente encontraría el camino que las anteriores no habían sabido encontrar.

La promesa siempre estaba unos metros más adelante. El país avanzó durante décadas mirando el horizonte. El problema comenzó cuando el horizonte empezó a parecerse demasiado a lo de siempre.

Sin embargo, existe algo particularmente argentino en esa relación con el porvenir. Argentina nunca dejó de pensarse como un país destinado a algo importante. Cada tanto esa sensación reaparece. Un mundial, un Nobel, un Papa, un artista, un descubrimiento científico o una generación que promete hacer las cosas de otra manera alcanzan para reactivar una vieja certeza colectiva. Las calles vuelven a llenarse de banderas, canciones y abrazos entre desconocidos. Durante algunos días el país parece reencontrarse consigo mismo y recordar una idea de comunidad que permanecía dormida bajo la superficie de la vida cotidiana. Pocos países conservan todavía esa capacidad para festejarse a sí mismos. Quizás por eso también resulta tan difícil abandonar la esperanza.

El 2001 dejó algo más que una crisis económica y política. Dejó la sensación de haber llegado al límite de una forma de organizar el poder. El «que se vayan todos» expresaba algo más profundo que el rechazo a una dirigencia determinada. Expresaba el deseo de interrumpir una lógica. Durante un tiempo pareció posible. Después ocurrió algo extraño. Algunos se fueron, otros ocuparon sus lugares y la maquinaria siguió funcionando con una tranquilidad casi ofensiva.

Pensar que el poder desaparece porque abandona un despacho o una banca legislativa es una ingenuidad que la realidad argentina castiga rápidamente.

El poder cambia de oficina. Se mueve. Circula. Aprende a esperar. Aparece en una empresa pública, en un organismo descentralizado, en una asesoría, en un juzgado, en una universidad, en un sindicato, en una cámara empresarial o en una estructura administrativa cuyo nombre la mayoría de las personas jamás escuchó nombrar.

La política aprendió hace tiempo que la permanencia vale más que la visibilidad.

Con los años comenzó a hacerse evidente que el problema no pertenecía únicamente a la política. Los sindicatos repiten nombres durante décadas. Las universidades producen burocracias que sobreviven a generaciones enteras de estudiantes y profesores. La justicia federal y provincial construyen circuitos cerrados donde los apellidos circulan con una familiaridad difícil de ignorar. El fútbol argentino también conoce demasiado bien esa lógica. La dirigencia cambia de rostro con una facilidad notable y conserva intactos sus mecanismos de funcionamiento.

Las instituciones argentinas desarrollaron un talento extraordinario para protegerse de cualquier intento de transformación profunda. Absorben las críticas, incorporan a los opositores, administran las reformas, esperan que pase la tormenta y después continúan.

La palabra casta intentó nombrar una parte de ese fenómeno y probablemente por eso encontró tanta fuerza social. No describía solamente privilegios ni corrupción ni enriquecimiento ilícito. Nombraba algo que millones de personas reconocían intuitivamente sin haber encontrado todavía las palabras para explicarlo. La existencia de grupos que parecen vivir bajo reglas distintas a las del resto, que circulan entre organismos, cargos e instituciones sin abandonar nunca del todo el espacio del poder.

La corrupción es apenas la superficie visible de ese mundo. Debajo aparece algo mucho más estable. Una cultura de la permanencia. Una pedagogía del privilegio. Una forma de aprender rápidamente cómo funcionan las cosas y cómo seguir funcionando dentro de ellas.

La melancolía del futuro argentino nace ahí, aunque no se parece demasiado al cansancio europeo ni al desencanto de las sociedades envejecidas. Tiene otra textura. Porque el problema argentino no consiste en haber dejado de creer sino quizás en algo bastante más extraño: seguir creyendo. Volver a creer. Sospechar que las estructuras permanecen, que los nombres se reciclan y que el poder aprende rápidamente los lenguajes de cada época y aun así conservar intacta la expectativa de que esta vez pueda ser diferente. Por eso cada decepción adquiere aquí una intensidad particular. No se rompe solamente una promesa política o económica. Se rompe una relación afectiva con el futuro.

Cada promesa de renovación termina produciendo nuevas élites que aprenden con una velocidad sorprendente los hábitos de las anteriores. Quienes llegan para combatir los privilegios descubren rápidamente las ventajas de administrarlos. Cambian las consignas, cambian las palabras, cambian las estéticas y los enemigos elegidos para cada época. Debajo de todo eso aparece nuevamente la misma familiaridad.

El país continúa esperando algo que siente haber esperado demasiadas veces. El desarrollo. La normalidad. La estabilidad. La república. La justicia social. El crecimiento. Siempre falta poco. Siempre parece estar cerca. Siempre pertenece al próximo gobierno, a la próxima elección, a la próxima reforma o a la próxima generación.

La melancolía comienza cuando el futuro deja de sentirse como una promesa y empieza a parecerse a un recuerdo que todavía no ocurrió.

 

Esto es Fuga. 

Edición 59.

 

1 COMENTARIO

  1. La melancolía como una fuerza destinada a la supervivencia, suerte de esperanza tímida, que nos se atreve a manifestarse para que el próximo desencanto, la próxima derrota, la siguiente frustración, el día después del mundial (éxito o fracaso), no quede fuera de esa tristeza vernácula que a los grandes logros individuales opone sistemáticamente los fracasos colectivos.

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