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LA CANCHA DEL DESPOJO. Algoritmos, moralina imperial y el resentimiento de las potencias

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Por Carlos Arias.

Cómo el espectáculo más visto del planeta se convirtió, en el tramo final del Mundial 2026, en un campo de batalla reputacional. La maquinaria algorítmica que fabricó a la Argentina como «país racista», las voces que la denunciaron, la complicidad del discurso interno y el trasfondo de un país que se volvió codiciado por sus recursos

1. El preludio: la trampa de la «desmalvinización» y la rebelión del césped

En la semana previa al cruce decisivo, una consigna aséptica intentó instalarse desde los despachos oficiales y las usinas mediáticas: «es solo un partido de fútbol». Era el mantra de la desmalvinización en su versión del siglo XXI. El objetivo no era anestesiar pasiones deportivas, sino la memoria colectiva: encajar dócilmente en los manuales de corrección política internacional y evitar rozamientos con el poder anglosajón. No se trataba de una lectura antojadiza. El propio Gobierno había avalado el veto de la FIFA a toda expresión política en los estadios, y su ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, había pedido a las autoridades del torneo que no hubiera «banderas de Malvinas, ni el mapita».

Pero la historia no pide permiso a la burocracia. El 15 de julio, en Atlanta, la Selección venció 2-1 a Inglaterra en semifinales. Y entonces se abrió la grieta en el guión: apenas terminado el partido, jugadores e hinchas desplegaron en el campo una bandera con una sola consigna, «Las Malvinas son argentinas», entregada desde las tribunas.

Aquel gesto no fue un exabrupto folclórico: fue un acto de soberanía cultural que rompió el cerco. El excanciller Jorge Taiana lo sintetizó con precisión al señalar que la Selección logró «revertir casi tres años de desmalvinización» y volver a colocar el reclamo argentino en la agenda mundial, justo cuando el oficialismo buscaba invisibilizarlo. Al quedar expuesta la herida colonial en la plataforma de mayor audiencia del planeta, se encendió una maquinaria de demolición reputacional que ya no discutía el rendimiento de un equipo, sino que apuntaba a estigmatizar a toda una nación.

2. Los fiscales morales: de la prensa europea a Hollywood y el Capitolio

A partir de la eliminación de Inglaterra, el discurso se unificó en un mismo molde: la Argentina no era un rival, sino un país de «delincuentes» y «racistas». La prensa británica marcó el tono más filoso. Tras la semifinal, The Telegraph acusó a la Selección de recurrir a las «dark arts» y llegó a contabilizar 31 «trucos sucios». Y tras la final que España ganó 1-0 en tiempo suplementario en el MetLife Stadium de Nueva Jersey, el periodista Jason Burt firmó la columna que se volvería símbolo de la cruzada: «Fútbol 1, delincuentes 0», bajo el título «España gana el Mundial en un triunfo del fútbol sobre la violencia argentina».

La operación de juzgamiento moral encontró su mayor rédito en la captura de figuras públicas de enorme alcance. El actor Samuel L. Jackson compartió una publicación que describía a la Argentina como «uno de los países más racistas del mundo» y llamó a no apoyar al equipo de Scaloni, importando las categorías del segregacionismo estadounidense para disciplinar a la audiencia global. Según reconstruyó la prensa argentina, a esa ola se sumaron —en muchos casos con videos generados por inteligencia artificial e información falsa sobre la historia social del país— nombres como Rosalía -por acción o por omisión-, Mia Khalifa, Niall Horan, Patti Smith y Pedro Pascal.

El salto cualitativo, sin embargo, llegó cuando la narrativa abandonó las redes y entró a un recinto legislativo de una potencia. En una audiencia del Congreso de los Estados Unidos, la congresista demócrata Jasmine Crockett vinculó el apoyo mundial a España con una supuesta «historia racista» de la Argentina. El detalle es elocuente: el propio historiador David Blight, interrogado en esa sesión, ofreció una explicación mucho más sencilla —que España, sencillamente, quizá fue mejor equipo—. La acusación no se apoyaba en evidencia; se apoyaba en un clima.

En la línea de lo que analiza la teórica política Wendy Brown, cuando los sectores que detentan una posición histórica de dominio la ven amenazada, reaccionan con resentimiento y revisten de moral —e incluso de libertad— lo que en el fondo es una defensa de viejas jerarquías. La indignación global se convirtió, así, en el envase presentable de un reflejo mucho más antiguo.

Resulta un ejercicio de mala fe —o de ignorancia deliberada— que las potencias que edificaron su riqueza sobre sangre ajena se erijan en jueces éticos de la Argentina. Frente a ese prontuario, la respuesta argentina no es retórica, sino documental: la Asamblea del Año XIII declaró la libertad de vientres en 1813 —medio siglo antes de la proclama de Lincoln—, la Constitución de 1853 abolió la esclavitud y su Preámbulo abrió el suelo patrio a «todos los hombres del mundo que quieran habitar» estas tierras, garantizando derechos civiles universales décadas antes de que Europa o los Estados Unidos concibieran políticas migratorias comparables. La diputada Marcela Pagano lo recordó en una carta abierta a Crockett: en la Argentina nunca hubo carteles de «solo blancos».

3. Cuatro finalistas y la matemática del despojo

El tramo final del torneo ofreció una radiografía geopolítica difícil de ignorar: potencias coloniales y esclavistas midiéndose con el único representante del Sur Global que llegó hasta el desenlace. La distribución de roles en la campaña mediática siguió, casi con docilidad, esa geografía histórica.

Nación Antecedentes históricos dominantes Rol en la campaña mediática
Inglaterra Potencia colonial global; ocupación de Malvinas. Etiquetar al rival como «delincuente» («dark arts», 31 «trucos sucios») para deslegitimar la causa soberana.
España Sistema de castas colonial y saqueo de recursos americanos. Lecciones de «elegancia» y superioridad moral y estética sobre el rival.
Francia Imperialismo y trata en el África subsahariana y el Caribe. Amplificación de las acusaciones de barbarie e «incapacidad de integración».
Argentina Abolición temprana de la esclavitud (1813/1853); tradición de asilo, salud y educación pública para extranjeros. Blanco de la estigmatización algorítmica como «país racista» y «violento».

¿Por qué el encarnizamiento se concentró en el único país periférico del cuadro? Porque, en la lógica del esquema neocolonial, un país del Sur no solo debe ser explotado: debe ser, antes que nada, humillado. La superioridad moral es el prólogo de la subordinación material.

4. Los «ingenieros del caos»: qué muestran los datos (y qué no)

Tal como analiza Giuliano da Empoli en Los ingenieros del caos y en El mago del Kremlin, las plataformas digitales no premian la verdad, sino la amplificación de la rabia: la indignación no es un subproducto del sistema, es su combustible y su modelo de negocio. El etiquetamiento de la Argentina como «Estado paria» funcionó según esa física del caos, canalizando el resentimiento global hacia un chivo expiatorio conveniente e invisibilizando los conflictos de las propias potencias.

Aquí es donde la crónica debe ser más rigurosa que el enojo, porque los datos permiten afirmar mucho, pero no cualquier cosa. Dos análisis de circulación en redes coincidieron en detectar un patrón que excede lo espontáneo. La magíster por la Universidad de Oxford María Lasa concluyó que durante el Mundial existió una conversación «hostil, persistente y organizada» en torno a un conjunto de narrativas sobre la Argentina: no insultos aislados, sino relatos que «miles de personas (y bots)» reprodujeron una y otra vez. La consultora Ad Hoc Digital, que midió los volúmenes, agrupó esas narrativas en ejes reconocibles —el país como «racista», la relación con Israel, el «ArgenFIFA» y el «mundial amañado»— y registró que sus picos coincidían con exactitud con los partidos de la Selección y con cada nueva controversia.

El matiz —lejos de debilitar la denuncia— es lo que la vuelve creíble: ni Ad Hoc ni Lasa pudieron probar que existiera una única operación centralizada, con un responsable definido y una estrategia unificada. Lo que sí quedó demostrado es que hubo amplificación coordinada, cuentas automatizadas y una arquitectura de circulación demasiado precisa para atribuirla al puro azar. A ese cuadro se sumó una dimensión de ciberseguridad: firmas globales como Fortinet e Intel 471 describieron el entorno digital del Mundial 2026 como el más complejo de la historia del deporte, con entre 13.000 y 19.000 dominios fraudulentos y aplicaciones maliciosas creados para operar sobre las conversaciones del torneo. Estamos, entonces, ante un caos distribuido pero orientado: no hace falta un único titiritero para que el efecto sea sistémico.

El historiador Ezequiel Adamovsky, que calificó lo ocurrido como una «campaña internacional de demonización», apuntó al corazón del asunto con una pregunta incómoda: si ya quedó claro que las redes ganan dinero con las interacciones negativas, con la compraventa de bots y con algoritmos secretos definidos por un puñado de magnates que además deciden quién puede decir qué, ¿cuántas pruebas más hacen falta para admitir que ese dispositivo nos está destruyendo? Es, casi textual, la tesis de Da Empoli aplicada al caso argentino.

5. La timba del despojo: cuando el odio también cotiza

Las redes sociales son el hábitat cálido de toda conspiración: funcionan como catalizadores de emociones reprimidas y de egos ávidos de dopamina. Invitan a la indignación, al odio, a la confrontación, y convierten esas emociones en clics, en tiempo de pantalla y, al final del recorrido, en adicción. Del enganche a la apuesta hay un solo scroll de distancia.

Si la indignación es el combustible, alguien vende el motor. La misma maquinaria de atención que fabricó a la Argentina como país racista y tramposo alimenta, en paralelo, a otra industria que hizo del fútbol su mina a cielo abierto: las apuestas online. Acá la tentación conspirativa es fuerte y hay que aclarar desde el principio que la rigurosidad debe ser metodológica, por eso vale decir que no hay una sola prueba verificable de que una casa de apuestas haya financiado la campaña contra la Selección. Lo que sí hay —y es mucho— es una convergencia de incentivos donde el odio, para varios negocios a la vez, no era un problema: era mercadería.

El Mundial 2026 fue el mayor acontecimiento de apuestas de la historia. Las cifras varían según qué se mida —desde unos 50.000 millones de dólares en el mercado global regulado hasta estimaciones que, sumando el juego ilegal y las criptomonedas, trepan muy por encima-, pero todas coinciden en el orden de magnitud: una catarata de dinero sin precedentes. Por primera vez, la FIFA integró de lleno a la industria: sumó un patrocinador oficial de mercados de predicción —ADI Predictstreet, vinculada a la plataforma Kalshi— y renovó con la casa de apuestas Betano, en un torneo que le reportaría más de 11.000 millones de dólares. La propia AFA firmó su acuerdo con Kalshi. El guardián de la integridad del juego se había vuelto socio del juego.

El dato incómodo para la teoría del «Mundial armado para Messi» es que las cuotas nunca lo respaldaron: Argentina fue no favorita durante todo el certamen, y en la final partió por detrás de España (cuanto más favorito es un equipo, más baja es su cuota -te pagan poco, porque es lo esperable-; cuanto menos probable se lo considera, más alta es la cuota -te pagan mucho, porque es un batacazo-). Messi hizo un torneo descomunal —ocho goles, cuatro asistencias, un récord histórico—. Lejos de perjudicar a las casas, ese desenlace las benefició: el público había apostado en masa, con el corazón, al cuento de hadas del capitán. FOX Sports reveló el caso testigo: un apostador puso 250.000 dólares a la Argentina campeona; con la derrota, esa apuesta se transformó, en palabras del propio libro, en «una donación de seis cifras a la casa». El sueño argentino era, para la industria, el peor de los escenarios. Su frustración, la mejor caja.

¿Y la campaña de odio? Aquí aparece el eslabón que sí está documentado. El verificador “Chequeado” comprobó que varias de las cuentas que sembraron y multiplicaron las narrativas del «ArgenFIFA» y el «mundial amañado» estaban patrocinadas por casas de apuestas —Rainbet, Duelbits, entre otras—. El analista de redes Agustín Giménez lo sintetizó con una frase que vale como tesis de esta sección: era llamativa la cantidad de cuentas ligadas a casas de apuestas en los nodos iniciales de la campaña, y lo que eso prueba es que el odio contra la Argentina tenía varios modelos de negocio funcionando a la vez, y ninguno de ellos tenía el menor incentivo para frenarlo. El revenue-sharing de la red paga por interacción; la publicidad monetiza el tráfico; y las apuestas necesitan que el partido siga vivo en la conversación. La bronca, para los tres, era rentable.

La fórmula justa, entonces, no es que las apuestas encendieron el fuego, sino que se calentaron con él. Y es ahí, en el despojo silencioso que ocurre mientras el mundo discute si el torneo estaba amañado, donde asoma el daño verdadero y verificable. En plena Copa, el 24% de los adolescentes argentinos de doce a diecisiete años ya había apostado dinero en línea, según la encuesta Kids Online de UNICEF; la Cruz Roja Argentina relevó que seis de cada diez secundarios están expuestos a las apuestas, y el CONICET halló que más del noventa por ciento empezó por la influencia de un amigo. A ello hay que sumar la influencia que tuvo en Argentina el Prode armado por Mercado Pago. Mientras tanto, las casas de apuestas fueron el rubro publicitario dominante de las transmisiones —uno de cada seis avisos— y el Congreso sigue trabado entre dos proyectos de ley enfrentados, sin ninguna norma nacional que limite esa publicidad. En la conversación interna se sigue preguntando si nos han robado el Mundial, haciendo alusión a teorías conspirativas. La respuesta más incómoda es que, mientras discutimos, el negocio ya capturó a nuestros hijos. Ese, y no otro, es el despojo que no cotiza en ninguna casa.

6. La complicidad del frente interno

El ataque externo no habría tenido el mismo filo sin colaboración doméstica. Mientras afuera se cocinaba la campaña, el discurso oficial ofrecía munición. Tras el gesto de la bandera, el presidente Javier Milei —admirador confeso de Margaret Thatcher— escribió en X: «Mientras algunos se dedican a hacer berrinches propios de un adolescente termo mononeuronal, nosotros por la vía diplomática cada día estamos más cerca de la recuperación de las Islas Malvinas». El mensaje no nombraba destinatarios, lo que habilitó todas las lecturas; pero el efecto fue inequívoco: relativizar, desde la propia Casa Rosada, el acto soberano que emocionaba al país.

La pieza más explícita la aportó el vocero presidencial Adrián Ravier, que publicó: «Siendo un país bananero, nunca vamos a recuperar las Malvinas». Días después, ante la repercusión, intentó desandar el paso: dijo que se trataba de una frase «en condicional», negó haber definido así al país y responsabilizó al kirchnerismo por el deterioro. La maniobra no convenció ni dentro del oficialismo, donde admitieron el malestar que había generado. Pero el daño estaba hecho: cuando el propio Estado pone en duda el valor de su nación, le entrega al relato extranjero la llave de paso que necesitaba.

Frente a esa capitulación simbólica se alzaron voces que sí defendieron al país sin caer en el nacionalismo automático. El historiador Felipe Pigna fue categórico: reconoció que existen expresiones discriminatorias —sobre todo en las canchas— que deben condenarse, pero sostuvo que la Argentina «no es un país racista» y que extrapolar conductas individuales o coyunturales al conjunto de la sociedad es, sencillamente, desconocer su historia. Diferenció además el racismo del clasismo, y resumió el trasfondo de la ofensiva en una frase: «Les molesta que, siendo un país de América Latina, estemos orgullosos de nuestro país». Hasta desde España llegó el repudio: el divulgador científico Javier Santaolalla calificó la campaña de «repugnante».

7. El fondo de la cuestión: la estigmatización como antesala del saqueo

Convencer al mundo —y a los propios argentinos— de que este es un país inviable, caótico y violento cumple una función que excede el fútbol. La estigmatización moral es el paso previo a la subordinación económica. Y la Argentina de 2026 es, para las grandes potencias, un botín cada vez más apetecible. El dato es contundente: según el relevamiento 2026 del Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS), los recursos de litio del país alcanzan los 28 millones de toneladas, por encima de Bolivia, Chile, Australia y China. A eso se suman el gas y el petróleo no convencional de Vaca Muerta, el cobre, el uranio, la agroindustria, el agua dulce y una posición estratégica en el Atlántico Sur con proyección antártica —y con la disputa por Malvinas revalorizada por su riqueza hidrocarburífera y pesquera—.

El propio marco normativo local acompaña ese apetito. Bajo el Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI), casos como el Golfo San Matías, el Salar del Hombre Muerto y el Valle de Uspallata condensan lo que sus críticos describen, sin eufemismos, como «la escala del saqueo»: un patrón extractivo de enclave, con reglas hechas a medida del capital transnacional. Conviene, aun así, no forzar la prueba: la conexión causal directa entre la campaña de odio y la entrega de recursos no está documentada como una operación única y demostrable. Lo que sí está a la vista es la coincidencia temporal y la lógica de las presiones —y esa lógica, en la historia argentina, rara vez fue inocente—. La hipótesis, entonces, no es una certeza judicial: es una clave de lectura que los hechos vuelven inquietantemente verosímil.

Epílogo: el valor de lo que no se subasta

El despliegue de la bandera en el césped no fue un exabrupto: fue un recordatorio de que, a pesar de las manipulaciones algorítmicas, de la complicidad de ciertas élites locales y del juzgamiento de las potencias, hay una memoria popular que no se rinde ni se remata. La cruzada contra la Argentina terminó desnudando la verdadera cara del poder global: una élite occidental que, incapaz de mirar sus propios crímenes históricos, usa la moralina enlatada para tapar el despojo.

La pelota, como la historia, tarde o temprano ajusta sus cuentas.

 

1 COMENTARIO

  1. Deja tanta miseria expuesta este escrito .
    Inteligente, irrefutable. Fácilmente comprobable en toda su extensión.
    Ojalá se viralice y no se manipule

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