Por Hugo Robles Lama.
Chas
Buenos Aires no es una ciudad, sino un palimpsesto de errores geográficos y ambiciones literarias. El caso de Roy, un joven repartidor venezolano, no es la crónica de un extravío común, sino la prueba de que Parque Chas funciona como un «Cosmos independiente», con leyes físicas que parecen diseñadas por un dios disléxico.
Roy pedalea sobre su bicicleta de cuadro oxidado, con una mochila térmica amarilla que pesa como un pecado. Cruza la frontera invisible de la Avenida Triunvirato con una misión que parece sencilla: entregar un pedido en la esquina de Ávalos y Cádiz. Ignora que, para los taxistas más experimentados, esa intersección es una quimera del asfalto que se niega a ser hallada; afirman que «ningún camino conduce» a ese lugar.
Al internarse por la calle Gándara, el paisaje sufre una metamorfosis. Roy siente que el tiempo, esa «emoción europea» de la que habla Borges, circula allí de forma imprudente. Las casas, con sus dinteles rosas y porches azules, comienzan a repetirse como en un sueño de espejos. Pasa por Hamburgo, luego por Bucarelli, y de pronto se encuentra en Berlín.
Es en Berlín donde el joven comprende la naturaleza del «ouroboros urbano». Esa calle circular, una serpiente de cemento que se muerde la cola, lo obliga a pedalear en un eterno retorno. Al completar la primera vuelta, cree ver a otro ciclista, idéntico a él, doblando en la esquina de Ginebra. Al completar la segunda, el sol, que antes era un blanco intolerable, se torna amarillo, como si las horas se saturaran.
Desesperado, Roy se detiene en la «Esquina imposible», donde Bauness se cruza con Bauness. Allí, bajo la sombra de un árbol que parece crecer hacia adentro, ve aparecer al interno 666. No es un colectivo común. Es un resto náutico del asfalto, un vehículo de la desaparecida línea 187 que, según dicen, solo transporta almas hacia el averno. El chofer, un hombre con rostro de papel antiguo, le hace una seña. Roy, recordando las advertencias sobre el «colectivo de los muertos», se aferra al manubrio de su bicicleta y decide no subir.
Lo que el ciclista no sabe es que su extravío no es accidental. En un sótano oculto cerca de la intersección de Berna y Marsella, se gesta la verdadera conspiración. Allí, en una habitación tapizada de libros, un grupo de hombres discute sobre mapas y destinos. Son los «Arquitectos de la Ficción»: Alejandro Dolina, trazando círculos de ángeles grises; Tomás Eloy Martínez, buscando el canto de un tango perdido; y un hombre ciego que dicta sentencias sobre brújulas y laberintos.
Junto a ellos, sentados ante un tablero de dibujo que exhala sombras chinas, están Ricardo Barreiro y Eduardo Risso. Ellos son los encargados de documentar cada tragedia en sus «crónicas gráficas». Barreiro escribe con una pluma mojada en olvido: «Pocas veces los forasteros han tenido que ver con el barrio y sus enigmas». Risso, con trazos de tinta negra y profunda, dibuja la silueta de Roy pedaleando por una calle que ya no existe. Según sus apuntes, la urbanización fue un plan secreto de un arquitecto francés llamado Charles Thays, quien habría diseñado el barrio como una extensión de sus planos del Zoológico, sembrando accidentes y misterios que los funcionarios públicos de la época intentaron ocultar.
—El ciclista ha cruzado Tréveris —dice uno de ellos, ajustando una miniatura de la chimenea de ladrillos de la Avenida de los Incas. —Si logra llegar a Constantinopla, el mito se cerrará —responde otro, con la voz del poeta Luis Luchi.
Esta sociedad secreta de autores no solo ha escrito sobre el barrio; lo ha creado. Han convencido a los ingenieros de copiar el diseño del dédalo de la iglesia San Vitale para atrapar a los incautos en una «trampa urbana». Parque Chas es su obra maestra, un lugar donde la realidad se divide de la ficción por una «línea de alta densidad», un agujero negro en el mapa de Buenos Aires.
Roy, ignorante de ser un personaje en manos de estos demiurgos, intenta salir por Londres, pero desemboca en Dublín. Luego prueba con Moscú, solo para aparecer de nuevo frente a una plaza rodeada de torres que se apagan como un fósforo al parpadear. Se encuentra con un anciano que atiende un quiosco y que confiesa llevar atrapado allí desde 1939.
—¿Cómo llego a Ávalos y Cádiz? —suplica el muchacho. —No se llega —responde el viejo—. En este barrio, uno no encuentra su destino; el destino lo encuentra a uno cuando deja de buscarlo.
Cerca de la medianoche, Roy llega a la zona limitada por La Haya y Ginebra, esa manzana misteriosa donde es imposible dar la vuelta. Siente que el aire se vuelve espeso, cargado de «zoologías inclasificables» y el olor a kerosén de tiempos antiguos. Ve a lo lejos el brillo de una esquina que parece abrirse como un portal. Son exactamente las doce.
La conspiración de los autores busca eso: un «forastero» que no conozca los nombres de Turín o Belgrado, para alimentar la energía del laberinto. El ciclista, agotado, se sienta en el cordón de la vereda en Copenhague. En ese momento, el interno 666 vuelve a pasar, esta vez con las luces apagadas y un silencio sepulcral.
Al día siguiente, un vecino de la calle Pampa jura haber visto una bicicleta amarilla flotando en el «río navegable» que se forma cuando llueve. Del ciclista no queda rastro, salvo un ticket de entrega arrugado que menciona una calle que ya no figura en los mapas actuales.
Como bien conjetura el bibliotecario Bonorino, Parque Chas es el lugar donde habitan personajes que luego se convierten en ficción, como Emma Zunz o Alina Reyes. Roy ya no es un repartidor; es ahora una viñeta más en el cómic de Barreiro y Risso, una entrada en la «Guía mítica de seres » de este barrio que se niega a ser una cuadrícula. La conspiración de los escritores triunfa una vez más: han convertido una anomalía de urbanismo en una eternidad literaria de la que nadie puede escapar.

Nada como una ciudad con subconsciente. Santiago tiene túneles, por lo visto Buenos Aires tiene barrios diseñados por Piranesi. Será cuestión de humores.