Por Daniel Edgardo Petasne.
Me parezco al que llevaba el ladrillo consigo
para mostrar al mundo cómo era su casa.
Bertolt Brecht
Cuando Wilson miró el reloj, la luna de día ya comenzaba. Amanecía en la ciudad y nacía un nuevo mes. Desayunó abundante, con huevos revueltos y panceta. El café con whisky le proveyó de suficiente calor en el cuerpo como para enfrentar la baja temperatura que anunciaba sin cesar el informe meteorológico: un grado centígrado en este primero de junio.
En la parada del bus, un viento leve bajaba la sensación térmica. Los que ayer disfrutaron un final de mayo con sol de treinta y un grados, hoy se protegían del frío usando camperas, bufandas y gorros. Esta progresión y disminución aritmética diaria de la temperatura era el precio que debían pagar los seres humanos en este nuevo siglo luego de generaciones de destrucción ambiental.
Durante el trayecto hacia la oficina, Wilson miró la cúpula de la ciudad iluminada por el sol del primer día. Cuando él nació el domo ya existía. Él era un niño CLIMO, salvado de la hecatombe climática y la guerra que debieron enfrentar sus padres que no la sobrevivieron. Todos los niños CLIMO trabajaban en el mismo edificio.
A decir verdad, “trabajar” era un eufemismo utilizado entre sus compañeros. Su función era tratar de reconstruir el pasado, su pasado. Para eso debían desclasificar la documentación recuperada de otras vidas y utilizarlos para transformar los datos inciertos de las suyas en una historia que los satisfagan. Nadie podía vivir sin identidad, rezaba el cartel que tenía frente a sus ojos.
-Vamos Wilson, apúrese, no tenemos todo el día – se quejó su supervisor.
Las instrucciones eran claras: cuando llegara a la edad de dieciocho años, la investigación debía estar resuelta. De esa forma podría integrarse al resto de la sociedad y en su ID desaparecería la sigla CLIMO. Él tendría nombre y apellido, conocería sus orígenes, la cara de sus padres y sabría qué futuro querían para él.
Desde hacía cuatro meses, Wilson venía siguiendo la vida de una familia en lo que fue la ciudad de Buenos Aires. Ninguna ciudad era lo que había sido antes de la guerra y las grandes migraciones habían transformado el planeta antes de la glaciación. Los huérfanos recién nacidos fueron rescatados a nivel mundial y trasladados incesantemente por eso ellos no podían adjudicarse ser de algún pueblo o ciudad en particular. Esto fue así hasta que la Dra. Maribel Fernández, de la ex UNESCO, creó el proyecto CLIMO. Ninguno de los rescatados sabía exactamente dónde había nacido.
Wilson tampoco era su nombre real o sí lo era, si uno creyera en ese papel arrugado y sucio escrito con ese nombre, escondido entre sus pañales cuando lo encontraron en la nursery de un hospital. Pero eso ya era historia y a Wilson con casi dieciocho años, le gustaba su nombre. Había visto una película recuperada donde un náufrago perdido en una isla, le ponía ese nombre a una pelota de futbol que el mar había arrastrado hasta la orilla. Y la sonrisa dibujada en el balón fue lo más parecido a un hermano.
Por la pared del jardín frente a su ventana entraba el sol difuminado por la cúpula, suave, agradable. Se entretuvo mirando el recorrido de un gecko, quien con muchísimo cuidado atravesaba en diagonal la pared medianera con recubrimiento áspero, donde sus patas no tenían problema en adherirse. Quién fuera como ellos, pensó Wilson. Ellos no necesitaban nombres. La nueva mirada reprobatoria del jefe lo convenció en seguir con su tarea.
La documentación de la familia de Buenos Aires, era un caso excepcional que sin querer había caído en sus manos. Cientos de videos de los hijos grabados en Instagram, decenas de hilos de conversación en Thread y X, escritos por el padre, cientos de artículos posteados en Facebook por la esposa, le permitían a Wilson tener una idea bastante deformada, idealizada, de la que podría haber sido su familia. Fue toda la información que se pudo bajar de los satélites. Ninguna documentación física.
Durante los últimos cuatro meses de investigación había analizado concienzudamente el material y una mañana de octubre envió por intranet la planilla completa a su supervisor.
-Lo felicito Wilson- fue la respuesta acompañada de una sonrisa de maniquí– Ud. ha sido finalmente adoptado.
De esa forma, sus dieciocho años y el apellido de una familia, llegaron juntos. Wilson David García ahora se reunía con sus amigos y podía referir las historias de sus padres, de sus tres hermanos y el perro Rodolfo. Algunas eran tan cómicas que le pedían que compartiera el video por Instagram. Por ejemplo, cómo corría Rodolfo detrás del frisby en una plaza de la cual él ignoraba su ubicación. Pero eso no importaba, porque los likes aumentaban diariamente.
La próxima semana el presidente le entregaría en mano, a él y sus compañeros, un diploma que certificaba el ingreso a la sociedad. Automáticamente dejaría de ser un CLIMO, en los registros de la intranet. Sería un acto público, a realizarse en la Arena gigantesca de la ciudad y se transmitiría públicamente.
Los CLIMO que ahora cumplían la mayoría de edad, nunca habían visto personalmente al presidente. Pero todos, sabían su nombre y apellido:
-Repitan conmigo, general Omar Ilem Reijav- insistía varias veces por día el supervisor.
Wilson David García comenzó a trabajar en otro edificio y durante las noches miraba esos videos y trataba de comprender los hilos en la red de su familia. Él contestaba esos mensajes, que no llegaban a ningún lado, pero ansiaba una respuesta. Él lo sabía. Todos estaban muertos. Pero prefería eso a la angustiante soledad por no pertenecer. En uno de ellos su madre contaba en una reunión:
-Cuando era joven, para salir los fines de semana debía engañar a mi padre. Mi madre (la abuela Yoli) me cubría con alguna mentira piadosa.
Wilson no conocía aún a la abuela Yoli. No la había encontrado todavía. Pero por lo que decía su madre, la abuela parecía una buena persona. Mas adelante:
-Cuéntanos cómo fue el encuentro. ¿Hubo sexo?
– Obvio…y del bueno!
-¿Y cómo se llama él?
-Sólo puedo decirte que es militar.
-¡Militar! ¡Tu apuntas alto querida!
El hilo se cortaba. Claro que todo aquello había sido un año antes del desastre y todavía había gente que pensaba en el amor o en sus variantes aproximadas. Él mismo lo había sentido con una compañera de trabajo, pero el supervisor era muy estricto en cuanto a la falta de contacto entre varones o mujeres. Igualmente, nada le impedía soñar.
Había centenas de archivos que quedaban sin abrir. Lo impulsaba una especie de voyerismo amateur, un mirar por mirar, innecesario porque ni siquiera era necesario para aumentar su historia. Sus amigos poco a poco fueron desinteresándose del tema, pero Wilson ya era uno más de la manada.
Una tarde, cuando la flor de un lirio de agua lo espiaba desvergonzadamente por la ventana con su espiga de frutos hacia él, encontró a la abuela Yoli.
-No puedes hacerle esto a tu marido – decía en el hilo de Thread.
-Mi matrimonio ya no existe, déjame tranquila.
-¿Y cómo le explicarás el embarazo?
-No tengo nada que explicar. Es un hijo mío y de Omar.
– Ese hombre representa todo contra lo que hemos luchado. Tú misma lo has denunciado. Sabes que aprovechará la crisis para encaramarse al poder.
-Es verdad, pero ya estoy cansada de luchar … y tu realmente no lo conoces.
El hilo se cortaba, luego:
-Están bombardeando la ciudad, tengo miedo por ti y tu hijo.
-Omar no está. Lo convocaron. Tendré que arreglármelas sola.
Mas tarde:
-Madre…madre…!!
El hilo se cortaba una semana antes de su fecha de su nacimiento.
Wilson sabía que el Banco Genético Mundial se estaba reconstruyendo, que cada ciudad encapsulada tenía el suyo y aunque el horizonte detrás de la cúpula sólo mostraba un páramo desierto y algunas estructuras de edificios deformadas por la mente de algún pintor surrealista, siempre existía la posibilidad. Cuando envió la solicitud tuvo que poner el nombre y apellido de su madre. Cuando llegó el resultado, las coincidencias genéticas no dejaban lugar a dudas: tenía un padre vivo.
No podía salir de su asombro. Todos estos años buscando, esperando ¡Ya no era cuestión de inventarse una familia, tenía una familia, o lo que era lo mismo, un padre! Pero cómo decirlo, a quién decírselo. Pensó en Asha, su compañera. ¿Pero cómo encararla? No estaba seguro. Haber encontrado un familiar vivo despertaría las envidias de todos aquellos niños con la tristeza del abandono dibujada en sus caras.
Asha, era un CLIMO y la única de piel negra, sobreviviente de algún pueblo arrasado en África. La belleza de Asha lo deslumbraba inclusive luego de haber vomitado toda la historia en un banco de una plaza fuera del edificio. Lentamente ella sacó de su mochila un pequeño cofre y extrajo de él un papel sucio arrugado con la siguiente inscripción: “Lethabo amigo, Lothar es Omar Ilem Reijav enemigo, ¡Cuídate mucho!”. Wilson que no creía en las casualidades comprendió entonces que, como había leído en un libro insigne: «No hay casualidades sino destinos».
-Estaba entre mis ropas cuando me encontraron – dijo Asha-. Una enfermera lo guardó en este cofre y nadie lo inspeccionó. Lo llevo siempre conmigo.
Lo volvió a guardar con cariño.
-He investigado la vida de Omar Ilem Reijav – continuó- y es posible que sea realmente Lothar, el responsable de la muerte de mis padres, de la etnia herero. Las noticias de esa época casi no existen. Pero él estaba a cargo de la Campaña en el continente en manos del Afrika Interitus. Lamentablemente, los mensajes descifrados por la operación Ultra están incompletos.
Luego Asha le contó que se enteró como el general habría amenazado a la nación herero para que abandone el país… Si se negaban, los forzaría a cañonazos… cualquier herero, con o sin armas, sería ejecutado. Sus labios temblaban. A Wilson se le revolvió el estómago y sufrió por Asha.
-Pude leer un archivo que luego misteriosamente desapareció de la intranet donde Lothar decía a sus soldados que no perdieran su honor disparando contra mujeres y niños, que dispararan para asustarles y los forzaran a huir al desierto, donde enfrentarían una muerte segura por sed y hambre. – la voz de Asha se quebró.
Los genocidios de la última guerra habían sido olvidados, reconoció Wilson. En los archivos solo hablaban de acciones de militares entre ejércitos para impedir los desmanes provocados por las grandes migraciones a causa de la hambruna, en lo que parecía ser una guerra de todos contra todos.
– Pero si entre los CLIMO hay tan pocos negros, sólo puede significar que el exterminio fue masivo. – concluyó su hipótesis Asha con sus hermosos color ébano llorosos.
Cuando la guerra terminó, el desierto, las pestes y el viento atómico hicieron imposible la vida fuera de los domos; los que quedaron dentro muy poco sabían la historia del otro ya que estas ciudades autosustentables no necesitaban comunicarse con el exterior La necesidad de una urgente reorganización posibilitó que arribaran al poder personas como el General Omar Ilem Reijav. Wilson y Asha no podían saber si en otros lugares se había avanzado en el juzgamiento de estos genocidios.
Esa noche Wilson no pudo dormir. Las revelaciones de Asha transformaron sus ideas y generaron miles de preguntas. ¿Debería revelar su descubrimiento al mundo? ¿Su padre lo querría como hijo? ¿Wilson aceptaría a un padre que en una época que él no vivió y no comprendía se había transformado posiblemente en un monstruo? ¿Su amor por Asha y la tristeza que ella portaba en su corazón justificaba este incipiente sentimiento de odio y venganza?
Cuando finalmente pudo conciliar el sueño su mente viajó al desierto de Namib, el más antiguo del mundo. Sobrevoló las montañas de granito y se reunió con los guerreros hereros. Planificaban la sublevación contra la sangrienta administración de la Alianza que había tomado posesión violenta del territorio confiscando tierras y masacrando a sus habitantes. No era el primer intento, muchos habían muerto y sus compañeros reclamaban la libertad de sus familiares detenidos en los campos de concentración del régimen. El alambre de púa recorría la playa donde el Atlántico besaba las arenas del desierto. Todos los clanes y linajes estaban presentes. Era una gigantesca asamblea dirigidas por los jefes y sacerdotes.
En una elevación natural estaba ella, una princesa himba, cuya figura recortaba la luz del sol naciente, amparando bajo su mirada esta gesta única. Samuel, el líder de la revolución tomó la palabra. Ante miles de hombres casi desnudos o vestidos con algunas ropas europeas como les gustaba a los misioneros que odiaban la desnudez y mujeres con niños en brazos vestidas con colores vistosos que resaltaban en los ocres del terreno y sombreros diseñados como cabezas de vaca, estos pastores a la orden de su jefe máximo honraron a sus antepasados y recordaron sus orígenes en los Grandes Lagos y cómo habían creado una gran nación bantu orgullosos de su identificación y solidaridad étnica.
Eran miles de voces valientes, respetuosas y organizadas que respondían a cada ímpetu en la oratoria de su líder. Sabían que marchaban hacia un enfrentamiento desigual y criminal. Sus cuerpos serían el único escudo que pararía las balas de las ametralladoras y los fusiles de los regimientos de la Alianza adiestrados militarmente en guerras mundiales y con orden de eliminarlos. Pero por respeto a sus dioses y para terminar con la esclavitud y la hambruna de su pueblo debían hacerlo. Cada uno representaría a su familia en la batalla.
El enfrentamiento fue atroz. Esos cuerpos esculpidos por siglos en las arenas africanas, las piernas ágiles y musculosas, sus lanzas certeras, sus gritos de valor y dolor, no fueron suficientes. Fueron diezmados por Lothar, el general que había reprimido brutalmente rebeliones de migrantes en China y el este de África, quien cabalgaba en su caballo amarillo bayo dando órdenes entre sus tropas como si fuera el caballero de la muerte, uno de los jinetes del apocalipsis, portando en su mano izquierda en el alto el pergamino de Dios. Quienes sobrevivieron a la batalla fueron asesinados, o forzados junto con mujeres violadas y niños hacia el ardiente desierto de Kalahari, donde los soldados de la Alianza habían envenenado los pozos de agua. Desesperado Wilson voló a la aldea, pero la princesa himba ya no estaba.
Wilson despertó ahogado en llanto. En pocas horas más debía estar frente al general Omar Ilem Reijav, y recibir de su mano ensangrentada el diploma de ciudadano del domo.
Junto con Asha y sus otros compañeros, formaron fila frente al escenario ubicado en el centro del campo del estadio. Las tribunas estaban llenas y sus cánticos al son de la fanfarria llenaban el aire. Reinaba un clima de fiesta. En el escenario, cubiertos con banderas y toda la simbología militar, estaban el presidente y su comitiva. El acto comenzó con una arenga del general donde resaltó los beneficios de la paz y la necesidad de sacrificio para mantenerla. La gente lo ovacionó a rabiar. La fanfarria arranco con una marcha militar. En el campo de juego había quienes azuzaban a la gente para que se levantara de sus asientos y gritara. Comenzó a caer del cielo papel picado y serpentinas de colores. Fueron quince minutos interminables donde más parecía un acto para el presidente que por la anunciada incorporación de los CLIMO.
Finalmente llegó el momento. Uno a uno fueron pasando sus compañeros. Asha y él quedaron últimos.
-Recuerda Wilson que la venganza es el placer de los dioses- fue lo último que escuchó de ella.
Cuando llegó su turno, Wilson avanzó con paso firme, subió al escenario y recibió el diploma de manos del general. Era una figura imponente.
-General – dijo en su oído cuando éste se agachó para darle un fervoroso apretón de manos y felicitaciones – soy su hijo.
Él pareció no entender y miró a su edecán. Wilson aprovechó el desconcierto para tomar el micrófono y la tribuna hizo un silencio expectante.
-Soy el hijo del General- la voz de Wilson retumbó, firme y poderosa por cientos de parlantes -. Soy el hijo de Lothar que asesinó al pueblo namibio. Soy hijo de un criminal de guerra.
El tiempo se detuvo y por unos segundos el silencio fue dueño del estadio. Luego, la gente estalló en un solo alarido continuado por oencs, y yeahs de un lado, aes y eas de victoria del otro y finalmente todos juntos al grito de ¡Hijo! ¡Hijo! ¡Hijo!
La fanfarria confundida volvió a tocar.

Extraordinario cuento.
Gracias Daniel por leerme.
Muy bueno Daniel!
Muy bueno el cuento Daniel!!
¡Muy buen cuento, Daniel!