Por Fernando Crivelli Posse.
“Una República comienza a morir cuando sus ciudadanos condenan la corrupción con las palabras, pero la consagran con su admiración; cuando el corrupto se convierte en referencia, la transgresión deja de ser una excepción y empieza a convertirse en cultura.”
Existe una forma de deterioro social más silenciosa que el escándalo y, quizá por eso, más peligrosa: la sociedad que se acostumbra a mirar. Observa la corrupción, comenta el abuso, denuncia el privilegio y reclama mejores instituciones, pero contempla todo aquello como si ocurriera siempre en un escenario ajeno. El escándalo ocupa las pantallas durante unos días, provoca indignación y finalmente desaparece. La vida pública se convierte en espectáculo y el ciudadano, lentamente, en espectador.
Pero el ciudadano no es solamente un espectador. Tiene una responsabilidad que ninguna institución puede sustituir: formar criterio, conservar memoria y juzgar los hechos con imparcialidad, sin someter sus convicciones a la pertenencia partidaria o ideológica. Una República no se sostiene únicamente mediante leyes; necesita ciudadanos capaces de exigir que esas leyes sean aplicadas con el mismo rigor cuando alcanzan a los propios que cuando alcanzan a los adversarios.
Aquí aparece una contradicción mucho más profunda que la simple tolerancia selectiva de la corrupción. El ciudadano puede indignarse frente al corrupto y, al mismo tiempo, admirarlo. Puede reprochar el origen de una fortuna mientras contempla con fascinación sus consecuencias: la casa que posee, el automóvil que conduce, los lugares que frecuenta, los viajes que realiza, las personas que lo rodean y el poder que ha conseguido acumular. La pregunta decisiva ¿cómo obtuvo aquello que exhibe? termina desplazada por otra mucho más superficial: ¿cuánto tiene?.
Entonces ocurre algo inquietante: la corrupción deja de ser observada desde sus medios y comienza a ser juzgada desde sus resultados. El patrimonio se transforma en credencial; el poder, en prestigio; la influencia, en inteligencia; la capacidad para sortear las reglas, en astucia. El individuo ya no es admirado por la manera en que llegó, sino por el lugar al que consiguió llegar.
Y allí comienza la verdadera degradación cultural.
Las sociedades no educan únicamente mediante aquello que declaran correcto. Educan, sobre todo, mediante aquello que admiran. Un joven puede escuchar durante años que la honestidad, el esfuerzo y el respeto por las reglas constituyen valores fundamentales, pero observará con mucha mayor atención quiénes son las personas que la sociedad convierte en referencias. Verá quién obtiene reconocimiento, quién es escuchado, quién aparece rodeado de privilegios y quién consigue transformar su fortuna en autoridad social. De esas imágenes extraerá una conclusión mucho más poderosa que cualquier discurso.
Si quien alcanzó riqueza y poder mediante medios ilegítimos conserva prestigio, la enseñanza resulta devastadora: los medios importan menos que el resultado. La transgresión deja de ser una conducta que descalifica y comienza a presentarse como una circunstancia secundaria frente al éxito alcanzado.
Una sociedad puede condenar públicamente la corrupción y, al mismo tiempo, reproducirla culturalmente mediante la admiración que concede a quienes la encarnan. No hace falta que todos sean corruptos; alcanza con que suficientes personas consideren admirable a quien consiguió enriquecerse aprovechando la indiferencia, la debilidad institucional o la propia ceguera social.
El pobre continúa siendo pobre, pero contempla fascinado al que se enriqueció aprovechándose de él. El ciudadano que reclama igualdad ante la ley puede terminar celebrando al poderoso que aprendió a colocarse por encima de ella. Quien fue perjudicado por determinadas prácticas puede terminar convirtiendo en modelo a quien se benefició de ellas. Esa es la transformación que convierte una conducta individual en una patología cultural.
La sociedad de los espectadores nace allí: cuando dejamos de preguntarnos cómo se obtuvo aquello que admiramos y nos limitamos a contemplar aquello que exhibe quien lo obtuvo. El espectáculo sustituye al juicio; la apariencia reemplaza a la trayectoria y el resultado desplaza al mérito. La política se convierte en entretenimiento, el poder en espectáculo y la riqueza en una forma de celebridad.
Las instituciones quedan entonces expuestas a una paradoja. Fueron creadas para limitar el poder, pero una cultura indiferente puede terminar aceptando nuevas formas de poder concentrado sin exigirles límites. Las Repúblicas nacieron para impedir que el poder de unos pocos pudiera colocarse por encima de la comunidad. Sin embargo, las sociedades contemporáneas han creado nuevas clases dominantes —económicas, corporativas, políticas, mediáticas y culturales— frente a las cuales muchas veces reaccionamos como espectadores: observamos su influencia, comentamos sus excesos y continuamos celebrando su poder.
Allí el ciudadano deja de ser simplemente espectador y se convierte, aunque sea involuntariamente, en parte del escenario.
No se trata de trasladarle las responsabilidades jurídicas de quienes ejercen funciones públicas. Cada funcionario debe responder por sus actos y cada institución debe cumplir su deber. Tampoco puede sostenerse la ficción de que la República pertenece exclusivamente a jueces, legisladores, funcionarios o dirigentes. También pertenece a quienes observan, juzgan y deciden qué comportamientos merecen reconocimiento.
Por eso el mayor deber ciudadano no consiste en indignarse más fuerte, sino en obrar con criterio e imparcialidad. Exigir a los demás aquello que estamos dispuestos a exigirnos a nosotros mismos y no cambiar el significado de una conducta según el apellido, el partido, la ideología o la bandera bajo la cual se presente. La corrupción no adquiere una naturaleza distinta porque quien la practica sea admirado; el privilegio no se convierte en mérito por el automóvil que lo acompaña.
Los valores de una sociedad no viven únicamente en sus códigos. Viven en sus costumbres, en sus conversaciones, en sus referentes y en aquello que sus miembros consideran digno de admiración. Cuando esa cultura se deteriora, la ley comienza a perder el respaldo invisible que necesita para ser respetada. Lo que ayer era reprochable mañana parece tolerable; después, conveniente; finalmente, admirable.
Y entonces el círculo se cierra: se relativiza la transgresión, se admira al transgresor, se imita su conducta y se transmite ese modelo a la generación siguiente. Lo que comenzó como una excepción termina convertido en método; lo que debía provocar rechazo adquiere prestigio; aquello que debía ser corregido empieza a enseñarse, silenciosamente, como una forma posible de triunfar.
Argentina conoce demasiado bien esta dinámica. Nos indignamos frente a la corrupción, pero no siempre nos preguntamos qué hacemos con quienes la representan. Condenamos el mecanismo y celebramos el resultado. Rechazamos la conducta y admiramos la vida que produjo. Nos escandaliza el camino, pero nos fascina el destino.
Ese es el verdadero peligro de la sociedad de los espectadores: no que todos sean corruptos, sino que una cantidad suficiente de ciudadanos haya perdido la capacidad de distinguir entre éxito y legitimidad, riqueza y mérito, poder y autoridad, influencia y prestigio.
Una República puede sobrevivir durante mucho tiempo con instituciones imperfectas. Lo que difícilmente puede sobrevivir es una sociedad que ha perdido la cultura necesaria para exigirles que funcionen.
La República no necesita espectadores. Necesita ciudadanos capaces de mirar el espectáculo y preguntarse cómo llegó hasta allí quien ocupa el escenario y, sobre todo, por qué seguimos admirando aquello que decimos reprochar.
Porque el deterioro de una sociedad no comienza únicamente cuando alguien viola una regla.
Comienza cuando quienes lo observan descubren que, pese a todo, todavía les parece digno de admiración.
Continuará…

Excelente descripción de nuestra sociedad.
Excelente!
Me recuerda a «dime lo q amas y te diré quién eres», no es fácil la virtud aún si la repetición de actos buenos la facilita, siempre interviene la libertad a diferencia del vicio q rueda «solo» humildad y valentía son indispensables para cuidar lo q 1 ama