Por Marcela Zadoff.
“Agarrate Catalina, estamos en Argentina”
Las narraciones épicas de la antigüedad contaban las hazañas de héroes que enfrentaban adversidades descomunales y, tras superar pruebas imposibles, triunfaban sobre villanos que amenazaban el orden social. Aquellos héroes se quedaban con el poder, la gloria y el honor de ser los garantes de la Justicia, ese pilar que sostenía a la comunidad. Hoy, sin embargo, la épica se ha desplazado hacia un territorio inesperado: ya no se libra en campos de batalla ni en palacios, sino en la vida cotidiana.
Esta es la condena a pagar por nuestra adhesión a gobiernos populistas que tanto daño nos hicieron. El paternalismo que nos dejó huérfanos hoy toma revancha al mirar por sobre tu hombro, donde la ignorancia y la frivolidad se han vuelto fuerzas dominantes.
Nuestro héroe moderno no gana: apenas sobrevive entre paros de transporte, de docentes, de no docentes, el aumento injustificable de cuotas que destruyen todo presupuesto, la burocracia agobiante de quienes ostentan sus uñas esculpidas sobre nuestro trámite eterno.
El villano, antes definido por su impecable apariencia, hoy se presenta con máscaras de amianto, con sonrisas ensayadas, con discursos vacíos y con una impunidad que desmerece el esfuerzo cotidiano del ciudadano de a pie. La maldad contemporánea no necesita esconderse; se exhibe en redes sociales, se celebra en fiestas privadas, se rodea de sustancias ilícitas y de kilos y kilos de billetes verdes que llenan placares de propios y de testaferros, sin pudor. La ostentación de las últimas décadas resulta obscena ante los ciudadanos comunes, esos súbditos cuyo bolsillo es esquilmado para yates y aviones privados.
Ese ciudadano que transita ciudades imposibles, esquiva baches que parecen cráteres lunares, lidia con empleados desalmados que lo atienden sin mirarlo, intenta dialogar con máquinas de escasas instrucciones o intenta descifrar apps jeroglíficas que prometen simplificar trámites pero los complican, enfrenta docentes adoctrinadores que confunden educación con militancia, soporta violencia callejera que se vuelve cotidiana y padece el acoso consumista sin fin que lo persigue desde la pantalla del celular hasta la góndola del supermercado.
Y cuando por fin llega a su casa, en ese momento que debería ser de descanso, cae como un hámster en la ruedita de las redes sociales. Allí rueda en la rueda, atrapado en las aven/desventuras de personajes mediáticos que hacen el ridículo con pasión profesional. Es un sistema refinado como un mecanismo de relojería donde sos un engranaje, por eso nada lo detiene: cada video es una nueva pavada, cada transmisión en vivo una nueva forma de banalidad. Si nuestro ciudadano intenta informarse, se espanta: las noticias muestran una ola de asesinatos violentos, internas políticas que no son internas sino reuniones de dirigentes sin participación de los dirigidos, negociaciones que se realizan a espaldas de quienes deberían ser los protagonistas de la democracia. Y mientras tanto, el ciudadano recibe la orden tácita: “Marche a la cucha, hámster. Le avisaremos para que vaya a votar cuatro veces en 2027. Vote a quien su dirigente le diga. Sea un buen dirigido.”
Pero llega un punto en que el ciudadano, harto ya de estar harto, decide bajarse de la ruedita. Se desentiende, cansado de las pavadas que contempla. Sin embargo, ese gesto de rebeldía mínima suele tener un costo: muchas veces se aleja demasiado y cae en la irresponsabilidad cívica de ignorar lo que sucede en su entorno. No es siempre por desinterés; a veces es cuestión de supervivencia emocional. Otras, es un sentimiento profundo de decepción. La saturación se convierte en indiferencia, y la indiferencia, en desconexión. No tenemos las herramientas para salir del sistema dominante, porque el sistema está diseñado para que no veamos la escalera de The Truman Show. Vivimos dentro de un decorado perfecto, donde cada estímulo está calculado para mantenernos entretenidos, distraídos, anestesiados.
La verdadera batalla, entonces, no es contra un enemigo externo. Es contra la ignorancia que se instala como comodidad y contra la frivolidad que se disfraza de entretenimiento. Es contra la falta de compromiso que se vuelve hábito, contra la tentación de reducir la vida pública a una sucesión de anécdotas que se consumen y se olvidan. La batalla es cultural, ética y política. Es una batalla por recuperar la capacidad de pensar sin la mediación del ruido, por sostener la responsabilidad de mirar el entorno sin delegarla en la narrativa de otros, por evitar que la ciudadanía se convierta en un rol pasivo dentro de un espectáculo ajeno.
Ignorancia y frivolidad no son fenómenos aislados: son fuerzas que se retroalimentan. La ignorancia ofrece la comodidad de no pensar; la frivolidad ofrece la ilusión de que nada importa demasiado. Juntas producen un clima cultural donde la superficialidad se vuelve norma y la complejidad, sospechosa. En ese ambiente, el pensamiento crítico aparece como un gesto de rebeldía. Sin embargo, es justamente ese pensamiento crítico el que necesitamos para reconstruir una sociedad pluralista donde las ideas dialoguen en un clima de tolerancia y respeto.
No te rindas, ciudadano, no te vayas. No dejemos el terreno libre para quienes se benefician de la ignorancia ajena y de la frivolidad generalizada. Y si algo nos enseña la historia, la épica verdadera, es que los pueblos que renuncian a pensar renuncian también a decidir su destino.
Agarrate Catalina. Nos espera una larga batalla para que los argentinos nos comprometamos a ser el cambio que queremos ver en nuestro amado país. No será fácil, no será rápido. Pero será, sin duda, la única batalla que vale la pena dar.

Y si, ser ignorante establece limites a la capacidad de comprender y cuestionar. Por ello hay que dar lucha a la ignorancia, para no ser manipulados entre otras cuestiones .