Por Hugo Robles Lama.
Fumar bajo el agua.

El 5 de agosto de 1965 no fue un día cualquiera en los cines porteños. Se estrenaba una película que funcionaba, en realidad, como un bisturí sobre la alegría prefabricada de la época: “Pajarito Gómez (una vida feliz)”. Bajo la lente de Rodolfo Kuhn y la pluma militante de Paco Urondo, lo que el público vio no fue solo una sátira ácida sobre un ídolo pop; fue la revelación de una «idiotización colectiva» orquestada por mentes astutas que operaban detrás del neón.
Pajarito, encarnado por un Héctor Pellegrini de docilidad patética, no era una persona, sino un «producto humano». Para venderlo, la industria cultural le diseñó una biografía a medida: el muchacho humilde y provinciano que triunfa por su «buena conducta», el hijo ejemplar que le compra una casa a la madre y, sobre todo, el joven que «no se mete para nada en política». Detrás de esa máscara de optimismo que cantaba que “en el año 2000 viviríamos cien años”, solo quedaba un hombre oscuro, alcohólico y desorientado, un engranaje más de una maquinaria que no admitía emociones auténticas.
Ahí es donde la analogía con el presente se vuelve un espejo incómodo. La película nos advierte que la industria del entretenimiento y la política utilizan procedimientos similares para «fraguar realidades». El encargado de mover los hilos era un representante inescrupuloso. El actor debutante Federico Luppi, en el papel de un manager capaz de «fumar bajo el agua» con tal de exprimir el valor comercial de su mercancía humana. Hoy, cuando vemos la fabricación de figuras mediáticas que saltan al centro del poder, como es el caso de Javier Milei, resuenan las palabras de Kuhn: «Esa anestesia social no brota del azar; la cultivan en oficinas alfombradas tipos muy astutos que operan las palancas del deseo. Aprovechan el vacío de la gente para poner en marcha un tren de sensaciones empaquetadas, donde el líder no es más que una mercancía fabricada para que la multitud viaje, sin saberlo, hacia su propia alienación»
El ídolo fabricado responde a una investigación de mercado: debe ser un líder que canalice la rebeldía sin ser realmente peligroso para el sistema. Al igual que Pajarito, estas figuras se construyen recortando, tergiversando o directamente inventando la realidad para ofrecer sensaciones empaquetadas al consumidor masivo. La «felicidad planificada» por los medios es, en última instancia, una forma de deshumanización colectiva donde cada gesto está pauteado para alimentar el mito.
El final de la obra es una de las imágenes más perturbadoras del cine nacional. Pajarito muere triturado por el acero de un tren, una tecnología industrial que termina aplastando al individuo que pretendía transportar. Pero la maquinaria no se detiene: en el velorio, los ejecutivos transforman la tragedia en el último gran hit del consumo, repartiendo discos póstumos mientras los fanáticos bailan. Solo queda una mujer —la novia interpretada por María Cristina Laurenz— que se niega al simulacro y lanza ese «alarido» frente a la cámara. Ese «grito de Munch» de nuestro cine, un trazo blanco sobre papel blanco que logra retratar la verdad antes de que todo se vuelva, definitivamente, olvido.
