Por Gonzalo Villamax.
De los floggers al aura farming: cómo cambió la estética de pertenecer, por qué cada generación se ríe de la siguiente y qué parte de ese cringe nos pertenece todavía.
Hay algo profundamente adolescente en querer ser visto.
No necesariamente admirado. Ni siquiera querido. Visto. Reconocido por los otros como alguien que tiene una forma particular de estar en el mundo.
Quizás por eso las batallas de aura farming resultan tan desconcertantes para quienes ya dejamos atrás la adolescencia. Dos personas haciendo una pose, caminando de determinada manera, mirando a cámara o haciendo algo deliberadamente exagerado mientras acumulan imaginarios “+1000 de aura”. Nos reímos. Nos parece absurdo. Artificial. Un poco idiota.
Y, sin embargo, cuesta encontrar una definición más precisa de lo que fue ser adolescente.
Solo que nosotros lo hicimos con otras herramientas.
Los floggers tenían Fotolog. Otros tuvieron Tumblr, MySpace, blogs, MSN, foros, tribus urbanas, zapatillas, flequillos, piercings o remeras de determinadas bandas. Cada generación inventó —o creyó inventar— una forma de decir: “yo soy esto y ustedes no”.
La diferencia es que hoy esa construcción de identidad ocurre a una velocidad extraordinaria y frente a una audiencia potencialmente infinita.
Y quizás por eso nos resulta tan fácil reírnos.
Porque estamos viendo, con veinte años de distancia, la misma operación que alguna vez hicimos nosotros.
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Del “yo pertenezco” al “yo tengo aura”
Las subculturas juveniles siempre tuvieron algo de diseño.
No solamente porque diseñaran su ropa o su apariencia, sino porque construían sistemas visuales reconocibles.
El punk, el emo, el flogger, el skater, el gótico: todos tenían una gramática.
Una silueta determinada.
Un color.
Un peinado.
Una tipografía.
Una música.
Una manera de fotografiarse.
Un lugar donde encontrarse.
La estética no era decoración. Era una forma de pertenecer.
Vestirse de determinada manera permitía que alguien, incluso sin conocerte, pudiera decir: “ah, vos sos de estos”.
Eso es lo que hace tan interesante mirar estas culturas desde el diseño: cada una construyó una especie de identidad visual colectiva antes de que las marcas descubrieran que podían hacer exactamente lo mismo con un moodboard.
El flogger, por ejemplo, no necesitaba explicar demasiado quién era. El flequillo, los colores, la pose frente al espejo, la foto saturada y el Fotolog hacían buena parte del trabajo.
Era branding personal antes de que habláramos de personal branding.
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Después llegó Tumblr
Y algo empezó a cambiar.
Con Tumblr, Instagram y después TikTok, la identidad dejó progresivamente de ser solamente algo que se tiene para convertirse en algo que se produce.
Ya no alcanza con pertenecer a una estética. Hay que producir imágenes de esa estética.
La persona se convierte en contenido.
Y eso modifica profundamente la relación entre adolescente, cuerpo y mirada ajena.
Antes podías vestirte de flogger y caminar por la calle.
Ahora podés hacer de flogger durante quince segundos, grabarlo, editarlo, subirlo y medir inmediatamente qué efecto produjo en los demás.
La identidad empieza a parecerse menos a una tribu y más a una interfaz.
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De la tribu al meme
Ahí aparece algo particularmente contemporáneo: la ironía.
Un adolescente actual puede adoptar una estética sin necesariamente creer completamente en ella.
Puede hacer algo “cringe” precisamente porque sabe que es cringe.
Puede representar al personaje y, simultáneamente, burlarse del personaje.
Eso hace que sea muy difícil saber dónde termina la identidad y dónde empieza la parodia.
Y quizás ahí esté una de las grandes diferencias con los floggers.
El flogger decía:
“Esto soy.”
El usuario contemporáneo puede decir:
“Esto soy, pero tampoco tanto. Es un meme.”
La ironía funciona entonces como una especie de seguro emocional.
Si funciona, sos gracioso.
Si no funciona, era irónico.
Si se viraliza, ganaste.
Si te critican, podés decir que justamente estabas haciendo una parodia.
Es una manera bastante sofisticada de exponerse sin quedar completamente expuesto.
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El nacimiento del “aura”
En ese contexto aparece una palabra particularmente eficaz: aura.
Porque “aura” convierte algo tan viejo como el carisma en una especie de moneda.
Antes decíamos:
“Ese pibe tiene presencia.”
Ahora:
“Ese pibe tiene aura.”
Y si hace algo espectacular:
+10.000 aura.
Si se cae:
-5000 aura.
La operación parece trivial, pero dice bastante sobre nuestra época.
La vida social se convierte en videojuego.
El estatus se puede acumular.
La vergüenza se descuenta.
El carisma se puntúa.
No es casualidad que el verbo sea farmear.
“Farmear” viene del lenguaje de los videojuegos: repetir una actividad para acumular recursos.
Entonces incluso la personalidad parece algo que puede optimizarse.
¿Qué tengo que hacer para generar más aura?
La pregunta adolescente de siempre, traducida al idioma de Roblox, Twitch y TikTok.
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Y entonces nos reímos
Acá está, quizás, la parte más incómoda.
¿Por qué nos produce tanto cringe a quienes ya no somos adolescentes?
Podemos decir que es ridículo. Que exageran. Que no tienen vergüenza. Que todo está diseñado para TikTok.
Pero quizás el cringe no sea solamente una reacción frente a ellos.
Quizás sea también una reacción frente a nosotros mismos.
Porque conocemos perfectamente esa necesidad.
Nosotros también tuvimos una época en la que una zapatilla podía significar muchísimo.
En la que escuchar determinada banda podía decir algo sobre quiénes éramos.
En la que una foto, una campera, un peinado o un grupo de amigos podían funcionar como una declaración política, estética o sexual.
También nosotros quisimos ser distintos.
También nosotros quisimos pertenecer.
También nosotros miramos a otros adolescentes pensando:
“Ellos no entienden nada.”
Y probablemente alguien, diez años mayor, nos haya mirado pensando exactamente lo mismo.
El cringe tiene algo de reconocimiento involuntario.
Nos reímos porque ya no estamos ahí.
Y quizás, sobre todo, porque recordamos lo que era estar ahí.
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El verdadero triunfo del adulto
Hay una hipótesis un poco más incómoda todavía.
Quizás parte del placer adulto frente al cringe adolescente sea la sensación de haber escapado.
Ya no necesitamos definirnos todo el tiempo.
Ya no necesitamos que cada objeto que compramos diga quiénes somos.
Ya no necesitamos cambiar nuestro peinado para reinventarnos.
O eso creemos.
Porque después aparecen las marcas de ropa, los restaurantes, los relojes, los podcasts, los muebles, los viajes, los gimnasios, los vinos naturales, las bicicletas, los teléfonos y todas esas pequeñas decisiones con las que los adultos seguimos diciendo:
“Yo soy de estos.”
La diferencia es que nuestro sistema de pertenencia tiene mejores diseñadores y, en general, menos flequillo.
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Quizás el problema no sea el adolescente
Lo interesante, entonces, no es preguntarnos por qué los adolescentes actuales son tan ridículos.
Eso sería exactamente lo que hicieron con nosotros.
La pregunta más interesante es qué sociedad produce una adolescencia en la que la identidad se construye permanentemente frente a una cámara.
Y ahí el asunto deja de ser solamente cultural.
Hay algo político en esa transformación.
Porque nunca tuvimos tantas herramientas para expresarnos y, al mismo tiempo, nunca fue tan difícil escapar de la mirada de los demás.
La subjetividad adolescente está siendo construida dentro de plataformas cuyo modelo de negocio depende precisamente de que miremos, comparemos, actuemos y volvamos a mirar.
La pregunta “¿quién soy?” se encuentra con otra:
“¿qué versión de mí funciona?”
Y esa pequeña modificación cambia bastante las cosas.
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La rueda sigue girando
Quizás por eso la historia de los floggers, los emos, Tumblr, las VSCO girls, los e-boys y e-girls, los sigmas y el aura farming no sea una historia de modas absurdas.
Es una historia de cómo cada generación intenta resolver el mismo problema con las herramientas culturales que tiene disponibles.
Pertenecer sin desaparecer.
Ser diferente sin quedar solo.
Ser visto sin ser demasiado vulnerable.
Construir una identidad y, al mismo tiempo, conseguir que los demás la reconozcan.
La diferencia es que antes necesitábamos una tribu.
Ahora podemos tener una audiencia.
Y quizá por eso todo parece más exagerado.
Pero también puede ser que simplemente estemos viendo en alta definición algo que siempre estuvo ahí.
La adolescencia es, en buena medida, el momento en que uno descubre que los demás están mirando.
El aura farming no inventó nada.
Solo encontró una manera bastante graciosa de ponerle puntos.
