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Tener y no poseer

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Por Eric Johansson. 

Recientemente me enteré del anuncio de Apple, donde se presentó su nuevo programa para el alquiler de celulares. Al principio llamó mi atención ya que no es costumbre que existan este tipo de servicios para los teléfonos móviles. Sin embargo, la aparición de suscripciones parece ser cada vez más común en productos y servicios cotidianos, por lo que me hizo preguntarme ¿Por qué las empresas parecen abrazar cada vez más este modelo de negocio? Y en especial ¿Hasta qué punto esto nos beneficia a nosotros, el usuario?

Desde un punto de vista económico, a las empresas este modelo les resulta rentable al eliminar la adquisición única por un flujo constante de dinero, sumado a que el débito automático logra que muchas veces ni siquiera seamos conscientes de estos gastos, aunque no usemos mucho el servicio en cuestión. También les permite realizar cambios e incluir actualizaciones sin la necesidad de fabricarlos, empaquetarlos, publicitarlos y venderlos, y que tan sólo esté al alcance de todos con un par de clics. Este es un cambio que benefició a las empresas del rubro tecnológico, como aquellas dedicadas a la venta de programas de computación. 

Hay algunos casos en donde la suscripción parece ser una gran elección para los usuarios. Las plataformas de streaming de música ofrecen un catálogo musical inmenso por un precio mucho menor a lo que costaría adquirir un solo CD, por lo que es entendible que este último formato haya ido desapareciendo a lo largo del tiempo al lograr democratizar el acceso a la música a más personas al hacerlo más económico, y que por tanto represente porcentualmente cada vez menos de los ingresos que genera un disco.

 

A pesar de esto, la Generación Z (de la que soy parte) últimamente ha puesto en tendencia el volver a adquirir música en formato físico, ya sea tanto en CD como en discos de vinilo. Aunque pareciera ser una decisión contraproducente económicamente, debo decir que soy parte de esta nueva (y no tan nueva) ola y he adquirido bastante música en estos formatos, y al hacerlo, entendí completamente el porqué de esta tendencia.

 Mi generación es la que vivió la transición entre el formato físico y el formato digital, se crió viendo películas en DVDs para luego en la adolescencia pasar al streaming, escuchar música en CDs y pendrives para después pasar al celular. 

El formato físico es más caro, ocupa espacio físico y tiene la posibilidad de romperse, es más “engorroso”, pero tiene una presencia única en el espacio-tiempo, podés verlo, tocarlo, tenerlos ordenados en un estante e insertarlo manualmente en un reproductor y además tenés que cuidarlo de posibles daños, tradiciones que el streaming digital eliminó y reemplazó por un clic a una pantalla, que aunque en términos prácticos sea mucho mejor, termina destruyendo un vínculo personal y tangible entre el usuario y su música. 

Además, el poseer formato físico te permite ser dueño permanente de la cosa sin la posibilidad de que alguien te lo pueda quitar, y a su vez liberarse de contingencias o cambios que se puedan generar en su precio o acceso, por tanto, otorga una estabilidad que el formato digital, sostenido en una suscripción, no puede garantizar.

Si bien comprar un CD no es necesario para poder vivir, un caso similar ocurre con los alquileres de inmuebles, el que quizás sea la modalidad de “suscripción” más conocida y practicada en nuestra sociedad, no porque permita acceder a una vivienda sin necesidad de comprarla, sino por su conocido nivel de incertidumbre a las condiciones macroeconómicas a la que está sujeto el inquilino, incluso estando actualmente en una crisis importante a nivel global por su difícil acceso y precios elevados. 

Es evidente cómo algunas empresas que ofrecen servicios de suscripciones aprovechan la ventaja de ser dueños para buscar obtener el máximo beneficio económico, ya sean redes sociales cobrando por funciones que no aportan un beneficio real al usuario, automotrices restringiendo opciones que no deberían estar sujetas a esta modalidad en primer lugar u otros servicios que aumentan el precio de sus planes sin ofrecer ninguna novedad ni beneficio a los usuarios.

 

Esto ya tiene un impacto real en las personas. Según una encuesta de Sherlock Communications en varios países de Latinoamérica, el 62% de los encuestados sostuvo que no puede costear más de una suscripción, y el 46% reveló que comparte cuentas con familiares para dividir el gasto.

Si las condiciones económicas dificultan a las personas ser propietarias de lo que tienen y consumen, y por tanto son incentivados a la suscripción, pero a su vez las suscripciones se vuelven cada vez más costosas, ¿Las personas iremos perdiendo el acceso a las cosas? ¿Ser dueño o mantener varias suscripciones activas se volverá un lujo que pocos podrán costear?

Por todo esto no pude pasar por alto el anuncio de Apple, siendo que en la actualidad estos dispositivos son una parte esencial de nuestra vida y son una herramienta no solamente de ocio sino también de trabajo. Los celulares podrían ser el próximo bien del que no seamos dueños si es que el modelo prospera y lo adoptan otras marcas, perdiendo de esta forma la propiedad sobre un bien tan cotidiano y relevante en nuestras vidas.

Las suscripciones pueden traer muchos beneficios a las personas, permitiendo que accedan a un bien o servicio por una suma mensual significativamente menor a adquirirlo permanentemente, sin embargo, se renuncia a la estabilidad que genera el ser propietario y se es más vulnerable a las condiciones macroeconómicas o a cambios que puedan introducir las empresas, no siempre orientadas a beneficiar al usuario. Por tanto, ¿Cuál es el límite entre una suscripción favorable y una no favorable? ¿Hay algunas cosas que no deben ser sujetas a suscripción?

 

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