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El escrutinio

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Por Daniel Posse.

El aire del cañaveral no se parecía al de los días de zafra; esa mañana de domingo pesaba con una quietud de vigilia, un silencio tenso que bajaba desde la pared verde de la montaña y se estiraba sobre las colonias que rodeaban al pueblo de Santa Ana. El poblado se había convertido en un recinto sagrado y temible, un tablero donde los hombres de manos callosas y espaldas dobladas por el rastrojo iban a depositar un trozo de papel que crujía como una declaración de guerra. El rumor corría con la fuerza subterránea del agua en las acequias: que en las elecciones nacionales el peronismo iba a barrer con el legado de los patrones, que el voto de los peones lograría lo que ni los machetes benditos ni las huelgas reprimidas habían conseguido. En las mesas improvisadas bajo las galerías de la administración, las urnas de madera esperaban los sobres. Los capataces y los delegados del viejo orden miraban de reojo, con los dedos apoyados en las culatas de sus revólveres, confiando en que el pavor histórico al apellido de los fundadores y el miedo ancestral al Familiar —ese perro negro que vigilaba el cumplimiento de la sumisión obrera desde los callejones de las colonias— torcerían las voluntades a último momento en favor de los candidatos conservadores.

Sin embargo, en el subsuelo del pueblo, la mística ya había operado su milagro laico. Los peladores de caña ingresaban al cuarto oscuro con la cabeza gacha, simulando la obediencia de siempre ante la mirada del fiscal del patrón, pero adentro, en la soledad del aula despojada, sus dedos toscos buscaban la boleta con el rostro del líder. Para el pobrerío, ese papel era un escudo, una oración que desafiaba el pacto de sangre del ingenio. Sentían que al votar por Perón no solo elegían a un presidente en Buenos Aires, sino que clausuraban el Versalles de mármol y excesos creado por el primogénito de la dinastía, expropiándole al tirano hasta el derecho de gobernar sus almas. El desfile de alpargatas y sombreros de paja se mantuvo constante y congregó a las familias que bajaban en silencio desde los campamentos agrícolas hasta que el sol del oeste empezó a raspar el filo de los cerros, anunciando el fin de la jornada electoral y el inicio del conteo que cambiaría la historia regional para siempre.

Cuando las autoridades abrieron la primera urna, el sopor de la tarde se rompió con el crujido de los sobres desgarrados. El primer voto fue para Perón. El segundo, también. El tercero, el décimo, el centésimo. Las manos del presidente de mesa temblaban mientras apilaba las boletas idénticas bajo la luz tenue de los focos. La atmósfera del cuarto se volvió espesa, cargada de un asombro que rozaba lo espectral. Los fiscales de la patronal, pálidos como los mármoles grises de la gran mansión abandonada, contaban y recontaban buscando un solo voto disidente, una sola huella de lealtad al viejo feudo que justificara su poder, pero la realidad se imponía con la contundencia de un trueno subterráneo. Al finalizar el escrutinio, el mito se hizo carne en las actas oficiales: Juan Domingo Perón había ganado en el pueblo de Santa Ana con el cien por ciento de los votos. Ni una sola abstención, ni un solo sobre en blanco, ni una traición al fervor colectivo. El escrutinio perfecto se alzó como un hito místico; los habitantes de todas las colonias habían votado en comunión absoluta, levantando una muralla invisible de voluntades. Esa noche, el eco de la victoria peronista resonó en los surcos y se expandió por los campamentos con la fuerza de un exorcismo de masas; ante esa inquebrantable unión sagrada que rompía el pavor de los peones, el Familiar, despojado de su alimento de sumisión y miedo, retrocedió entre aullidos mudos y se hundió definitivamente en la espesura del cañaveral sin haber podido reclamar su tributo de sangre.

 El familiar fue despojado, pero quizás lo fue el perro, para que otro tipo de amo emergiera.

 

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