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Por Fer Flores. 

La galería de la casa es cálida. 

Tiene una parte techada de chapa, cubierta en parte por una parra. El piso es de cemento 

alisado, rojo. Hay un juego de living de exterior, antiguo, de hierro soldado, que todavía luce 

perfecto. Macetas repletas de plantas distintas, todas cuidadas con esmero. Juguetes 

tirados por ahí. 

Al fondo, el césped y tres árboles frutales. 

También hay una hamaca de hierro y una caja grande de algún electrodoméstico, vacía, 

pintada con garabatos. Alguien la convirtió en otro juguete. 

Es la hora de la siesta. El sol se filtra entre la parra y las hojas y tiñe todo de naranja. 

 

Aparece una niña de tres años. 

 

Detrás de ella viene su madre con dos niñas más grandes. 

La más pequeña grita con ese tono de los niños que recién empiezan a hablar, aunque su 

dicción es sorprendentemente precisa: 

 

-Ya salto. Ya sé saltar. Ya salto, salto, salto. 

 

Los adultos se ríen al verla tan pequeña, tan emocionada, haciendo unos pasitos de rana y 

celebrando su descubrimiento como si acabara de inventar algo. 

 

Y, para ella, lo acaba de inventar. 

 

La festejan como corresponde. 

 

Durante años, ese momento será contado en la familia: la emoción desmedida de la nena, 

sus movimientos extraños, la insistencia con la que repetía que ya sabía saltar. 

Ella no podía saberlo todavía. 

No sabía que aquel salto diminuto iba a acompañarla durante toda la vida. 

Solo sabía una cosa: 

Ya saltaba. 

 

Después de aquel día  volvió a preguntarme si sabía saltar. 

La pregunta quedó resuelta. 

Para los adultos era una anécdota. Para mí, aunque todavía no pudiera saberlo, era otra 

cosa. 

Había descubierto que el cuerpo podía hacer algo que un instante antes todavía no sabía 

hacer. 

 

Parece una cosa pequeña. 

Lo es. 

 

También es enorme. 

 

Quizás todas las transformaciones importantes comienzan así: una acción que todavía no 

tiene lo suficiente para explicar lo que acaba de ocurrir. 

 

Una aprende a saltar antes de saber qué significa saltar. 

 

Aprende a irse antes de entender que se está yendo. 

 

Aprende a quedarse antes de saber cuánto cuesta quedarse. 

 

 

Durante mucho tiempo pensé que las grandes transformaciones tenían que sentirse como 

grandes acontecimientos. 

Una puerta que se cierra. 

Una casa que se abandona. 

Una muerte. 

Una separación. 

Una noticia capaz de dividir una vida en un antes y un después. 

 

Ahora desconfío un poco de esas divisiones. 

No porque no existan. 

Existen. 

Pero una vida no cambia solamente cuando algo termina. 

También cambia cuando una mirada se demora un segundo más. 

Cuando una pregunta aparece donde antes había una certeza. 

Cuando una deja de responder automáticamente. 

Cuando un cuerpo descubre que puede ocupar otro lugar. 

 

Cuando alguien dice: esto que estoy haciendo no quiero hacerlo nunca más. 

 

El movimiento puede ser mínimo. 

 

A veces apenas se ve. 

 

Sin embargo, algo ya se movió. 

 

  

Hay muertes que hacen ruido. 

 

Otras ocurren en silencio. 

 

De niña imaginé que morir era perderlo todo. 

 

Después descubrí que algunas muertes consisten en dejar de ser quien una necesitaba ser 

para sobrevivir. Y que no ocurre una sola vez. 

 

Una puede pasar años sosteniendo una versión de sí misma que ya quedó vacía. 

 

La alimenta con costumbre. 

 

Con miedo. 

 

Con explicaciones. 

 

Con la necesidad de que los demás sigan reconociéndola. 

Hasta que un día algo falla. 

 

Una palabra. 

 

Un gesto. 

 

Una escena insignificante. 

 

Una mirada frente al espejo. 

 

Esa identidad que parecía tan sólida se mueve apenas. 

Entonces aparece una grieta. 

 

No siempre es dolorosa. A veces es alivio. A veces es terror. O las dos cosas juntas. 

Yo tuve varias de esas grietas. 

 

Por eso hablo de muertes. No para hacer de mi vida una tragedia. 

Tampoco para construir una épica de supervivencia. No me interesa esa clase de relato. 

Me interesa otra cosa. ¿Qué queda de una cuando una versión de sí misma deja de servir? 

¿Quién aparece cuando ya no puede sostenerse aquello que durante tanto tiempo parecía 

natural? 

 

¿Es posible cambiar sin destruir lo que fuimos? 

 

¿O cada transformación necesita alguna forma de muerte? 

 

No tengo una respuesta definitiva. 

Tengo escenas. 

Tengo cuerpos. 

Tengo recuerdos. 

Tengo animales. 

 

Tengo caídas. 

Palabras que todavía no sé dónde poner. 

 

Tengo algunas imágenes que regresan una y otra vez. 

 

Y tengo saltos. 

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