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¿Quién sabe, Alicia?

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Por Fabricio Falcucci. 

El 23 de octubre Charly García cumplió 75 años. La cifra invita a repasar una vida extraordinaria, pero también abre una pregunta menos biográfica. ¿Qué encuentra un país cuando vuelve a escuchar sus canciones? Tal vez algo más que una banda sonora. En Charly hay una forma de reconocernos, incluso cuando preferiríamos no hacerlo.

Carlos Alberto García Moreno nació en Buenos Aires en 1951 y creció en una casa donde la música ocupó un lugar temprano. Estudió piano desde muy chico en el Conservatorio Thibaud Piazzini, con una formación clásica que nunca desapareció del todo. Años más tarde, esa disciplina conviviría con la provocación, los sintetizadores y una imaginación musical imposible de encerrar en un género. El bigote bicolor, hoy casi un emblema, también tiene su historia, ya que apareció después de que contrajera vitiligo.

En el Instituto Dámaso Centeno conoció a Nito Mestre y allí nació Sui Generis, primero como una banda más amplia y luego como el dúo que marcó a una generación. Vida (1972) y Confesiones de invierno (1973) instalaron una sensibilidad nueva en el rock argentino. Sus canciones miraban la adolescencia desde adentro, con ternura, humor y desconcierto. Había amores, aulas y despedidas, aunque debajo de esa apariencia sencilla se escuchaba algo más hondo, la incomodidad de crecer en un mundo cuyas reglas parecían escritas por otros.

Con Pequeñas anécdotas sobre las instituciones (1974), el tono cambió. El piano y las melodías familiares convivieron con una mirada crítica sobre la autoridad y la familia, la escuela, el poder y la obediencia dejaron de ser parte del paisaje. La política no aparecía como una explicación externa de la vida sino como algo que se metía en ella y condicionaba lo que cada uno podía decir, imaginar o elegir. Pocos meses antes del golpe de 1976, esa mirada ya anticipaba un país que se estaba cerrando.

La despedida de Sui Generis en el Luna Park, en 1975, fue mucho más que el final de una banda. Miles de jóvenes se reunieron alrededor de canciones que sentían propias y Charly, con poco más de veinte años, ya había encontrado cómo conectar con el público sin hablar en su nombre. Después vendrían PorSuiGieco y La Máquina de Hacer Pájaros, un proyecto de sonido más complejo que dejó dos discos, La Máquina de Hacer Pájaros (1976) y Películas (1977). García no se conformaba con repetir una fórmula que funcionaba y cada cambio ponía en riesgo la identidad que acababa de construir.

En 1978 formó Serú Girán junto a David Lebón, Pedro Aznar y Oscar Moro. La dictadura ya había impuesto el terror como método de gobierno y el exilio, la censura, las listas negras y la desaparición de personas alteraban la vida cotidiana y el campo cultural. En ese contexto, la banda convocó a multitudes y escribió canciones capaces de leerse en varios planos. La grasa de las capitales, Bicicleta y Peperina combinaron experimentación, crítica social y una mirada aguda sobre el clima de época. Canción de Alicia en el país se volvió una de las formas más poderosas de aludir a la violencia sin convertir la canción en panfleto.

Esa relación entre obra y política exige cuidado. Charly no fue un dirigente ni su trayectoria puede resumirse en una militancia partidaria. Su compromiso se expresó, sobre todo, en una actitud frente a la autoridad y en la capacidad de nombrar aquello que el discurso oficial procuraba ocultar. La ironía, la metáfora y la distorsión fueron parte de ese lenguaje. En una época en que decir demasiado podía costar caro, la canción no reemplazaba la denuncia ni la acción colectiva, pero abría un espacio donde el miedo podía reconocerse y compartirse.

Cuando la guerra de Malvinas dejó al descubierto la violencia y el fracaso de la dictadura, Charly iniciaba su carrera solista con Yendo de la cama al living (1982), presentado en Ferro a fines de ese año. Un año después llegó Clics modernos (1983), grabado en Nueva York, que volvió a cambiar el sonido del rock argentino. La caja de ritmos, los sintetizadores y una ciudad de luces frías acompañaron canciones sobre la violencia, la soledad y la vida moderna. El disco apareció en el año de la recuperación democrática y no describía una transición limpia ni una sociedad que hubiera dejado atrás sus heridas. La libertad volvía, pero el miedo no desaparecía por decreto. Los dinosaurios terminó ligada a la memoria de los desaparecidos y su fuerza se sostuvo porque no redujo el dolor a una consigna.

Después llegaron Piano Bar (1984), Parte de la religión (1987) y Filosofía barata y zapatos de goma (1990), discos que consolidaron su carrera y mezclaron canción pop, piano clásico, rock, electrónica y una voluntad permanente de desconcertar. También aparecieron momentos de fragilidad, excesos y conflictos personales que la prensa convirtió muchas veces en espectáculo. La figura pública de Charly quedó expuesta a una demanda imposible, la de ser siempre el personaje que todos esperaban, incluso cuando su vida necesitaba apartarse de esa escena.

Su historia tampoco puede separarse de sus colaboradores. Nito Mestre, David Lebón, Pedro Aznar, Oscar Moro, Fito Páez, María Gabriela Epumer y muchos otros formaron parte de distintas etapas de una obra que nunca fue solitaria, aunque llevara su nombre. Charly encontraba intérpretes, discutía, rompía y volvía a empezar. La creación dependía tanto de su oído como de su capacidad para arrastrar a otros hacia un mundo musical propio.

Su importancia cultural no se agota en lo que sus canciones dicen sobre momentos precisos. Está en cómo amplió lo que podía hacer una canción popular. Cambió de sonido, se contradijo, volvió sobre sus propios materiales y abrió caminos para músicos que llegaron después. Su libertad fue también estética, porque no aceptó que el éxito lo obligara a repetirse ni que la tradición tuviera la última palabra.

Con los años se acumularon homenajes, premios y reconocimientos, entre ellos el Konex de Brillante y el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires. Son formas legítimas de agradecer una obra, aunque tienen algo de paradoja, ya que las instituciones suelen celebrar a quienes antes miraron con sospecha. Tal vez la cultura necesite esa demora para reconocer a quienes ensancharon sus límites.

Charly ensanchó los límites de la canción popular y, cuando decir demasiado podía costar caro, encontró la forma de nombrar aquello que estaba oculto. En esa libertad, política y estética a la vez, persiste su legado. Sus canciones siguen abiertas, como una conversación en la que la Argentina todavía puede reconocerse y encontrarse, incluso en medio de tanta grieta.

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