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Contra la hegemonía semántica del amor romántico

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Por Ezequiel Aráoz Martínez.

¿Qué esperamos del amor? ¿Qué consideramos que amar significa? ¿Qué tipo de amor es el que consideramos más importante? Si el amor fuera una persona, ¿qué tipo de persona sería? ¿Sería como el Eros de Platón? El dios griego, hijo de Poros (el recurso, el medio para conseguir algo, el ingreso) y Penia (la pobreza, la indigencia, la penuria). 

Se cuenta en el Banquete de Platón que Penia, impulsada por su carencia de recursos y aprovechando que Poros estaba embriagado en néctar, aprovechó en la fiesta de Afrodita para acostarse con él y así engendró a Eros. Su naturaleza sería entonces ambigua, ya que sigue a Afrodita por haber nacido en su fiesta, lleva a la pobreza en la sangre, es “duro y seco, descalzo y sin casa, duerme siempre en el suelo y descubierto” pero, por otro lado, por la naturaleza de su padre está “al acecho de lo bello y lo bueno […], es ávido de sabiduría y rico en recursos, un amante del conocimiento a lo largo de toda su vida, un formidable mago, hechicero y hábil con las palabras”.

Aunque podría ser también Eros, una fuerza cósmica universal que surgió en los orígenes de todo.

El mundo muchas veces se concibe como un lugar hostil, donde los avatares de la existencia conviven en un huracán de eventos que nos desgastan y en medio de eso existe el amor como una suerte de antídoto a los males. Pero es difícil concebir el amor sin un juicio previo que lo clasifique y lo personalice. Incluso es difícil hablar de amor sin una idea preconcebida del tipo de amor al que hacemos referencia. Hay una serie de problemas lingüísticos con el amor puesto que el mundo contemporáneo y sus derivaciones del lenguaje no son equivalentes a las formas de amor que propone, por ejemplo, el mundo griego, que permite distinguir el eros de la filia o del ágape, que se entienden como diferentes formas de describir al amor. Estos conceptos que nos permiten estudiar su uso a partir del contexto y comprender si el amor es fraternal, o romántico, o sexual se han perdido en nuestra lengua y se ocultan entre otras palabras en esta nueva época.

Quizá a cada persona del universo, al mencionar el amor, se le representa algo diferente en su cabeza. Quizá a alguno que otro sobre todo en esta fecha, podría incluso representarle temor. Pero hay ciertas cosas en las que pareciera que estamos de acuerdo.  A mi parecer, al escuchar la palabra amor, más allá del sentimiento que nos provoque, el amor romántico es en el primero que pensamos. Y, como en primera instancia, es el tipo de amor del que creemos que nos hablan, es también el primer tipo de relación que creemos que se va a establecer entre dos protagonistas de una historia, por ejemplo.

Cuando parece que una historia nos va a hablar de amor, pareciera que esperamos que nos hablara de romance. Nos es un tanto extraño hablar de amor fuera del amor romántico como primera acepción. No es que no exista el amor fraterno, ni el amor a partir de la amistad. Hubo una época hace no tanto donde decir “te amo” a los amigos estaba de moda entre los jóvenes y escandalizaba a algunos adultos. Creo que el escándalo tiene que tiene que ver con esa idea de romance rondando al amor, cuidándolo de no juntarse demasiado con otros conceptos. 

A partir de esta idea, cuando la cultura nos muestra a dos personas que tienen buena química surge necesariamente la ambigüedad, porque nos cuesta creer que no haya algo más. Porque en el fondo, tememos o queremos conmovernos por ese amor que ya nos produjo algo con solo presenciar el nacimiento de un vínculo. Y esperamos que pase algo fuera de una relación de amigos o conocidos o cualquiera sea la relación porque nos cuesta creer que otros tipos de amor nos conmuevan de la misma forma que el amor romántico y por eso caemos muchas veces en el fenómeno que la generación actual llama “shippeo”.

Shippear es desear que dos personas sean pareja. Es estar pendiente del tipo de relación que tienen y esperar, estudiando y promoviendo que cualquier pequeño gesto pudiera ser un indicio de esto, que estén juntos eventualmente. A nuestros ojos es difícil concebir el amor de dos personas sin pensar que en algún momento hubo, hay o habrá algún tipo de deseo romántico. Y si no hay ningún atisbo, quizá la novela no sea tan interesante.

Este pensamiento hace algunos años (quizá hoy en algunas personas todavía), inspiraba frases como “no existe la amistad entre un hombre y una mujer”. Esta concepción podría estar también impregnada de aquel sentido machista que planteaba a la mujer como un ser salvaje y deseoso que no podía controlar sus impulsos. Pero y si hablamos de dos homosexuales que se conocen ¿No hacen comentarios similares sus amigos a veces? Es decir, ¿no piensa mucha gente que seguramente algo hubo entre ellos? Y lo mismo entre dos lesbianas que se conocen. El chisme se nutre de la ambigüedad, aunque no necesariamente sea tan ambigua.

Como consecuencia de aquella cercanía tan fuerte entre el amor y el romance, cuando existen dos personas que tienen una determinada orientación hacia algún género, y, se vinculan de alguna forma con alguna persona de ese género, es común, que, al verlos, nos sea difícil pensar en que no exista, aunque sea un mínimo deseo y aquel deseo de que haya deseo a veces nos priva de valorar lo bello que puede ser cualquier tipo de amor. A veces, somos un niño que ve a dos personas pasar mucho tiempo juntas y ya le canta la canción de los novios.

Pero podemos ir más allá. Si pensamos en lo más profundo al amor como una pasión, deberíamos entender que, si nosotros somos sujetos atravesados por esa pasión, no hay elección. Somos pasivos ante esa fuerza descomunal que nos conmueve, sin necesidad de preguntarnos, qué tipo de amor nos conmovió.

Es interesante pensar en ver aquella fuerza actuar entre amigos, es decir. ¿Por qué pareciera que para Hollywood y la cultura mainstream la amistad conmueve menos que el romance? ¿Es necesariamente menos intensa esa fuerza?

Es cierto que existen miles de textos, series y películas que hablan sobre la amistad, pero no son el primer bastión de las ventas. Aunque la amistad salve al mundo en una serie de Netflix, amistad no es un género literario ni cinematográfico como tal. ¿Por qué el romance no deja al amor jugar más con otros conceptos? ¿O por qué debe ser siempre protagonista? Habría que hacer una estadística de cuánto hablamos y cuánto consumimos de otros tipos de amor en comparación al amor romántico.

¿Y el amor por algo? Por el arte. Por la música. “Amor inhumano” ¿Puede ser un género de cine o la clasificación de una serie? ¿O amor humano por algo? ¿Vocación? ¿O no es lo mismo? Her no cuenta, hay una pretensión de romance.

El afán de poner al amor romántico como protagonista nos está limitando a un universo de belleza más acotado por su hegemonía semántica.

El amor debe ser una fuerza que atraviesa el universo y crea una relación simbiótica entre las entidades en un continuum anorgánico. No importa si está vivo o muerto. Si es un sujeto o una cosa. El amor puede estar allí. Aunque no todo amor sea el mismo tipo de amor. El fenómeno de estar predispuestos a conmovernos por el amor de una madre a un hijo o de dos animales de distintas especies que se cuidan o de un pianista por una pieza musical, es un fenómeno que me viene rondando hace algún texto atrás cuando pensaba en lo que nos conmueve así que pienso que los distintos tipos de amor deben cobrar protagonismo.

Observar al amor como una fuerza cósmica que actúa sobre todo hace más interesante ver sus consecuencias en el mundo y hace al mundo más bello. O más oscuro incluso. ¿No infunde terror el fantasma de un amor que no fue? ¿O de una amistad que murió? ¿O no nos es terrible la pérdida de un objeto amado? No es que el amor desaparezca. El miedo, el dolor, la oscuridad, es porque el amor sigue presente. ¿Quién le permitió a la gente llamar desamor al dolor que el amor produce si está más presente que nunca?

Hay que empezar a nombrar el deseo de presenciar otros tipos de amor. Para darle una vuelta de tuerca, podríamos buscar una palabra equivalente a shippear pero sin el componente romántico. Con algo de suerte, podríamos viralizarla, para que el amor encuentre nuevas formas de jugar con otros conceptos. El amor necesita más formas y palabras. No dejemos que muera en el romance.

 

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