Por Marcela Zadoff.
«Toda vida verdadera es encuentro.»
Martin Buber, Yo y Tú (Ich und Du), 1923.
Desde tiempos antiguos, distintas sociedades se han dado leyes para regular la conducta individual y afrontar un desafío mucho más complejo, convivir sin destruirnos unos a otros. Al trascender la mera individualidad, construyen instituciones, fortalecen comunidades y desarrollan valores compartidos que hacen posible la vida en común. Entre esos valores, el respeto ocupa un lugar central en las reflexiones de Byung-Chul Han sobre las relaciones contemporáneas.
La escritura permite transmitir ideas y conservar experiencias colectivas. Las leyes forman parte de ese patrimonio cultural, mediante el cual las sociedades procuran organizar y mejorar su convivencia. Son construcciones que se elevan sobre cimientos elaborados durante siglos, muchas veces inadvertidos. Sólo cuando aparecen grietas sentimos la necesidad de descender hasta sus bases y preguntarnos qué las sostiene.
La reflexión de Han invita precisamente a ese ejercicio. Su preocupación por el respeto trasciende los modales y la cortesía. Advierte una progresiva erosión de las formas de reconocimiento mutuo que sostienen la vida compartida y la convivencia democrática.
La advertencia adquiere especial relevancia si la situamos frente a una historia de casi cuatro mil años durante la cual distintas culturas intentaron establecer límites a la violencia. Ese recorrido estuvo atravesado por conflictos, exclusiones y retrocesos. Sus respuestas permiten reconocer, aun dentro de sociedades profundamente desiguales, una preocupación persistente por las condiciones de la convivencia.
Uno de los testimonios más conocidos de esa búsqueda es el Código de Hammurabi, redactado en Babilonia alrededor del siglo XVIII antes de nuestra era. Se trata de uno de los cuerpos legales más antiguos que han llegado hasta nosotros. Suele recordarse por la llamada ley del talión, resumida en la expresión «ojo por ojo, diente por diente». Vista desde la sensibilidad contemporánea, la fórmula puede parecer brutal. Sin embargo, también expresaba un criterio de correspondencia entre el daño y la respuesta.
La represalia quedaba sometida a una medida establecida. Incluso quien había sido perjudicado debía sujetarse a ciertas reglas. El código respondía a una sociedad jerárquica y sus penas variaban según la condición social de las personas, por lo que sería inexacto atribuirle nuestra concepción de igualdad. Podemos reconocer allí, con esas limitaciones, un esfuerzo por someter el conflicto a un orden jurídico.
La importancia de esa experiencia reside también en una pregunta que continúa acompañándonos. ¿Qué límites deben imponerse a la fuerza y a la reacción de quien se considera agraviado? La convivencia requiere restricciones que alcancen a nuestras propias acciones.
La tradición judía dio una formulación especialmente influyente a la responsabilidad hacia el semejante. La obediencia a la ley se vinculó con una exigencia ética que comprometía el trato cotidiano y la relación con los demás.
Una antigua tradición relata que un hombre pidió al sabio Hillel que resumiera toda la Torá mientras permanecía sobre un solo pie. El rabino respondió, en una formulación que podemos expresar así, que no debemos hacer al prójimo aquello que detestamos para nosotros mismos. El resto es comentario y exige estudio.
La anécdota condensa una ética de la reciprocidad que atravesó siglos de pensamiento y conserva una extraordinaria vigencia. El respeto mutuo implica reconocer en los demás los límites y las consideraciones que reclamamos para nosotros. En el Levítico, capítulo 19, versículo 18, encontramos otro mandato fundamental.
«Ama a tu prójimo como a ti mismo».
Allí aparece una de las ideas más influyentes de nuestra tradición cultural. El reconocimiento del semejante compromete nuestra conducta y sitúa la responsabilidad moral en el centro de la convivencia.
El cristianismo heredó esa enseñanza y contribuyó a extenderla por Occidente. Jesús colocó el amor al prójimo en el centro de su prédica y otorgó especial atención a quienes ocupaban lugares de vulnerabilidad y exclusión. La relación con los demás adquiría así una exigencia que alcanzaba incluso a quienes quedaban fuera del propio círculo.
Desde este espacio proponemos una lectura social de esa tradición. La multiplicación de los panes y los peces ofrece una poderosa imagen de comunidad. Frente a la acumulación, la escena permite pensar el valor de compartir y la responsabilidad por las necesidades ajenas. Su fuerza reside también en esa posibilidad de reconocer una preocupación colectiva allí donde podría imponerse la indiferencia.
El Derecho romano, por su parte, desarrolló categorías e instituciones que dejaron una profunda huella en la tradición jurídica posterior. Gran parte de los códigos civiles contemporáneos son herederos de aquella experiencia. Roma también fue una sociedad esclavista, atravesada por fuertes desigualdades. Su legado permite comprender tanto la capacidad del derecho para organizar relaciones sociales como las limitaciones de cada orden histórico. Las instituciones pueden preservar principios compartidos y también consolidar privilegios.
Las revoluciones constitucionales y, posteriormente, la Declaración Universal de los Derechos Humanos ampliaron el reconocimiento de la dignidad humana. Se afirmó la aspiración de que toda persona fuera titular de derechos con independencia de su religión, nacionalidad o posición social. Su realización efectiva necesitó luchas y transformaciones que continúan hasta nuestros días.
Mirada en conjunto, esta historia puede leerse como una construcción conflictiva de los fundamentos éticos y jurídicos del respeto mutuo. La democracia necesita sostener y ampliar esos fundamentos.
Por eso resulta importante comprender el alcance de los totalitarismos. Para imponer la supremacía de una raza, una ideología o un liderazgo absoluto, necesitan negar la condición de semejante de quienes convierten en enemigos. Actúan como una gigantesca bola de demolición contra las bases de la convivencia democrática.
La democracia supone igualdad ante la ley y reconocimiento del pluralismo. La persecución y la exclusión destruyen esas condiciones. Allí donde determinadas vidas dejan de merecer consideración, se resquebraja el fundamento que sostiene la vida en común.
En este punto adquiere relevancia la reflexión de Byung-Chul Han. Su análisis de la sociedad digital permite examinar una erosión más sutil, incorporada a los hábitos cotidianos.
La exposición permanente modifica la manera en que nos relacionamos. Todo debe ser visible, compartido y comentado. El respeto, entendido como reconocimiento de una distancia necesaria entre las personas, encuentra cada vez menos espacio.
Respetar significa aceptar que el otro no está completamente disponible para nosotros. Existen ámbitos de reserva, de intimidad y de misterio que merecen ser preservados.
Las redes sociales, sin embargo, fomentan la exposición constante. Cada detalle de la vida puede convertirse en contenido. La opinión inmediata reemplaza con frecuencia a la reflexión y la observación desplaza a la comprensión. El espectáculo de Gran Hermano lleva esa lógica a una expresión especialmente visible, espiar se convierte en entretenimiento y la traición eficaz puede ser celebrada como una virtud.
Cuando desaparece la distancia, advierte Han, comienza a debilitarse también el respeto. Las leyes y los derechos pueden seguir vigentes mientras se erosiona la disposición cultural que permite reconocer al semejante en el trato cotidiano.
Recorrer el sendero que nos lleva desde Hammurabi hasta hoy implica examinar las bases de nuestra convivencia, con sus conquistas y contradicciones. Distintas generaciones buscaron responder a una pregunta que permanece abierta. ¿Cómo convivir sin que la fuerza, el odio o el poder destruyan aquello que compartimos?
Las respuestas fueron variando. Las leyes cambiaron, las instituciones se transformaron y el reconocimiento de los derechos se amplió. La pregunta continúa interpelándonos.
Quizá la advertencia de Han consista en recordarnos que una sociedad puede conservar su edificio institucional mientras comienza a olvidar los fundamentos que lo sostienen. El ocaso de los otros aparece cuando dejamos de reconocer una vida propia detrás de aquello que observamos, comentamos y juzgamos.
Y cuando ese reconocimiento se debilita, todo lo demás corre peligro.
Continuará…
