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Cita a ciegas

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Por Leonor Benedetto. 

Se me ha dado por recordarlo en estos días en que cumplo años. También es verdad que, por aquel entonces, por los cuarenta y pocos del siglo que se ha ido, no era común un encuentro con un otro, total desconocido, aunque deseado y percibido. Sabías de mi existencia por evidencias lógicas y por tu participación en el asunto. Pero muy poco más. Aquello era cosa de mujeres y a nadie se le ocurría discutirlo. Ya te enterarás, te decían. 

Pero últimamente se me ha ocurrido preguntarme qué hiciste cuándo te ordenaron que te fueras, que ya te llamarían. ¿Dónde estabas papá, mientras mamá y yo trabajábamos duramente, exhaustivamente, dolorosamente, para acabar felizmente la tarea? Nosotras dos, en casa de la abuela, nada de sanatorios ni médicos, ni siquiera enfermeras. Una matrona sola, Enriqueta, y mamá y yo y la imprescindible abuela. 

Me contaron que no fue breve ni fácil, y que mis tías, varias mujeres en el patio y al unísono, celebraban por anticipado, con nervios y mate y galletas compradas en el barrio, la llegada de ese ser, aún desconocido, al que amarían, juraban, mientras tuvieran vida. 

Pero vos, ¿Dónde estabas? ?En el bar? ¿En el taller? ¿Con tus amigos? ¿Apostaban a adivinar el sexo del recién nacido? ¿Te decían que tenía que ser un varoncito? O en un auto descubierto te fuiste al parque a que te ayudara el viento a pasar ese desconocido instante pleno de dudas, de vida, de deseo. Es posible. 

En plena primavera llegan los barcos cargados de fruta que venden en la orilla y se come sentados en la arena. Años después, y ya en la infancia, repetiríamos el gozoso rito con frecuencia. Nunca se me ocurrió preguntarte cómo terminó aquel día. Sé que al amanecer saludé al mundo con mi primer grito. 

No sé cómo fue nuestro primer encuentro, aunque me gusta pensar que, envuelta en una manta, alguien me colocó en tus brazos, tal vez la abuela, o Enriqueta. Mamá, seguramente, agotada y tranquila, dormiría sonriendo con la misión cumplida. Nunca volví a tener una cita a ciegas papá, la que tuve contigo fue la única. 

Aunque últimamente, reconozco, la he emprendido conmigo y me he dado cuenta de que por largo tiempo he sido para mí una desconocida, o una noticia falsa de mí misma, atribuyéndole a los otros el reclamo de ser de tal o cual manera cuándo en realidad era un no querer ser la verdadera por miedo, por pereza o desconocimiento. 

Gracias por aquel día de espera. Gracias por haberme dejado una caja pequeña de herramientas para ajustar las tuercas cotidianas de la vida terrena. Hoy, en las ciudades, en el campo, en las aldeas, en el planeta todo, amenazan tormentas, pero en el peor momento, y tal cual me lo dejaste escrito en una esquela, la vida vale la pena ser vivida, y es una fiesta.

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