InicioCuentoEl estigma

El estigma

Publicado el

Por Daniel Posse. 

El viaje en el ómnibus interurbano era un rito de descompresión y de pavor que se repetía cada mañana de invierno de mil novecientos ochenta y cuatro. Sentado junto a la ventanilla empañada, el adolescente sentía cómo el aire pesado de Santa Ana, impregnado de esa humedad rancia que todavía exhalaban los sótanos de la destilería muerta, se iba disolviendo a medida que la ruta avanzaba hacia las calles ajenas de Aguilares. En su mochila de lona cargaba los manuales ajados y los cuadernos de espiral, pero el verdadero peso que le doblaba la espalda era el origen. Venir de Santa Ana en esos años, cuando las chimeneas derribadas eran apenas muñones de ladrillo frente a la montaña y el canibalismo industrial ya había terminado de desguazar los últimos galpones, significaba portar una marca invisible pero olfativa. Por más que se lavara con jabón blanco antes de salir de su casa, sentía que la llanura y el pedemonte de la miseria se le quedaban pegada en los puños del guardapolvo, como un polvillo de caña quemada que el viento del oeste se encargaba de esparcir por el asfalto.

Cruzar el umbral del Colegio Nacional Nicolás Avellaneda, en Aguilares, era ingresar a un territorio hostil gobernado por un orden oligárquico que lo miraba desde arriba. En los pasillos de techos altos y baldosas calcáreas, las risas locales se cortaban cuando él pasaba. El estigma no dependía de los rasgos biológicos, sino del suelo de donde venía. Él tenía la piel clara y el pelo rubio heredado de algún colono perdido en las antiguas colonias agrícolas, pero la geografía de las ruinas azucareras anulaba cualquier blancura. Ocurrió en la galería principal del colegio, antes de entrar a la clase de Instrucción Cívica, cuando rozó sin querer el hombro de uno de los alumnos distinguidos de la ciudad. El chico se dio vuelta despacio, sacudiéndose la campera azul con un desprecio coreográfico, y lo midió de arriba abajo antes de escupirle la sentencia:

—Fíjate por dónde caminas, negro.

La palabra resonó en el patio cubierto con una naturalidad que helaba la sangre. En las aulas del Nacional de Aguilares, ese insulto no nombraba un color de piel; estaba resignificado por el odio de clase, era el epíteto con el que la opulencia urbana bautizaba el barro, las ollas populares y el rastrojo de los pueblos desmantelados. Ser «negro» era un diagnóstico de carencia, la certeza de pertenecer a una familia de peladores de caña que deambulaba por las colonias desiertas sin un jornal fijo, una categoría social que castigaba la procedencia de la pobreza rural.

En el salón, las miradas de los compañeros y de los mismos profesores se volvían afiladas, cargadas de una compasión que lastimaba más que el desprecio. El silencio que se producía cuando él pasaba al estrado a dar una lección era denso, un murmullo agónico donde flotaba la sospecha de su incapacidad, como si el cerebro de un hijo de obreros estuviera moldeado únicamente por el sopor de la siesta o el pavor ancestral a los mitos del ingenio cerrado. Él se sabía mirado como una anomalía, un intruso que intentaba robarse el lenguaje de los doctores en las vitrinas de una institución que le quedaba grande.

El estigma se volvía físico durante los recreos, bajo la luz gris de los inviernos ochenteros, donde el resplandor de los guardapolvos blancos ajenos parecía más limpio, más distante de la tierra seca de los campamentos agrarios. Soportaba el escrutinio diario con los dientes apretados, sintiendo en su timidez tucumana y en su tartamudeo durante las lecciones el desdén del colegio, una exclusión sutil donde nadie lo tocaba, pero todos lo aislaban en los rincones del patio, donde cumplía la sentencia en una invisibilidad cerrada. Al caer la tarde, cuando la campana final anunciaba la tregua en Aguilares y caminaba hacia la salida, el adolescente miraba el perfil azul de los cerros hacia el oeste. Sabía que debía regresar al feudo de las ruinas y a la soledad de su casa natal, pero en ese desamparo encontraba una victoria: el Nacional podía marcarlo con el hierro de la miseria, pero el coloso y el mito dormido de Santa Ana le había templado la sangre para resistir la mirada de sus verdugos y de sus cómplices.

últimas noticas

Lo que todavía puede pasar

Por José Mariano.  «Debajo de los adoquines, la playa». Consigna del Mayo Francés. Hay que trabajar, pagar,...

Los príncipes de la República

Por Fernando Crivelli Posse. “La Nación Argentina no admite prerrogativas de sangre, ni de nacimiento:...

Crónica de una muerte anunciada

Por Enrico Colombres. “La experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan”.  Rodolfo Walsh. Hay promesas que...

Tsunami en el norte

Por Fabricio Falcucci. La noche del 3 de noviembre el mapa político de Estados Unidos...

Más noticias

Lo que todavía puede pasar

Por José Mariano.  «Debajo de los adoquines, la playa». Consigna del Mayo Francés. Hay que trabajar, pagar,...

Los príncipes de la República

Por Fernando Crivelli Posse. “La Nación Argentina no admite prerrogativas de sangre, ni de nacimiento:...

Crónica de una muerte anunciada

Por Enrico Colombres. “La experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan”.  Rodolfo Walsh. Hay promesas que...