Por Daniel E. Petasne.
-Sabía que algún día lo traicionaría- le dijo el hombre del sobretodo a Margot.
Él está más preocupado en cómo despedazar la medialuna de manteca con sus dedos gordos y pegoteados por el almíbar de la fatura, que por confesarle un horrible asesinato.
Le había pedido a la moza que pusiera un poquito de leche en el café, pero vino como siempre, muy rebajado e intomable. Él no comprende esta costumbre gastronómica de llenar con espuma de leche el jarrito de café y encima, dibujarle un corazón.
-Así nunca se sabe lo que hay en el fondo. Parece el encubrimiento de un crimen – dice hinchando su pecho de la risa y dejando ver sus dientes y el chaleco peligrosamente abotonado.
A Margot no se le mueve ni una de las lentejuelas del vestido.
A dos mesas de distancia, frente suyo, hay una mujer que lo mira o que tiene la mirada perdida en su dirección. Su pareja no le habla. El hombre del sobretodo escruta la espalda del susodicho como si de la contextura física pudiera conjeturar sus pensamientos.
Siempre lo pone nervioso que alguien lo observe comer. No se considera un desclasado, mantiene todavía sus modales y los años no han logrado borrar actitudes, los gestos necesarios para que los otros no se espanten y vean el monstruo que habita en él.
Margot, para quien la vida tiene el precio del silencio, recuerda.
El comisario Chaves notó un tono grave, casi ahogado en la voz del hombre del sobretodo cuando lo llamó por teléfono aquel domingo, pero nada le hizo presumir lo que iba a suceder. El hombre del sobretodo lo llamaba cada vez que necesitaba una mujer. Se citaban en el bar, éste le pagaba por anticipado y él le daba la dirección. El quiosco de la prostitución funcionaba aceitado. Nadie sospechaba de él. Y si lo hacían, no tenían pruebas.
-Muy sencillo – le dijo al hombre del sobretodo la primera vez que se conocieron. Luego, ya fue rutina y casi no se hablaban.
Chaves esperaba el texto de la puta de turno, avisando que todo estaba bien y le mandaba otro cliente. Al final del día, la levantaba en cualquier esquina simulando una detención y ésta le pagaba en mano. A veces con un servicio extra. Al comisario no se le conocía mujer.
Algo extraño le había contado Margot la última vez que estuvo junto al hombre del sobretodo. Le contó que ni siquiera la tocó. Sólo se sentó al borde de la cama con la cabeza entre las manos, sollozando. Fue entonces cuando le confesó que había vendido a un amigo. Que lo había hecho por celos. Que andaba caliente con su mujer. Que su amigo tenía deudas de juego y lo buscaban para apretarlo y cuando le preguntaron dónde estaría tal día, no lo dudó, vio la oportunidad y les dio el horario de servicio. Nada más. Ella lo miró con los ojos bien abiertos. ¡Nada más! gritó. Margot trató de calmarlo, pero él la apartó violentamente con su brazo.
Eso fue hace una semana. El comisario Chaves lo sabía porque era el tiempo que tardaban los camioneros entre que iban y volvían del servicio en el puerto. Dos días para ir, dos días para la carga, dos días para regresar y dejarle la coima, para que él les permitiera seguir circulando. Otro quiosco. Dicen que en la diversidad está la diversión.
El hombre del sobretodo era de venir al bar los domingos por la noche y sentarse en la misma mesa con Chaves. Siempre el mismo día, todas las semanas, a la misma hora y quería la misma mujer.
Este domingo, Margot, luego del servicio, se animó a preguntarle.
– ¿Y qué le pasó a su amigo? – imaginándose una golpiza y amenazas para que pague lo debido.
– Mi amigo está muerto, saldrá en los diarios- fue su lacónica respuesta.
Ella se estremeció.
Dos tipos se acercaron a Chaves. El comisario los miró como si los conociera y los invitó una copa. Conversaron unos minutos y luego le pidieron que los acompañara. El auto arrancó suavemente y desapareció en la noche.
Más tarde, el hombre del sobretodo ocupó el mismo lugar en esa mesa junto a Margot que ahora sonríe.
