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La memoria de la tierra y las palabras

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Por Daniel Posse.

Entrevista a Hilda Angélica García

D.P. —Su producción literaria supera los 18 títulos abarcando poesía, narrativa y ensayo. ¿Cómo conviven y se nutren estos géneros dentro de su proceso creativo diario?

H.A.G. —Yo me siento feliz en la poesía y de ahí parto hacia otras formas expresivas. Se trata de asentar la mirada en otros para poder decir lo que se siente, de observar lo nos conmueve. A veces me detengo en el lenguaje, otras en las emociones y muchas veces en el humor o la ternura. Todo fluye. Creo que no hay fronteras entre los géneros.

D.P. —Tras décadas de regalarnos poesía y cuentos, publicó recientemente su primera novela, La Finadita (2024). ¿Qué la impulsó a buscar el formato largo de la novela en este momento de su carrera y qué desafíos le planteó?

H.A.G. —Soy una lectora compulsiva de novelas, pero a ese formato no lo he buscado para escribir. Se me dio naturalmente. Sentía una urgencia de contar esta historia de “La Finadita” y a lo largo del tiempo la obra se fue configurando. Los personajes entraban y salían de Saujil de Tinogasta, un pequeño pueblo viñatero del oeste catamarqueño al que conozco por dentro y que me atrapó con su magia y su visión de mundo. Además lo ubiqué en los años cincuenta, en un tiempo venturoso de vivencias y trabajo.

D.P. —En obras suyas como Sucedidos en Saujil o Pedro Gaveta y otros relatos catamarqueños, se nota un fuerte trabajo de «alquimia literaria» sobre el patrimonio colectivo y la memoria popular. ¿Cómo logra el equilibrio entre documentar los mitos de su pueblo y ponerles su sello poético personal?

H.A.G. —Todo aquí se me ha dado naturalmente- Cada vez que un personaje nombra o refiere un mito estos se cargan de misterio, de asombro, de fe, de gracia. El equilibrio emerge sin que me lo proponga, quizás porque es parte de mi acervo cultural y del de mi tierra. Todos somos parte de la memoria que nos atraviesa, y esa me memoria es parte esencial de nuestro patrimonio colectivo.

D.P. —Con La Finadita (2024) usted cierra una especie de trilogía narrativa ambientada en Saujil, pero esta vez con la complejidad de una novela que combina el misticismo del pueblo con el suspenso casi policial. ¿Cómo fue el proceso de construir a esta protagonista que transita entre el mundo de los vivos y los muertos, y qué siente que le permitió la novela que no había podido explorar antes en sus relatos breves?

H.A.G. — Es que esta trilogía o por lo menos las primeras dos primeras partes de esta narrativa me fueron preparando el terreno para esta novela. Esas partes fueron las que fue la que me abrieron el camino para contar la historia de La Finadita, que si bien es el eje del relato; el protagonista es el pueblo con sus actitudes, creencias, actividades y convicciones. El pueblo amplió mis posibilidades narrativas.

D.P. —Su carrera de escritora inició formalmente con la publicación de Después, volver en 1967. Si pudiera mirar a los ojos a la Hilda de esa época, ¿qué cree que diría ella del camino recorrido y de la Catamarca que hoy retrata?

H.A.G. — Ese sendero y ese andar se iniciaron en mi infancia. Comencé a escribir desde muy pequeña. En mi casa teníamos un gran biblioteca que era de mi tío Eduardo, profesor de Literatura y periodista. Aprendía de memoria las poesías, las recitaba frente al espejo y luego en la escuela. Desde entonces escribía. En el año 1967 con Después, volver, que fue mi primer paso. No deje de andar Ahora he cumplido mis sueños de escritora con dieciocho libros publicados, pero siento que todavía tengo un largo camino a recorrer. Le diría que —cuanto has recorrido Hilda—, y que ese camino estuvo lleno de recovecos, de curvas, de sentimientos, pero que lindo que fue ese camino, y que lo volvería a hacer, porque en él conocí amigos y seres que fueron y son importantes en mi vida y en mi hacer.

D.P. —En su libro Luciérnaga en las hojas se adentró en la estructura del haiku. ¿Cómo fue la experiencia de adaptar una forma poética tradicional japonesa tan estricta para capturar los paisajes y la esencia del norte argentino?

H.A.G. — Un día me propuse terminar mi novela pero cuando habilité un cuaderno para hacerlo, comenzaron a caer haikus así salió Luciérnaga en las hojas. Sucede que en los años setenta dirigía la página cultural del Diario La Unión y recibíamos el material que enviaban las embajadas, también la japonesa y yo hacía notas sobre la cultura en Japón. Desde entonces me sentí ligada a esa experiencia. El paisaje catamarqueño está integrado a mi vida, de ahí mis haikus.

D.P. —Como presidenta de la SADE filial Catamarca, usted ha señalado que existe una valiosa camada de autores jóvenes produciendo y editando en la provincia. ¿Cuáles son los temas o las búsquedas estéticas que nota en esta nueva generación?

H.A.G. — En Catamarca se mueve una interesante generación literaria que refleja los modos de las realidades, voces que nombran las contingencias de la vida y también la belleza del paisaje. Hay, permanente, una búsqueda de respuestas que justifique el manejo de la palabra y una vuelta a la lectura de los grandes autores catamarqueños como Luis Franco. La temática es diversa y el tiempo va ubicando a cada autor en su espacio.

D.P. —Usted ha sido una gran defensora del legado de figuras centrales de la literatura local, como Luis Franco, asegurando que su obra se estudia y se mantiene viva. ¿Qué le falta a la literatura catamarqueña para romper el aislamiento y tener un mayor peso en el canon nacional?

H.A.G. — La literatura catamarqueña ha dado al país y al mundo escritores notables como Franco, Juan Oscar Ponferrada, Carlos B, Quiroga, José Horacio Monayar, Jorge Paolantonio, Leonardo Martínez, entre tantos. Todos ellos tienen en común el tema de la tierra en paisaje y espíritu. Creo que ese es el camino a transitar. Pero creo que el falta quizás que los nuevos escritores puedan publicar y acceder y quizás que sus producciones transciendan las fronteras, porque el nivel de muchos escritores es de muy alta calidad. 

D.P. —Además de escritora, usted es docente, conferencista y gestora de ciclos culturales como «De Artes y de Partes». ¿De qué manera la docencia y el contacto directo con la comunidad enriquecen su sensibilidad al momento de sentarse a escribir?

H.A.G. — Mis alumnos, mis amigos, los vecinos, toda persona que se acerca o asoma a mi existencia, contribuyen a mantener alerta mi sensibilidad. Todo ser humano que me encuentro en mi camino se hace parte de mi escritura, a veces de forma directa y otras no. Es que mi sensibilidad se nutre desde el afecto. Siempre estoy alerta de lo que sucede, observo, miró, espero.

D.P. —La crítica suele remarcar que su poesía es la fuente decantada de la que nacen sus relatos. ¿Se considera una poeta que a veces escribe prosa, o siente que el ritmo poético es algo inevitable en todo lo que produce?

H.A.G— Creo que la poesía podría vivir sin mí, pero yo no podría vivir sin poesía. No la busco pero siempre la encuentro, la necesito. Y ese proceso que es vivir con la poesía, es que nacen mis relatos, como otra forma de poder expresarme y sobre todo con esas ganas profundas que tengo de contar.

D.P. — Catamarca posee una geografía imponente, texturas y silencios muy particulares. Si tuviera que definir su provincia usando solo una metáfora o una imagen recurrente de sus libros, ¿cuál elegiría?

H.A.G. — Una imagen es siempre una síntesis afectiva, un esfuerzo de percepción integradora de un ambiente social y geográfico, de una historia. Catamarca tiene alma y voz abierta a la esperanza. Catamarca es para mi imagen, cuerpo, alma. No puedo estar sin ella, no puedo dejar de dibujar palabras que la cuenten. Yo soy parte de su geografía, la respiro, la hábito, la vivo.

 

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