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Lo que todavía puede pasar

Publicado el

Por José Mariano. 

«Debajo de los adoquines, la playa».
Consigna del Mayo Francés.

Hay que trabajar, pagar, llegar. Si no alcanza, habrá que esforzarse un poco más. Si el cuerpo protesta, aprender a manejar el estrés. La vida viene así y uno tiene que adaptarse. Lo escuchamos tantas veces que aprendimos a repetirlo de memoria. Aceptarlo parece confirmar que hemos entrado en la edad de la razón.

Porque podemos aceptar que trabajar no alcance para vivir, que conseguir una casa se vuelva una fantasía, que el cansancio sea una condición permanente. Pero interrumpir ese tránsito, eso sí exige explicaciones. Tenemos bastante bien organizado lo que nos escandaliza.

En estas últimas semanas hubo movilizaciones en Francia, Alemania, Italia, España, Portugal, Bélgica, Austria, Grecia, Albania, Serbia, Suiza y el Reino Unido. En Estados Unidos, México, Guatemala, Paraguay, Chile, Colombia y Venezuela. En India, Bangladés, Pakistán e Indonesia. En Túnez y Kenia. También aquí. Las causas son distintas, las demandas incluso pueden contradecirse. Pero las imágenes llegan juntas, se cruzan en nuestras pantallas, vuelven difícil mirar cada protesta como un episodio aislado. Algo se está moviendo en muchos lugares al mismo tiempo. Quizás al reconocer esa extensión empiecen a volverse visibles contradicciones que, dentro de nuestra rutina, aprendimos a sobrellevar como si fueran condiciones inevitables de la vida.

Mientras esa discusión gana la calle, la vida sigue cobrándonos puntual. Llegan las cuentas, se acumulan las deudas y las plataformas registran nuestros movimientos para ofrecernos algo más. Si te cuesta dormir, hay una aplicación que te dice cuánto dormiste. Si te falta tiempo, otra te ayuda a organizarlo. Sobre el tiempo que nos falta para vivir se levanta un mercado entero de soluciones. Y si ni así alcanza, siempre queda la sospecha de que estamos haciendo algo mal.

Hay algo sumamente cínico en una época que nos exige reinventarnos todos los días mientras presenta su propia organización como intocable. Vos tenés que cambiar. Capacitarte, actualizarte, volverte flexible. Con el tiempo aprendés a apurarte sin que nadie te apure. Hasta el descanso empieza a parecer una manera de llegar en mejores condiciones al lunes.

Pero cuando salís y encontrás a otros diciendo lo mismo, descubrís que los malabares para pagar el alquiler forman parte de una dificultad compartida. Aparecen decisiones, intereses, reglas que hasta entonces quedaban fuera de la conversación. Con gente a la que ayer apenas saludabas, empezás a preguntarte quién decide las condiciones en las que vivimos.

Nuestra época empieza a reconocerse como insuficiente.

Lo que se abre con ese malestar sigue en disputa. El hartazgo también puede llevarnos a aceptar que alguien señale un culpable y prometa poner orden. Una explicación conocida puede traer alivio justo cuando las anteriores empiezan a perder fuerza. Pensar cómo podríamos vivir juntos nos deja frente a preguntas para las que todavía estamos buscando palabras.

Tratamos de encontrar respuestas en nuestra experiencia. Lo que se parece a lo vivido resulta creíble, incluso cuando anuncia algo peor. Lo que se aparta de ese recorrido parece ingenuo, improbable, ajeno a la realidad. Así, el futuro va tomando la forma de lo que ya conocemos, aunque el presente esté abriendo posibilidades que nuestras certezas dejan afuera.

Algunas de esas posibilidades ya las estamos viviendo y seguimos tratándolas como anécdotas. Una forma de colaborar en la que dejamos de competir. Un encuentro después del cual empezamos a desear una vida que hasta entonces ni se nos había ocurrido. Una tarea compartida que nos descubre capacidades que desconocíamos. Después regresamos a nuestras certezas y decretamos que la gente es así, que cada uno se salva como puede.

Convivimos con aquello que desmiente nuestras sentencias. Por eso nos apresuramos tanto a llamarlo excepción. Si le concediéramos consecuencias, tendríamos que revisar bastante más que una opinión.

Debajo de los adoquines, la playa. La frase altera el suelo de lo evidente. Esa superficie fue construida, pieza por pieza. También nosotros la sostenemos cada vez que confundimos sus límites con los límites de lo posible.

Ahora hay gente deteniéndose sobre ese suelo, reuniéndose, discutiendo qué hacer con él. Todavía no sabemos qué va a salir de ahí. Podemos seguir mirando las imágenes hasta que aparezca otra noticia. Podemos explicarles a quienes marchan que las cosas son más complicadas de lo que creen.

También podemos dejar de usar nuestra experiencia para enseñar a otros a resignarse. Ya conocemos bastante bien esta vida. Lo que todavía puede pasar necesita que hagamos algo con todo lo que sabemos, además de justificar por qué seguimos aceptándola.

Todavía queda playa debajo de nuestros pies.

 

 

Esto es Fuga. 

Edición 75. 

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