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La verdad después de los cristales rotos

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Por Marcela Zadoff.

“La indiferencia es siempre amiga del enemigo, porque beneficia al agresor, nunca a su víctima.”
Elie Wiesel
The Perils of Indifference (Los peligros de la indiferencia), discurso en la Casa Blanca, Washington D.C., 12 de abril de 1999. [americanrhetoric.com], [history.hanover.edu]

A pocos días de cumplirse ochenta y ocho años de la Noche de los Cristales Rotos, la triste conmemoración reitera con dolor uno de los episodios más decisivos y reveladores del siglo XX. No sólo porque aquella noche del 9 al 10 de noviembre de 1938 marcó un punto de inflexión en la persecución de los judíos bajo el régimen nazi, sino porque expuso un mecanismo político cuya vigencia no ha desaparecido: la transformación de una violencia organizada desde el poder en una aparente reacción espontánea de la sociedad.

La Kristallnacht suele evocarse a través de la imagen de las vidrieras destrozadas que cubrieron las calles de las principales ciudades de Alemania y Austria. Pero detrás de aquellos cristales rotos hubo mucho más que daños materiales. Más de mil sinagogas y casas de oración fueron incendiadas o destruidas, miles de comercios judíos fueron saqueados, decenas de personas fueron asesinadas, centenares resultaron heridas y cerca de treinta mil hombres judíos fueron arrestados y enviados a campos de concentración. Las calles amanecieron cubiertas por toneladas de cristales rotos procedentes de escaparates, ventanas y vitrinas. De allí surgió el nombre con el que aquel acontecimiento pasaría a la historia.

Sin embargo, los vidrios destrozados ocultaban otra destrucción menos visible y quizás más peligrosa: la destrucción de la verdad.

La persecución no comenzó aquella noche. Desde la llegada de Adolf Hitler al poder en 1933, los judíos alemanes habían sido sometidos a una política creciente de exclusión. Los boicots a los comercios, la expulsión de numerosos profesionales de la administración pública, las restricciones educativas y las Leyes de Núremberg de 1935 fueron reduciendo progresivamente sus derechos. El objetivo era apartarlos de la vida nacional. Pero en noviembre de 1938 el régimen dio un paso más. La discriminación legal y económica dejó de ser suficiente. La violencia física pasó a ocupar el centro de la escena.

El pretexto fue el asesinato del diplomático alemán Ernst vom Rath en París a manos de Herschel Grynszpan, un joven judío de origen polaco cuya familia había sido expulsada de Alemania. La noticia fue inmediatamente utilizada por Joseph Goebbels para desencadenar una campaña de represalias que ya se encontraba en sintonía con la radicalización antisemita impulsada desde los más altos niveles del régimen. La muerte de vom Rath proporcionó la excusa perfecta para presentar como reacción emocional lo que en realidad constituía una decisión política.

Durante años, la versión oficial nazi intentó instalar la idea de una explosión espontánea de ira popular. La realidad fue muy diferente. Las investigaciones históricas posteriores demostraron que los ataques fueron coordinados desde las estructuras del propio Estado. Las SA, las SS y las Juventudes Hitlerianas actuaron siguiendo instrucciones precisas. La policía recibió órdenes de no intervenir para proteger a los judíos. Los bomberos debían evitar que los incendios alcanzaran propiedades vecinas, pero no salvar las sinagogas. Los ataques se produjeron de manera simultánea en numerosas ciudades alemanas y austríacas. Nada tenía de espontáneo lo que estaba ocurriendo.

Entre las fuentes consultadas para comprender el significado histórico de aquellos acontecimientos se encuentra el historiador Efraím Zadoff, uno de los más reconocidos especialistas en historia de la Shoá. Zadoff participó además como editor de la Enciclopedia del Holocausto, una de las obras de referencia más extensas dedicadas al estudio del exterminio de los judíos europeos durante el régimen nazi. Su análisis coincide con el consenso historiográfico contemporáneo: la Kristallnacht no fue una reacción popular improvisada, sino una acción organizada, coordinada y promovida desde las propias estructuras del poder nazi.

La importancia de esta precisión histórica excede el terreno académico. Porque la gran mentira de la Noche de los Cristales Rotos no consistió en negar la violencia. Nadie podía negar lo que estaba ocurriendo. Las llamas iluminaban las ciudades. Los comercios eran saqueados a plena vista. Las detenciones se realizaban públicamente. La mentira consistió en atribuir aquella violencia a una reacción espontánea de la sociedad y no a una decisión tomada desde el Estado. Es preciso cuestionarnos, ante la vigencia de la violencia social y callejera en nuestros días, su verdadero origen.

Los totalitarismos rara vez actúan de otra manera. No sólo organizan la agresión. Organizan también el relato de la agresión. Necesitan convencer a la población de que aquello que ha sido diseñado desde arriba surgió naturalmente desde abajo. Necesitan transformar una orden en una reacción, una estrategia en una emoción colectiva, una persecución en una aparente expresión de la voluntad popular.

La Noche de los Cristales Rotos fue, en ese sentido, una lección temprana sobre el funcionamiento de la propaganda moderna. El régimen nazi comprendió que la violencia masiva requiere una narrativa que la legitime. Antes de destruir edificios, era necesario destruir los límites morales que impedían su destrucción. Antes de señalar a las víctimas, era necesario convencer a la población de que esas víctimas constituían una amenaza. Antes de romper los cristales, era necesario romper la verdad.

Lo ocurrido después de noviembre de 1938 confirmó que se trataba de un punto de no retorno. Los judíos fueron obligados a pagar los daños producidos por sus propios agresores mediante una multa colectiva impuesta por el Estado alemán. Miles de empresas cambiaron de manos. Se aceleró el proceso de expulsión de los judíos de la vida económica y social. La violencia dejaba de ser excepcional para convertirse en un instrumento normalizado de gobierno.

Para Efraím Zadoff, la Kristallnacht representa precisamente ese momento de ruptura. No sólo por la magnitud de la destrucción material ni por la cantidad de víctimas, sino porque mostró con absoluta claridad la disposición del régimen a utilizar la violencia abierta como herramienta política. Lo que hasta entonces había permanecido parcialmente encubierto quedó expuesto ante toda la sociedad alemana y también ante el mundo.

La noche del 9 al 10 de noviembre de 1938 marcó el triunfo de la violencia sobre el derecho. Menos de un año después, la invasión de Polonia desencadenaría la Segunda Guerra Mundial. Vista en perspectiva, la Kristallnacht fue una advertencia de hasta dónde estaba dispuesto a llegar el régimen nazi. La persecución se radicalizaría hasta desembocar en la Shoá, el exterminio sistemático de los judíos europeos mediante una maquinaria estatal de deportación y asesinato masivo. Muchos no comprendieron aquella advertencia en toda su dimensión; otros prefirieron ignorarla.

La tibia reacción de las naciones europeas ante el genocidio armenio (1915), también  puede leerse como antecedente directo del Holocausto nazi. Porque cuando el régimen organizó la Noche de los Cristales Rotos en noviembre de 1938, las condenas internacionales existieron, pero tampoco produjeron consecuencias equivalentes a la gravedad de los acontecimientos. Hubo protestas diplomáticas, expresiones de repudio y una amplia cobertura periodística. Sin embargo, ninguna potencia estaba dispuesta a intervenir de manera decisiva para frenar la radicalización del nazismo. La lección que pudo extraerse de aquella pasividad era peligrosa: la violencia contra minorías podía generar indignación, pero no necesariamente una respuesta capaz de detenerla.

La indiferencia de la que habla Elie Wiesel no siempre adopta la forma del silencio absoluto. A veces se manifiesta como una condena moral que no se transforma en acción. La historia del siglo XX muestra que los genocidios y las persecuciones masivas no sólo dependen de la voluntad de los perpetradores. También dependen de la insuficiencia de las respuestas de quienes observan cómo se rompen los primeros cristales y creen que el estruendo terminará allí.

Por eso resulta tan importante recordar hoy aquellos acontecimientos. No únicamente como un episodio de la historia del antisemitismo, sino como una advertencia universal acerca de los mecanismos mediante los cuales las sociedades pueden ser arrastradas hacia la violencia. La barbarie no aparece de un día para otro. Se construye lentamente. Comienza cuando se degrada a un grupo humano. Cuando las instituciones dejan de proteger a los ciudadanos. Cuando los responsables políticos identifican enemigos internos. Cuando la indiferencia se vuelve costumbre. Y, sobre todo, cuando la verdad deja de importar.

Toda violencia organizada necesita una primera piedra. Pero también necesita una historia que justifique esa piedra. Necesita convencer a los testigos de que el ataque era inevitable, comprensible o incluso necesario. La Kristallnacht demuestra que los regímenes autoritarios comprenden perfectamente esta dinámica. Saben que una mentira aceptada socialmente puede resultar tan eficaz como un ejército.

A pocos días de un nuevo aniversario de la Noche de los Cristales Rotos, la lección sigue siendo perturbadoramente actual. Defender la verdad no es solamente una tarea de historiadores, periodistas o académicos. Es una responsabilidad cívica. Allí donde la verdad es sustituida por la propaganda, donde los hechos son subordinados a la conveniencia política y donde las mentiras se convierten en explicación oficial de la realidad, comienzan a resquebrajarse los fundamentos mismos de la convivencia democrática. Las fake news no son inocentes ni divertidas. Las pautas de gobiernos a medios y a periodistas tampoco.

Aquella noche de noviembre de 1938 dejó muertos, heridos, detenidos, familias destruidas y ciudades marcadas por el terror. Pero dejó también una enseñanza que conserva plena vigencia: cuando una sociedad acepta como espontáneo lo que ha sido cuidadosamente organizado, cuando confunde la realidad con el relato, ya han comenzado a romperse los primeros cristales. Y la historia demuestra que, una vez que cae la primera piedra, las que siguen rara vez tardan en llegar.

 

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