por José Mariano.
Abandonad toda esperanza, vosotros que entráis
Dante Alighieri, Infierno, Canto III
En La Divina Comedia, Dante no imagina un infierno caótico. Imagina un diseño. Nueve círculos, cada vez más oscuros, más íntimos, más definitivos. El horror no está desordenado, está organizado con un rigor moral implacable. Y en lo más profundo, en el último círculo, no se castiga la lujuria, ni la violencia, ni la herejía. Se castiga la traición.
Ahí, en el centro helado del infierno, no hay fuego, hay hielo. Porque para Dante, lo que verdaderamente corrompe no es el deseo, sino la deslealtad. No el cuerpo, sino la traición a la palabra. Que no irrumpe con violencia, sino que opera en lo oscuro. No necesita escándalo, sino que se va acumulando. Se filtra en pequeños gestos, en silencios calculados, en el desgaste lento de los vínculos. No rompe de un golpe, pero abandona sin aviso. Su fuerza no está en lo que ataca, sino en lo que deja de sostener. Es una ausencia cómoda, una presencia sin compromiso. Una forma de dejar caer sin hacerse cargo de la caída.
Y sin embargo, en este país, los traidores no están en el fondo de nada. Caminan por la superficie. Sonríen en cámara. Hacen campaña. Se reciclan. Hablan en streams para parecer modernos. El infierno ya no es castigo, es una pasarela digital. Bizarra, ruidosa, interminable. Nadie quiere verla, pero ahí está, reconstruyéndose todo el tiempo.
Esto no es un fenómeno nuevo. La traición es uno de los lenguajes estructurales de la política argentina. En 1896, Leandro N. Alem se suicidó convencido de que sus ideales habían sido desfigurados por sus propios aliados. En 1930, civiles y militares que habían jurado lealtad a Yrigoyen lo derrocaron sin temblar. Décadas después, tras la muerte de Perón, la juventud que había sido convocada a renovar el movimiento fue perseguida, exiliada y asesinada por la Triple A en nombre de una “lealtad verdadera”.
En 1995, Carlos Menem lo dijo sin vergüenza, “Si decía lo que iba a hacer, no me votaba nadie.” Lo que hizo fue transformar un programa popular en su reverso, privatizaciones, subordinación internacional, represión. La traición como estrategia, sin culpa ni castigo.
En el 2000, Chacho Álvarez denunció corrupción en su propia coalición y dejó solo a Fernando de la Rúa, que terminaría reprimiendo el estallido del 2001. Poco después, Julio Cobos votó en contra del gobierno que integraba. Su “voto no positivo” quedó como símbolo de una política que se enorgullece de fracturarse a sí misma.
En los últimos años, la traición ni siquiera necesita disimulo. Sergio Massa fue opositor, crítico feroz del kirchnerismo, y terminó como superministro y candidato presidencial de esa estructura. Alberto Fernández fue vocero de Néstor, luego crítico del kirchnerismo, luego presidente designado por Cristina, y finalmente un fantasma sin aliados, sin partido, sin herencia. Su recorrido es una síntesis del sistema, subir con el dedo ajeno, hablar en nombre de ideas que se abandonan en el camino, y terminar en el más absoluto aislamiento… sin que nadie se dé por traicionado.
Porque aquí, al parecer, las traiciones nunca se cobran, simplemente se administran. Javier Milei prometió demoler a la casta. A las pocas semanas, pactaba con los mismos que encarnan todo lo que dijo venir a destruir. Hoy, la casta no solo no desapareció, se consolida como programa. Son los mismos, en cargos distintos. Y aseguran su continuidad dinástica por sangre o conveniencia.
En Tucumán, la escena se repite con naturalidad. Alperovich designó a Manzur como heredero. Manzur después desconoció a Alperovich y apuntaló a Jaldo, que luego negó a Manzur. Todos se acusaron de traidores en cuanto sus intereses dejaron de coincidir. Porque aquí, traicionar no es romper, es aunque suene absurdo, acomodarse mejor.
Y no termina ahí. En vísperas de nuevas elecciones, las internas se agudizan, los bandos se cruzan, los partidos se vacían y reaparecen con otro nombre. La Libertad Avanza se desmanteló a sí misma fiel a esa lógica, y entre vergüenzas y amenazas, desacredita la política mientras se entrega a su forma más cruda. Desde Buenos Aires dictan lo que Tucumán necesita. Y todo sigue como si nada.
Entonces la pregunta no es quién traiciona. Es por qué siempre se puede. Porque hay estructuras que lo permiten, relatos que lo justifican, audiencias que lo olvidan, poderes que lo recompensan. En este país, la traición no interrumpe carreras. De algún modo, las impulsa.
Tal vez ya no nos molesta que nos traicionen. Tal vez aprendimos a convivir con eso como parte de lo cotidiano. Pero hay un costo. La traición repetida, celebrada, institucionalizada, no solo rompe alianzas, rompe la posibilidad de creer. Rompe el tejido de la confianza pública. Rompe el deseo colectivo.
Y mientras tanto, erosiona lo que queda de democracia, profundizando una crisis de representatividad que ya nadie se molesta en negar. La traición que más daño hace no es la que cambia un voto por un cargo. Es la que cambia un horizonte por una conveniencia. La que vuelve impensable cualquier proyecto que no esté subordinado al cálculo inmediato.
Y entonces lo único que queda es cinismo.
El de los que traicionan.
Y el de los que ya no esperan otra cosa.
Dante imaginó un infierno donde los traidores estaban inmóviles, atrapados en hielo, condenados al mutismo de su propia deslealtad.
Nosotros los vemos vibrantes, adaptables, bien vestidos, con presencia en redes y discurso actualizado.
Vivimos en una época sin castigo simbólico.
O tal vez el infierno, simplemente, se mudó de plano. Ya no está abajo. Está acá.
Y lo más inquietante es que no tiene fondo.
Cada semana hay una traición nueva que hace olvidar la anterior.
Cada traidor se convierte, con el tiempo, en referente, en analista, en posible candidato.
Dante se equivocó, el hielo ya no los detiene.
Pero aún queda lenguaje.
Y escribir —aunque sea en la orilla del infierno—
sigue siendo una forma de no callar.
Bienvenido a la Edición 21.
Esto es FUGA.

Buenaaaa, son todos unos cargadores seriales!!!
todos corruptos
Todo muy cierto José!! La sociedad necesita despertar pero no solo con mensajes desalentadores porque sino termina siendo un circulo vicioso donde para que si nada cambiará nunca….Creo que necesitamos también mensajes esperanzadores qué nos alienten a «querer» despertar ,intentemos primero el cambio en la manera de pensar( no tanto negativismo) para poder plasmarlo cada uno de nosotros como sociedad en acciones para mejorar a pesar del entorno
José brillante redacción me encantó la forma que tienes para expresar la cotidianidad en la cual nos enfrentamos.
Destaco lo siguiente que escribiste:
Pero aún queda lenguaje.
Y escribir —aunque sea en la orilla del infierno—
sigue siendo una forma de no callar.
«ROMA no paga a traidores», frase que tiene cientos de años, pero nosotros no aprendemos del pasado ni castigamos (con el voto) a los traidores. Excelente José tus reflexiones sobre nuestra realidad.
Para que existan traidor es debe haber una contraparte que se deja tradicionar. Yo no culparía al si tema sino más bien a la cómoda mansedumbre que adoptamos . No tan solo no hay sanción simbólica , no hay sanción social ni acción alguna que los desenmascare . No generalizaría , wlmproblema es que los quedan afuera de ese concepto no están respaldados por nosotros , los comunes . LO ÚNICO QUE HACE FALTA PARA QUE TRIUNFE EL MAL ES QUE LOS BUENOS NO HAGAN NADA .
Es una visión realista de lo que son los políticos y qué se juega en cada elección : un cargo que ofrece vida cómoda y buena remuneración y sobre todo el poder Cuesta creer que ese entramado encontremos la entrega generosa, lavempatía por el otro, el interés superior de modicar situaciones injustas. Petol más allá y más aquí hay algunos hombres y mujeres de la política que buscan cambios positivos para su ciudad, para su país desee un lugar estratégico donde se puede lograr ese propósito. Quienes ojos ya grandes h hemos visto muchas gestiones. podemos decir wue hubo y hay gente de bien que se dedico y se dedica a la política. El chacho Alvarez fue uno de ellos pero termkno con una tremenda frustración que lo alejaó de l política. Sufrió el «fraude» que señala Dante como jna firma nenos cruel que la traición..
Hoy asistimos, con este gobierno a prácticas de la traición llevada a extremos nunca vistos: y es como un pasó más allá de la traición. Es lo que Ana Arend llama La «Banalidad del mal» el goce del sufrimiento del otro Donde no hay limites morales, es oerversidad en su más cruda expresion. Lo de Dante es una buena metáfora de lo que nos pasa y espero que se cumplan los castigo que se anunciarecuperar la idea de que la justicia es posible y se ejecuta aquí en la tierra.
Agradezco mucho cada lectura y cada palabra que dejaron. Me queda claro que el texto tocó fibras que no son solo mías, sino compartidas. Si algo intenté con El último círculo fue nombrar esa sensación de hartazgo que nos atraviesa, pero también recordar que, aunque el escenario parezca clausurado, siempre queda la palabra como último recurso. Coincido con algo, la traición política no existe sin una sociedad que la tolere, y romper esa inercia es tarea de todos. No se trata solo de señalar al traidor, sino de recuperar la exigencia, la memoria y el respaldo a quienes no se entregan al cinismo. En tiempos donde la banalidad del mal parece naturalizada, resistir empieza por no callar y no acostumbrarse.
Muy bueno una realidad enorme felicitaciones
Excelente nota José, clara, directa, segui escribiendo, hay mucha gente q estamos cansados de toda esta corrupcion y mentiras!
Tremenda columna mi estimado. No dejemos que la traición pase desapercibida y pongámosla en evidencia en cada oportunidad que se pueda. No debemos dejar que su condena pierda vigencia. Impecable, me encantó el escrito.
Exelente Jose, ya no exicte la decencia, se quebro el último anillo y los traidores parecen proceres.