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La lógica de la expulsión

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Por Facundo Vergara.

En estos tiempos están aflorando algunas manifestaciones e indicadores que nos grafican ciertas dinámicas y lógicas organizacionales e institucionales que se están dando en torno a la cuestión ambiental; si bien no son novedosas, es relevante no dejar de prestarles atención y exponerlas y debatirlas en cada oportunidad que se nos presente, dado que la conciencia social en relación con el cuidado ambiental viene incrementándose año a año. En el marco de este análisis, podemos sostener que existen microprocesos que, en conjunto, pueden constituir plataformas fértiles para potenciar determinadas tensiones sociales a partir de ciertas lógicas de expulsión promovidas tanto por el sector empresarial como por el estatal.

Sassen y las lógicas de expulsión

La socióloga e investigadora holandesa Saskia Sassen, a través de los interrogantes ¿cuáles son las lógicas organizacionales que vemos emerger? y ¿qué es lo que tenemos que estudiar, investigar y teorizar para entender cuáles son las transformaciones profundas de esta época?, nos invita a reflexionar acerca del contexto de crisis e injusticias que se manifiestan en diversos sectores a nivel global, puntualmente sobre lo que la socióloga denomina “lógicas de expulsión”.

Sassen nos dice que, con el inicio de la “modernidad global” —allá por la década del ’80— y luego de la etapa de “modernidad crucial”, en términos de la socióloga, que es la modernidad del Estado-nación caracterizada por la manifestación de procesos de nacionalización de territorios e identidades, se pasó a una lógica dominante que va “más allá de la desigualdad”. En tal sentido, sostiene que “desigualdad siempre hubo y no desaparecerá”. Para la investigadora, esta desigualdad va más allá de lo que llamamos exclusión social: son lógicas de expulsión, y estos procesos se manifiestan en muchos espacios de la cotidianeidad, no de manera traumática y visible, sino de forma elusiva, entre las sombras, de manera solapada.

Así, para analizar estas manifestaciones elusivas, la autora utiliza la táctica analítica de orientar su punto de observación hacia el “centro del poder”, pero haciendo foco en las “penumbras de las explicaciones dominantes”, aquellas que se refieren a las narrativas, teorías o marcos de referencia que prevalecen en un contexto particular y que reciben mayor aceptación y autoridad dentro de una comunidad, y suelen influir en la forma en que se comprenden y abordan diversos problemas.

Sassen sostiene que “estudiar lo que pasa al borde del sistema permite entender qué pasa en el centro”; es decir, analiza las penumbras en torno a las “categorías maestras”.

Volviendo hacia las lógicas de expulsión, la investigadora manifiesta que, observando la dinámica del proceso enmarcado en el keynesianismo, sin dejar de lado todas sus falencias, injusticias y desigualdades, la lógica profunda de este sistema era incorporar a la gente. ¿Cómo? A través del consumo, es decir, como consumidores. Luego, cuando este sistema comenzó a desmoronarse, dio pie al inicio del desarrollo de una nueva lógica sistémica profunda, que es lo que la investigadora identifica como lógica de expulsión; y esta lógica se manifiesta por medio de microprocesos que podemos observar en diversos sectores: en lo económico, lo financiero, lo productivo, lo cultural y, por supuesto, en lo ambiental.

Para graficar el impacto y la dinámica de esta nueva lógica sistémica de expulsión, la autora toma como referencia y describe el comportamiento del ingreso de la población estadounidense, donde el 1 % de la población total registró un crecimiento en sus ingresos del 281 % entre 1979 y 2007, mientras que el 50 %, en el mismo período, creció un 95 %, es decir, una brecha importante.

Por otro lado, también en Estados Unidos, la población mayor a 65 años obtuvo ingresos muy superiores a los menores de 35. Sassen sostiene que todo esto nos lleva a reflexionar sobre uno de los aspectos de la desigualdad y cuestiona hasta qué punto podemos seguir aceptando más desigualdades.

Lo hasta aquí expuesto son solo algunos de otros tantos datos que nos alertan sobre la dinámica de expulsión. Otro ejemplo de ello, manifestado por la socióloga, es el sistema financiero global, que “tiene la capacidad de invadir otros sectores a través de mecanismos expulsivos”, como por ejemplo la burbuja inmobiliaria de 2008. En la dinámica de este sistema vimos involucrada a una cantidad importante de personas que perdieron sus casas como producto de haber accedido a la firma de contratos inmobiliarios promovidos por el sector financiero. Este proceso de expulsión tuvo un alto grado de invisibilidad; Sassen sostiene que, en el caso del sistema financiero, no se necesitó a la gente: “aquí la gente es descartable, lo que importa es el contrato”.

Otro aspecto que nos alerta la investigadora es que observó, en base al análisis sobre diversos gastos realizados por agencias de gobierno así como por grandes empresas financieras, que estas adquirieron tierras en distintos países, por lo que considera que se está gestando aquí una cuestión geopolítica; la investigadora nos advierte que “hay que prestar atención a esto”.

En resumen, todo ello nos describe cómo los actores globales se instalan en las economías nacionales no de manera casual, sino que lo realizan de manera planificada y en las “penumbras”. Estos actores son los artífices que, con su accionar, explican estas lógicas de expulsión.

El ente económico

El catedrático tucumano Héctor Ostengo nos dice que todo ente económico busca maximizar sus beneficios y que, en tal sentido, en pos de lograr ese fin, las decisiones se toman fundamentalmente en función de los intereses de la empresa y no de la comunidad.

La tendencia respecto de la conciencia ciudadana en relación con el cuidado ambiental viene incrementándose año a año; diversos estudios estadísticos así lo demuestran. En Argentina, un estudio de la Fundación Colsecor, dirigido por el analista Mario Riorda y la politóloga Griselda Ibaña, nos muestra que los cinco principales problemas ambientales que preocupan a los argentinos son: el cambio climático (17,9 %), la contaminación del agua (13,1 %), la gestión de los residuos (9,9 %), la contaminación del aire (8,2 %) y la deforestación (7,6 %).

Esta conciencia colectiva creciente respecto del cuidado del medio ambiente también fue siendo incorporada por las organizaciones empresariales, y así nacieron las denominadas empresas de triple impacto, que son aquellas que se enfocan en generar beneficios en tres áreas fundamentales: lo económico, lo social y lo ambiental. En lo económico, estas empresas buscan ser financieramente viables y rentables, asegurando su sostenibilidad a largo plazo. En lo social, buscan contribuir al bienestar social, trabajando para mejorar la calidad de vida de las comunidades, promover la igualdad y garantizar condiciones laborales justas; y en lo ambiental, buscan minimizar su huella ecológica, implementar prácticas sostenibles y proteger el medio ambiente.

Ahora bien, en este tipo de empresas, como organizaciones que tienen fines de lucro, la faz económica siempre estará por encima de los otros dos aspectos; de lo contrario, estaríamos hablando de otro tipo de organización. Así, la balanza siempre se inclinará hacia la maximización económica en detrimento de lo social y ambiental. En tal sentido, toda organización que busque un lucro económico se caracterizará por un perfil de egoísmo, falta de empatía y manipulación hacia determinados sectores.

Existe suficiente evidencia empírica sobre los beneficios aportados por el sistema capitalista de mercado como promotor del crecimiento económico y del avance tecnológico a nivel global, pero no es intención de esta columna debatir al respecto; lo que sí es importante destacar es que no hay que dejar de lado las asimetrías que tal sistema genera, tal como lo advirtió el sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman en su libro Daños colaterales. Desigualdades sociales en la era global.

Es sabido que todo beneficio económico tiene un costo. En el marco de este escrito estamos hablando de los costos que atentan contra lo ambiental y que también atentan contra lo social. Estamos hablando de las lógicas de expulsión que llevan adelante las grandes corporaciones, así como diversos organismos estatales.

El contexto de la Argentina actual

La impronta del gobierno de Javier Milei propicia una plataforma fértil para la manifestación de diversas tensiones en la Argentina actual en relación con lo ambiental. ¿Por qué? Porque, en el marco de la política de apertura y desregulación económica, el impacto ambiental es un tema que el gobierno minimiza; aquí se priorizan los beneficios económicos sin prestar la debida atención a los costos.

Es de público conocimiento que, para el presidente argentino, la agenda ambiental forma parte de una estrategia política de sectores de izquierda con los que ideológicamente está dispuesto a confrontar. Esta postura la vino manifestando en diversas ocasiones y ante distintos actores e instituciones locales e internacionales, y fue reafirmada ante las autoridades de la ONU cuando Milei dio su primer discurso ante este organismo internacional. En este contexto, es pertinente tener en cuenta el denominado Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), el esquema legal creado para atraer inversiones de gran escala mediante beneficios fiscales, aduaneros y cambiarios con estabilidad a largo plazo, que ya desde antes de ser aprobado por el Poder Legislativo suscitó diversas críticas y debates en lo que respecta al impacto ambiental y social, especialmente en los sectores de minería y energía.

Entonces, si unimos los conceptos hasta aquí expuestos, es decir, si contemplamos las lógicas de expulsión que nos grafica la investigadora Saskia Sassen, si consideramos las características fundamentales de todo ente económico que busca la maximización de sus beneficios y considerando el panorama que sustenta a las políticas de la administración Milei, tanto prácticas como ideológicas, obtenemos como resultado un terreno apto para que las tensiones sociales en torno a lo ambiental se potencien hoy en Argentina.

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