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Mbappé y la falsa neutralidad

Publicado el

Por Fabricio Falcucci.

A Kylian Mbappé le piden que solo juegue al fútbol.

Que corra, que defina, que gane partidos imposibles, que cargue sobre la espalda una camiseta que Francia celebra cuando convierte y discute cuando habla. Le piden goles, no opiniones. Velocidad, no memoria. Épica, no política.

Pero hay una trampa en esa exigencia de neutralidad. Mbappé nunca estuvo del todo afuera de la política. Nació dentro de ella. Hijo de una Francia mestiza, popular y periférica, formado en Bondy, con raíces familiares en Camerún y Argelia, su propia historia ya discute una idea cerrada de nación. Su cuerpo no es un detalle. Su origen tampoco. Por eso incomoda cuando habla.

Durante la Eurocopa de 2024, Mbappé pidió a los jóvenes franceses que votaran y advirtió sobre el avance de los extremos. Francia atravesaba una crisis política profunda y el Reagrupamiento Nacional ganaba terreno. El capitán de la selección dijo que la situación era grave. No escribió un manifiesto. Apenas recordó que también era ciudadano. Eso alcanzó para abrir una tormenta.

La escena volvió a repetirse este año. Mbappé expresó preocupación por un posible triunfo de la extrema derecha en Francia. Desde el Reagrupamiento Nacional respondieron con rapidez. Lo acusaron de actuar como militante y de hablar desde un lugar privilegiado. Otra vez apareció la vieja pregunta: ¿puede un futbolista opinar sobre el destino de su país?

La pregunta parece ingenua, pero no lo es. En realidad, suele esconder otra cosa. No se discute si el deportista puede opinar. Se discute si puede opinar contra ciertos poderes. Nadie le exige neutralidad cuando vende autos, bancos, relojes, apuestas o camisetas. La incomodidad aparece cuando esa misma figura usa su voz para decir algo que no entra en el contrato amable del espectáculo.

Ese contrato es simple: entretener sin incomodar.

El fútbol moderno quiere ídolos disponibles. Quiere camisetas, publicidades, entrevistas livianas, frases de vestuario. Quiere héroes populares, pero no ciudadanos difíciles. Quiere cuerpos extraordinarios, pero no biografías completas. Quiere a Mbappé cuando representa una Francia diversa, veloz y victoriosa. Le cuesta más aceptarlo cuando esa diversidad se vuelve palabra política.

Pierre Bourdieu advertía que el deporte no vive separado de las relaciones sociales que lo rodean. Tiene sus reglas, sus jerarquías y sus formas de poder. Un jugador como Mbappé no habla desde cualquier lugar. Habla desde una posición cargada de visibilidad. Eso no vuelve su palabra más verdadera. Tampoco la vuelve ilegítima. La vuelve pública.

Tal vez por eso la reacción fue tan intensa. Porque cuando Mbappé habla, no habla solo un millonario. Habla también una historia de suburbio, migración, ascenso, talento y contradicción. Habla alguien a quien Francia convirtió en símbolo cuando necesitó verse plural, moderna y triunfadora. El conflicto empieza cuando ese símbolo reclama derecho a interpretar el país que lo usa como emblema.

Hay algo profundamente hipócrita en pedirle silencio a quien fue transformado en bandera.

Albert Camus, que fue arquero antes que escritor, decía que todo lo que sabía sobre moral y obligaciones se lo debía al fútbol. La frase todavía sirve. El fútbol no enseña solo a ganar o perder. También expone una forma de estar con otros. Un equipo no existe sin vínculo, reglas comunes y responsabilidad compartida. Tal vez Mbappé no abandonó el fútbol al hablar de política. Tal vez llevó al espacio público una pregunta que el juego conoce desde siempre: qué hacemos con los otros.

La extrema derecha suele responder con fronteras. Con sospecha. Con pureza. Con nostalgia. Mbappé, por su sola existencia pública, recuerda otra cosa: las naciones reales no son estatuas. Son cruces, desplazamientos, heridas, lenguas, barrios, memorias y cuerpos que no entran del todo en los relatos oficiales.

No hace falta convertirlo en héroe moral. Tampoco hace falta estar de acuerdo con cada una de sus palabras. Lo interesante está en la reacción que provoca. En ese reflejo que pretende devolverlo al césped, como si la cancha fuera una jaula bella. Como si el éxito obligara a la gratitud silenciosa.

Quizás el gesto de Mbappé no cambie una elección. Quizás apenas deje una frase en medio del ruido. Pero aun así importa. Porque en tiempos de identidades cerradas y nostalgias peligrosas, una estrella del fútbol recordó que también tiene derecho a decir de qué país quiere formar parte. 

El problema no es que Mbappé hable de política. 

El problema es que no olvidó sus orígenes y cuando habla, se rompe la ilusión más cómoda del espectáculo: creer que alguien puede representar a una nación sin tener nada para decir sobre ella.

 

9 COMENTARIOS

  1. Una reflexión con sentido común historias de una vida que solo se hace pública cuando el personaje trasciende por su fama y molesta si no encaja con los intereses en este caso político. Gracias a Dios hay personas que no se callan y demuestran que el origen,el bien común (o sus ideas) no se negocia. Gracias Doctor,porque desde estas páginas nos sigue educando, porque ud va más allá de una mera información.

  2. Así es.
    Cuesta creer que no halla otras figuras expresando sus puntos de vista.
    Y como bien dices, pueden anunciar productos, APUESTAS, pero como decimos en México » calladito te ves más bonito»
    Gracias otra vez por tus reflexiones !

  3. Muy buen artículo. Y si hablamos de deportistas comprometidos con las luchas es imposible no recordar al N 1: Diego Armando Maradona ❤️.
    Diego ha pagado un precio muy alto por expresar lo que sentía y lo que pensaba.

    • Coincido y agrego:
      Maradona nunca olvidó su origen, su villa y su país.
      El era Argentina, el tipo contestario, que defendía, aquello en lo que creía.
      Siempre fue un pecho caliente, frente a los pechos tibios qué abundan en el fútbol y la sociedad entera.
      Hacía valer su fama y posición para sacar a la luz, lo que consideraba injusto.
      Excelente artículo fabricio. Seguí escribiendo.

  4. Muy Buen análisis. Impecable como siempre. En nuestro país ya pasó algo similar; en el 86 Alfonsin le cedió el Balcón a Diego y cia; sin embargo, en el 2022 el ex presidente Fernández quiso entrampar a Messi y éste lo advirtió, entonces decidió junto a sus compañeros no acudir a una invitación ronde suponía sería usado como trofeo. Celebro que los deportistas hagan escuchar su voz; opinen y se comprometan.

  5. Más allá de estar o no de acuerdo con las opiniones de Mbappé, (cosa que no estoy de acuerdo y mucho menos me agrada el como persona) nadie debería perder el derecho a expresarse por el hecho de ser una figura pública. Antes que futbolista, es una persona y un ciudadano con una historia, valores y convicciones, El respeto por las distintas opiniones también forma parte de una sociedad democrática.

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