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La arquitectura subterránea de la muerte

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Por Alfredo Elías Acevedo. 

Hay poetas que escriben sobre la muerte y hay otros que escriben desde ella. Los poemas de Natalia Kuhn pertenecen a esta última estirpe. Su escritura parece provenir de una región subterránea de la experiencia, de un lugar donde la identidad ya ha comenzado a desprenderse de sí misma y donde la existencia adquiere la forma de un descenso.

En estos textos la muerte no es un acontecimiento biológico ni un motivo elegíaco. Es una geografía. Un sistema de pasadizos, estratas y laberintos que se abren bajo la superficie de la realidad. La casa se comprime, el aire se vuelve irrespirable, la piel se descuelga y el cuerpo, reducido a un «reptil blanquecino», desciende hacia los cementerios alojados bajo la tierra. La poesía de Khun parece decirnos que toda vida lleva en sí misma una arquitectura secreta de la desaparición.

Pero lo más inquietante de estos poemas es que los muertos no son los únicos habitantes de ese territorio. También las palabras mueren. También ellas pueden perder su peso, escapar de la boca, volverse injustas, tardías o insuficientes. «No soy quien debe cerrar sus ojos», escribe la poeta, y en esa confesión se cifra una de las preguntas esenciales de este conjunto: ¿quién puede hacerse cargo de aquello que el lenguaje deja sin sepultura?

Las imágenes de Natalia Kuhn poseen una rara potencia onírica. Un cementerio de ojos sin pupila, una diosa marina que conserva cabezas ensartadas en tentáculos, un mausoleo donde el yo descubre que no está entre los muertos sino en un lugar aún más oscuro. Cada poema parece avanzar por la lógica del sueño, allí donde las cosas no obedecen a las leyes de la razón sino a las de una verdad más antigua y más profunda.

Hay, además, una ética de la herida. El dolor nunca se presenta como un accidente, sino como una fuerza que transforma. El brebaje amargo, las espinas, las rosas que se marchitan bajo tierra, las flechas en el pecho: todo remite a una subjetividad que ha debido atravesar sus propias exhumaciones para comprender que la identidad es, en el fondo, un territorio inestable.

La poesía de Natalia Kuhn se inscribe en una tradición que sabe que la muerte no es el opuesto de la vida, sino una de sus formas de gravitación. Sus poemas no buscan domesticar el espanto ni ofrecer consuelo. Nos conducen, en cambio, hacia ese sitio donde el sujeto descubre que tampoco habita del todo su propio mausoleo y que, quizás, la experiencia de existir consista precisamente en recorrer los laberintos de una tumba que nunca termina de pertenecernos.

 

Muda

Al intuir mi propia muerte

auto 

impuesta

la casa inició un proceso de compresión

el aire se volvió irrespirable

por exceso de densidad

Bajé al sótano 

al fondo una escalera ínfima

un letrero indicaba: 

descolgar aquí la piel

me desprendí

quedé ínfima

reducida a un reptil blanquecino

en esta forma resbalé

a la zona remota 

de los cementerios 

alojados en estratas subterráneas

 

Laberintos de muerte

Recorrí muchos años

la ruta de la muerte

entré en varios cementerios

que recorrí en círculos 

pero en ninguno vi mi mausoleo

Eso es así 

porque la ruta de la muerte

contiene laberintos perversos

les diré lo que vi

 

Ojos sin pupila

Un cementerio

de ojos fijos

sin pupila

Yo puse en él

a los durmientes eternos

cuando mis palabras 

escaparon de mi boca

No valían su peso en oro

no

ni valían sus desperdicios

dijeron

Estas palabras llenas de hedores

retorcieron sus cuellos

Tal vez mis palabras no fueron justas:

es muy tarde

no soy quien debe cerrar sus ojos

 

Merecían su suerte

Dicen de la diosa de los mares

que es altiva y mutable

pero nunca cruel

Mentira

un cementerio marino

rezuma trozos de quillas

al fondo de sus mares

Ahí conserva cabezas

ensartadas en tentáculos

dice 

merecían su suerte

por las ballenas 

sus hijas descuartizadas 

Una lágrima de ella

vale mil hombres

 

Quizás fue justo

Le di a beber 

un brebaje amargo

que le raspó las entrañas

mi brebaje

contenía espinas

las más reales

las más clavadas

que solo dañarían

a quien cortó el tallo

Y como bebió

olvidó su nombre

olvidó sus pasos

y quizás fue justo

o quizá fue cruel

pero las rosas

se marchitan bajo tierra

 

No está aquí

Después de la era 

de las exhumaciones

di con mi propio mausoleo

Una procesión me trajo

vi tres flechas en el pecho

una manzana en el lugar del corazón

y mi cara más apagada 

que piedras enterradas

Alguien acarició

mi pelo nevado de jazmines

dijo

que yo no estaba entre ellos

sino en un lugar más oscuro

donde solo habitan

algunos demonios

dicho esto

me esfumé

 

 

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(Santiago de Chile, 1982)

Estudió Ingeniería en Biotecnología Molecular (UCh) y realizó el Doctorado en Ciencias Biológicas (PUC). Desde el año 2019 es académica en la Escuela de Agronomía (PUCV). Ha participado en el taller de poesía La Trastienda de la escritora Alejandra Basualto desde el año 2012. Publicó sus poemas en las antologías Archipiélago (2013) y Doce miradas tras el cristal (2022) de Editorial La Trastienda. En 2024 obtuvo el Diploma en Literatura en Lengua Inglesa (PUCV) y en 2025 el Diploma en Escritura Creativa de la misma casa de estudios. En mayo de 2026 publicó el libro de poemas La veleidad de los pactos en Mago Editores.

 

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