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La gravitación del fantasma. Notas sobre la luz, la ausencia y lo Real

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Por Alfredo Elías Acevedo.

La ausencia tiene el peso de un mundo. 

                                                Edmond Jabès

 I. La inercia y el pacto silencioso

Podríamos salir lanzados por el aire y, sin embargo, estamos aquí, sostenidos por un pacto silencioso. Habitar la realidad en su forma manifiestamente ordinaria, y nuestra proximidad, esa variante de la delicadeza, nos devuelve y nos asienta en la sutil manera en que nos abrimos al encuentro con los otros y con el mundo.

Esto no supone es un acto de subordinación de las cosas a nuestra conciencia; por el contrario, la consistencia del mundo está hecha de la violenta resistencia con la que los objetos guardan su lugar, su densa existencia, incluso a pesar de nuestra voluntad.

Quizás los pasos que damos nos parezcan propios, cotidianos, sobre un suelo que se ofrece como una tregua frente al caos. Desde que nacemos, nuestros cuerpos se desplazan bajo la contingencia de accidentes físicos y biológicos que, a un nivel infinitesimal, nos es imposible percibir; y, sin embargo, nos sentimos seguros cuando nos aventuramos hacia eso que llamamos afecto, sentimiento o, para ser más precisos, amor.

Es asi, que frente a la brutal inercia del universo material, el ser humano responde edificando una arquitectura de otra naturaleza: habitamos entre metáforas, síntomas y fantasmas. El síntoma es, precisamente, nuestra propia forma de insistencia, la terquedad con la que buscamos un lugar en el lenguaje, en la casa.

Al final del día, y en la intimidad, vivimos en esa realidad: un escenario donde colisionan la física sorda de las cosas y la consistencia psíquica que nos permite no salir disparados hacia el sinsentido.

 II. La materia oscura del deseo

Todo lo que podemos hacer en el plano de nuestras vidas se sostiene sobre un vacío que nos determina. No es la presencia lo que nos causa, sino una falta que jamás se presenta directamente y que, sin embargo, nos marca, nos constituye y nos atraviesa.

Esta paradoja de la subjetividad halla un eco simétrico en el orden del cosmos. Algo puede estar allí sosteniendo el universo, una masa invisible, una energía oscura, y solo podemos colegir su existencia por los efectos que causa en las órbitas del mundo visible, de nuestros sueños y de nuestros deseos.

A cierto nivel de complejidad, las trayectorias de nuestras vidas y el destino de las estrellas tienden a la singularidad. La física conoce la singularidad como ese punto límite donde el espacio-tiempo colapsa y las leyes conocidas dejan de operar; el psicoanálisis, por su parte, reconoce allí el núcleo irreductible del sujeto, aquello que ninguna representación consigue agotar.

Somos signaturas absorbiendo luz del universo: marcas de vidas singulares que intentan descifrar el vacío que las habita.

 III. La óptica de la ausencia y el fantasma

Imagina que subo a mi automóvil y me alejo con tu nombre.

Conduzco hasta el otro lado de la montaña, hasta un lugar donde ya no puedas verme y donde yo tampoco pueda verte.

En el asiento del acompañante viaja un libro.

Al llegar, desciendo y abro una página cualquiera.

El lugar donde estoy posee una masa tan inmensa que la luz reflejada en esa página se curva alrededor de la montaña, atraviesa la noche, desobedece la geometría y llega hasta tus ojos.

Desde allí, todavía puedes leer.

Todavía puedes ver lo que debería permanecer oculto.

Eso hace, a veces, la ausencia.

La ausencia no oscurece:

dobla la luz.

Por eso los muertos vuelven.

No porque violen las leyes de la biología, sino porque ciertas pérdidas poseen una gravedad tan grande que deforman el espacio de la memoria.

Vemos una página encendida detrás de todas las montañas.

A eso, quizás, lo llamamos fantasma.

 IV. La gravedad del afecto, el retorno

Quizá en eso nos parecemos a los planetas de allá afuera: estamos sometidos a leyes de atracción que nos exceden.

Hay pérdidas cuya gravedad modifican para siempre la geometría de nuestras vidas. Después de ellas, ninguna distancia vuelve a ser la misma. El espacio interior se curva; los recuerdos cambian de órbita; la memoria aprende nuevas formas de la luz.

El fantasma no es una aparición metafísica.

Es el nombre que damos a la persistencia de ciertas curvaturas.

Un efecto óptico producido por la gravedad de aquello que hemos amado.

Y aquí, en el plano de la palabra y del síntoma, llamamos amor a esa forma radical, violenta y constitutiva de intercambio de luz

en el vacío de un universo que no nos 

recuerda ni nos nombra.

Tal vez vivir consista únicamente en eso:

en aprender a habitar las deformaciones que dejan los cuerpos cuando se alejan.

Porque, una vez atravesado el horizonte, no existe fuerza conocida capaz de devolvernos a casa.

Solo la gravitación del fantasma.

 

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