Por Florencia Gramajo.
La universidad puede leerse como un dispositivo en el sentido planteado por Gilles Deleuze: no simplemente como una institución destinada a la transmisión del conocimiento, sino como una trama de relaciones que organiza formas de ver, de hablar, de circular y de habitar el mundo. Un dispositivo no es una cosa ni un edificio; es una red de prácticas, discursos, espacios, normas y expectativas que producen determinadas maneras de ser y de pensar. La universidad, desde esta perspectiva, no se limita a enseñar saberes: produce subjetividades.
Cada universidad construye una determinada experiencia del tiempo y del espacio. Los recorridos, los horarios, las aulas, los pasillos, las oficinas administrativas y los espacios comunes no constituyen únicamente una infraestructura funcional, sino una distribución específica de cuerpos y movimientos. Existen lugares para hablar y lugares para callar, espacios destinados a la creación y otros reservados a la evaluación, zonas visibles y zonas periféricas. La arquitectura nunca es inocente: organiza cercanías y distancias, jerarquías y accesos, centralidades y márgenes.
Todo dispositivo produce un régimen de visibilidad. Determina aquello que puede ser mostrado y aquello que permanecerá en la sombra. La universidad exhibe investigaciones, graduaciones, congresos, rankings, convenios y proyectos que refuerzan una imagen de crecimiento, innovación y excelencia. Pero toda visibilidad implica simultáneamente una invisibilidad. Junto a las narrativas del éxito conviven experiencias que raramente forman parte del relato institucional: trayectorias interrumpidas, desigualdades materiales, dificultades cotidianas y formas silenciosas de exclusión. El dispositivo no oculta necesariamente mediante la censura; muchas veces basta con iluminar intensamente ciertas escenas para que otras desaparezcan del campo de visión.
La universidad también organiza un régimen de enunciación. No todos los discursos circulan con la misma legitimidad ni todas las palabras encuentran idéntica recepción. Existen formas aceptables de la crítica y formas inadmisibles; preguntas que enriquecen el debate y preguntas que resultan incómodas; problemas que pueden ser nombrados y otros que parecen no existir mientras no sean pronunciados. El dispositivo distribuye la palabra y, al hacerlo, distribuye también el reconocimiento y la autoridad.
Deleuze señalaba que los dispositivos están compuestos por líneas: líneas de visibilidad, líneas de enunciación, líneas de fuerza y líneas de subjetivación. La universidad se encuentra atravesada por todas ellas. Las líneas de fuerza organizan relaciones de poder que rara vez se presentan de manera explícita. El poder universitario no se ejerce solamente a través de reglamentos, sanciones o jerarquías formales, sino mediante mecanismos cotidianos mucho más sutiles: procedimientos administrativos, criterios de evaluación, expectativas implícitas y rituales institucionales que orientan comportamientos y producen adaptaciones permanentes.
En este sentido, la universidad no solamente forma profesionales; forma determinadas maneras de relacionarse con el conocimiento y con los otros. Produce sujetos capaces de competir, de rendir, de optimizar tiempos y recursos, de ajustarse a indicadores y exigencias. La lógica del desempeño y de la productividad atraviesa buena parte de la experiencia académica contemporánea. Aprender deja de ser únicamente una práctica intelectual para convertirse también en una gestión constante de objetivos, resultados y acreditaciones.
Sin embargo, el dispositivo nunca es total ni definitivo. Allí donde existen relaciones de poder aparecen también resistencias, desvíos y posibilidades inesperadas. Ninguna institución consigue capturar completamente las experiencias que produce. Siempre existen conversaciones que escapan a los discursos oficiales, vínculos que desafían las jerarquías establecidas y preguntas que abren caminos imprevistos. Las universidades también son espacios de encuentro, de pensamiento y de creación colectiva capaces de exceder las lógicas que intentan organizarlas.
Tal vez sea precisamente en esas fisuras donde la universidad encuentra su posibilidad más valiosa. No en la repetición de sus propios discursos, sino en la capacidad de producir interrogantes sobre sí misma. Porque una institución dedicada al conocimiento solo permanece viva mientras conserva la disposición a pensarse críticamente, incluso cuando esa reflexión cuestiona sus propias certezas.
Desde esta perspectiva, la universidad deja de entenderse únicamente como un lugar donde se enseña y se aprende para aparecer como algo más complejo: un dispositivo que produce visibilidades y silencios, recorridos y fronteras, legitimidades y exclusiones, pero también resistencias, encuentros y nuevas formas de imaginar lo común.
